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Nerón, el poeta sangriento. Un libro de Dezső Kosztolányi

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Tanto que no existe en la faz de la tierra,
tanto que no puede satisfacerlos, y así, por sus
expectativas, quedan siempre decepcionados.

Los hermanos (extracto del capítulo)

Británico se extrañó aún más.

—Llámame barba de bronce —dijo Nerón— o cabeza ardiente, como antaño, tírame de las orejas, sácame la lengua. Hoy estoy de buen humor. Pero no seas ladino. No soporto más este silencio. —Y se tapó los oídos.

Corrió por la sala de arriba abajo, excitado. Le sudaba la carnosa frente. Se detuvo.

—Guardas un secreto —dijo de súbito.

—No, ninguno.

—¿Entonces por qué te haces el misterioso?

—Solo callo.

—¿Callas? —preguntó el emperador en tono burlón—. Me ocultáis algo. Vosotros tres. Os conozco. Séneca, Lucano y tú. Siempre juntos, inseparables, en secreto, susurráis de noche, tramáis algo, a mis espaldas os hacéis señas que solo vosotros comprendéis. Sé que andáis metidos en lo mismo. Evitáis la palabra recta, habláis con frases arteras, llenas de vericuetos, vosotros, sabios tuertos. Mira, si incluso os parecéis. Me doy cuenta ahora. Los tres. Hay en vuestra mirada algo sumamente parecido.

—No entiendo.

—Ya lo creo. Tú, por ejemplo, pareces muy tranquilo, pero en el fondo estás sufriendo continuamente. Has sufrido muchas penas. Qué sé yo, no has conseguido lo que querías, además, como dices, estás enfermo, te he tratado con demasiado rigor, por razones de Estado, y tú haces, astutamente, como si eso te agradase. O a lo mejor te agrada de verdad. Eres el campeón del sufrimiento, igual que los granujas esos escondidos bajo tierra, venerando a sus ídolos. Ya sabes a quiénes me refiero. ¿Qué es eso?

—¿Eso?

—Sí, eso. Si tienes algún dolor, grita, brama, vocifera o por lo menos habla. Habla largo rato, sin parar. ¿No es mejor hablar? Uno se alivia hablando. Pero tú solo esperas callado. Tras cada palabra tuya hay tanto silencio que cuando la pronuncias y la escribes su peso aumenta, tanto silencio que con él desconciertas a todo el mundo. He notado lo mismo en tus poesías. Cada verbo tuyo sale de la torre del silencio, pálido y poderoso, confundiendo a todos. ¿Cómo lo haces?

—No lo hago de ninguna manera —farfulló Británico—, mejor dicho sí, a mi modo.

—Te lo he dicho, guardas un secreto. Alguna maña de brujos o una superstición que solo tú conoces. Y quizá tus compañeros. Los aqueos fabricaban el «fuego griego» imposible de apagar, que ardía incluso en el agua, bajo las olas. No revelaron su composición, y ahora en vano tratamos de descubrirla. Ya nadie puede imitar la púrpura de Tiro. Hoy la púrpura es tan pálida y desteñida como una cereza sin madurar. Confíame el modo que tú conoces, la magia de las palabras.

—No la conozco —dijo Británico, y se encogió de hombros con estupor.

—Debes de sufrir mucho. Séneca dijo que los grandes poetas sufren mucho, el dolor penetra en ellos, pasa a la sangre para luego salir de sus poemas por una vía misteriosa y desconocida ante ellos. Yo esto no lo entiendo. Luego habla de que en realidad les gusta sufrir. Casi que lo anhelan. Porque solo a través del sufrimiento podemos ver el mundo. El que no sufre, está ciego. No puede escribir. Dime, ¿está bien sufrir?

—Sí, está bien —dijo Británico y añadió rápidamente—: no, está mal.

—¿Está bien y está mal a la vez? Otra vez vienes con misterios. Parece que quieres jugar conmigo. Yo también he sufrido. Ahora también estoy sufriendo. Como nadie. Pero no quiero sufrir ni le veo el sentido. Aceptaría incluso más si supiera qué hacer con él. Enséñamelo. Mira, me arrodillo ante ti, me arrastro a tus pies gimiendo como un animal. Apiádate de mí, ayúdame, hermano.

Ahora su hermano se emocionó. Lo alzó tiernamente.

—Todo es mío —gritó Nerón rabioso y fuera de sí, dando patadas—. Hasta lo que no existe.

Británico pareció menear la cabeza.

Estaba pensando:

—No, eso es mío. Lo que no existe es todo mío. La nada no es tuya. Solo el todo.

Reinó el silencio.

Ahora el emperador tenía frente a sí de nuevo el mismo muro que siempre había sentido en los poemas de Británico.

—¿Qué hago? —rumió preso de un nuevo arrebato de ira—. Eres un embaucador, mezquino y chantajista. ¿Quieres el trono? —Y señaló hacia él—. Te lo doy, no lo necesito. Solo dame lo que te pido. Porque estás en mis manos, miserable. Sé lo que has dicho de mí. Lo sé todo. —Y empezó a gritar—. Has dicho que… —Y farfulló algo que ni él mismo ni Británico comprendieron.

No quiso pronunciarlo ni siquiera ahora.

De súbito, con un repentino enternecimiento, dijo:

—Te lo perdono. Te perdono todo. Ha sido una imprudencia. Un disparate. ¿Verdad? ¿Por qué no hablas?

Británico tenía miedo de él. Sentía el mismo dolor de cabeza vago que le sobrevenía antes de los ataques, cuando su corazón empezaba a jugarle una mala pasada y su conciencia se nublaba. Lo miró blanco como la pared, con la elocuencia del silencio y unos ojos hechiceros. No contestó. Su hipnótico silencio desarmó al emperador, que se templó y calmó su ardiente ataque de cólera.

Permanecieron así un buen rato, mirándose de hito en hito.

Nerón no podía apartar la mirada del heredero a la corona, al que había despojado de todo lo que le había sido posible: la corona, la felicidad; miraba al muchacho que no quería nada y que se había rebelado contra él, que lo quería todo; al hombre que sufría por vivir en una miseria más amarga que el destierro; al poeta, al divino callado, al mudo hablador, que se recostaba en el sillón y que siempre se volvía más grande, más insondable y más misterioso, y cuanto más se le robaba, más rico se hacía. Si aspirara a algo se podría conquistar su confianza. Pero así era inaprensible, como el viento.

En el jardín imperial se puso el sol. Algunos rayos atravesaron las frondas y rodearon de una mágica aureola de luz la cabeza de Británico, que se destacaba en la penumbrosa sala con una majestuosidad del más allá. En su frente se dibujaba una corona de oro imposible de arrancar.

Nerón lo miró, clavó sus ojos en él durante un buen rato. Y de pronto, se plantó ante él con decisión, tapando la luz que invadía la sala.

El rostro de Británico se volvió completamente negro. Pareció que se había reducido a cenizas y había desaparecido para siempre.

La sombra que arrojaba el emperador caía sobre él.

Sobre el libro
nerón, el poeta sangrientoNerón, el poeta sangriento (1922) retrata la vida del emperador Nerón, el poeta diletante que en vano aspira a captar la belleza y, frustrado, se convierte en preso de sus oscuros instintos y en un déspota sanguinario.

Kosztolányi presenta de forma magistral un cuadro vivo de la antigua metrópoli de ese período, así como de la sociedad de la época, al mismo tiempo que retrata de forma escalofriante el dramático cambio psicológico del emperador de un joven ingenuo en un déspota cruel, tratando de manera lúcida un tema eterno y siempre actual: cómo el poder es capaz de pervertir a una persona, y cómo el fracaso personal puede conducir a la tragedia en toda una sociedad.

Sobre el autor
Dezső Kosztolányi (1885-1936), nacido en el seno de una familia de intelectuales de provincia, en 1903 se instaló en la capital magiar para estudiar en la Universidad de Budapest, donde entabló amistad con Mihály Babits, con quien tenía en común una veneración religiosa por la forma.

A los veintiún años, abandonó sus estudios para dedicarse al periodismo, una labor que sería constante a lo largo de su vida. En 1907 publicó su primer volumen de composiciones líricas (Entre cuatro paredes) pero no fue hasta 1910 cuando obtuvo su primer gran éxito con Los lamentos del pobre niño —un trabajo que le valió el reconocimiento unánime de sus contemporáneos—, en el que aparecen ya las características esenciales de su escritura: el amor hacia las pequeñas experiencias de la vida cotidiana, y un encantador intimismo.

El éxito de su obra se debió en gran medida a su actitud inquieta y a su experimentación lúdica y creativa con el lenguaje. En sus obras poéticas posteriores añade el sentimiento de la soledad del hombre extraviado en la selva de la metrópoli, un humorismo sutil, levemente grotesco, y un temor creciente de la muerte. En sus novelas, no emplea los acostumbrados recursos del género psicológico, sino que el foco se centra en las ya comentadas pequeñas vivencias de lo cotidiano (Nerón, el poeta sangriento, Anna Édes o Alondra), destacándose en este sentido sus relatos en torno a la figura de Kornél Esti.

Kosztolányi ha ejercido una vasta influencia, singularmente en el aspecto estilístico, sobre los escritores húngaros contemporáneos.

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