Inicio»Puentes»Comenzar a leer»Mi mano fue hecha para ser la mano del asesino. Por Diego Luis Sanromán

Mi mano fue hecha para ser la mano del asesino. Por Diego Luis Sanromán

0
Compartidos
Pinterest Google+

Soliloquio del asesino

Un círculo iluminado: un islote de un blanco refulgente rodeado por un mar de densa oscuridad. En el centro del círculo hay algo. Se distinguen algunas manchas de color rojizo, tal vez azulado, pero nada más. El plano es tan lejano que por ahora el espectador es incapaz de determinar qué es lo que ocupa el centro de la escena. Poco a poco, muy lentamente y en un acusado picado, la cámara va aproximándose al círculo de luz. Una voz en off acompaña el desplazamiento de la cámara; es apenas un susurro que se repite varias veces:

VOZ EN OFF: Esta nostalgia de una brutalidad inocente, esta nostalgia de una brutalidad inocente, esta nostalgia de una brutalidad inocente, esta nostalgia…

La cámara está ahora lo bastante cerca como para que podamos reconocer dos figuras humanas que componen una grotesca pietà. De la figura sedente de momento sólo percibimos la rala coronilla, la cabeza que se balancea levemente con una cadencia maniática; la figura yaciente es la de un cadáver martirizado, con el vientre abierto en canal, pálido y cubierto de sangre. Reconocemos ahora en el hombre que agita la cabeza el origen de la obsesiva salmodia que aún se escucha como en un eco: se trata del ASESINO. De repente el ASESINO alza la cabeza y se queda mirando fijamente a cámara: el polvo de arroz difumina hasta tal punto sus rasgos que sólo distinguimos unas pupilas negras como dos gotazos de tinta sobre un lienzo por lo demás inmaculado. Parece que sonríe.

PornmutacionesCambiamos a un plano frontal de conjunto. El ASESINO, que sigue mirando a cámara, hunde dos dedos en la herida del cadáver y usa la sangre como si fuera maquillaje kumadori. Con apenas dos pases queda transformado en un héroe de teatro kabuki un tanto esperpéntico.

ASESINO: Tanta carne martirizada, tantas víctimas inocentes (¿acaso no lo son todas las víctimas? ¿acaso no lo somos todos?) [Se oyen risas enlatadas, como si nuestro ASESINO fuera una especie de monologista cómico], tantos años buscando el secreto y al final todo se reduce a esto. No sé dónde demonios he puesto mis gafas de ver.

El ASESINO se tienta las ropas y finalmente encuentra las gafas y un folio de papel doblado en cuatro. Se pone las gafas, despliega el folio y lee en silencio. Después asiente con la cabeza como si confirmase que lo que acaba de decir coincide con lo que estaba escrito en el guión. Luego se quita las gafas y arroja el papel, hecho un gurruño, hacia la oscuridad.

ASESINO: Es necesario [índice enhiesto, admonitorio, tinto de sangre], repito, es necesario que no quede ni un solo hilo suelto en la trama de lo real.

Vuelve a hundir la mano en la herida, está vez para extraer los intestinos del cadáver, que se va enrollando al cuello como si fuera la boa de una cabaretera.

ASESINO: Convengamos en que todo estaba previsto desde el principio. Mis víctimas fueron hechas para ser víctimas y mi mano fue hecha para empuñar el arma homicida. Para ser la mano del asesino. En algún momento su trayectoria de bueyes sacrificiales y la hoja de mi puñal tenían que encontrarse, y amén [Redoble de batería, de nuevo jaleo de risas enlatadas, que se interrumpe bruscamente]. Justo aquí [El asesino marca con una cruz de sangre el pecho del yaciente, más o menos a la altura del corazón] o tal vez en las honduras de un bosque en el que ya nadie se pierde. Un callejón nocturno también es un lugar propicio… y muy de película, ya me entienden [Pausa a la espera de una reacción del público, pero esta vez no oímos nada]. Una vez conocí a una chica. Por seguir con el tópico cinematográfico, era rubia, espigada, universitaria con los estudios recién concluidos, hermosa como una centella, muy risueña, muy vitalista, muy… ¿cómo decirlo?… muy ¡californiana! Ok. Nos cogimos de la mano, paseamos por la playa, bebimos sangría con rodajas de naranja, nos dimos baños de agua y de sol. Ella brillaba, rutilaba al sol como si tuviera diamantes incrustados en la piel. ¡Tan bella, tan sonriente, tan Venice Beach! [El ASESINO carraspea, se aclara la garganta]. Por la noche encendimos una fogata sobre la arena y asamos sardinas. Al terminar, cuando ya estaba dispuesta a entregarse a mí, le partí el corazón con el espeto del pescado.

El ASESINO hace una tenue reverencia, como si hubiese concluido una función, y vuelve a tentarse las ropas en busca de algo. Al rato, saca un arrugado paquete de cigarrillos, un encendedor y una navaja automática. Prende un cigarrillo y lanza el paquete y el mechero hacia lo oscuro. Después abre la navaja automática, que también resplandece bajo los focos con destellos de diamante.

ASESINO [expulsando una voluta de humo]: Como ven, es sólo otra historia más, sin moraleja ni misterio. Como todas las historias que en el mundo han sido, por lo demás. [Da una calada al cigarrillo y con la punta de la navaja extrae uno de los globos oculares de la víctima. Muestra el ojo a la cámara, sujetándolo por el nervio óptico]. Hay quienes blanden este horror como una prueba de la inexistencia de Dios. Si hay Dios, Dios tiene que ser perfecto —dicen—. Y si es perfecto, tiene que ser absolutamente bondadoso. Y si es absolutamente bondadoso, su compasión ha de ser infinita. [Risas, que durarán hasta el final de la argumentación]. Pero si fuese perfecto y su compasión fuera infinita, entonces no podría sino sentir un infinito horror al contemplar el sufrimiento de sus criaturas y las mil crueldades a las que son sometidas a lo largo de su triste existencia. Luego, si Dios no evita su sufrimiento, una de dos: o a) no es absolutamente bondadoso e infinitamente compasivo (en cuyo caso, se desentendería de los padecimientos de sus criaturas); o b) bien no puede hacer nada por evitarlo (en cuyo caso, sería impotente). En cualesquiera de los dos casos, Dios no sería perfecto o, dicho de otro modo, Dios no existiría. Quod erat demonstrandum.

Breve pausa, que el ASESINO aprovecha para apagar el cigarrillo en la cuenca ocular vacía de la figura yaciente. Se escucha el sonido que produce el ascua de la colilla al extinguirse. Una fina hebra de humo sale de la cabeza de la víctima.

ASESINO: Pero se equivocan. Lo que ocurre es que Dios está lejos y es corto de vista [Una vez más se detiene esperando la reacción del público. Pero nada]. Piensen en alguien que contemplara la Tierra desde un avión que hubiese alcanzado su techo de vuelo —pongamos, desde una altura de unos cincuenta y dos mil pies—. Ahora piensen en una persona que contemplase la Tierra desde una nave espacial fuera de la atmósfera terrestre, o desde la superficie lunar, o desde Neptuno… ¿Lo tienen? Pues bien, ahora multipliquen esa distancia por la mayor cantidad en que puedan pensar, multiplíquenla por… ¡infinito! [Ahora sí: risas en conserva]. ¿Se dan cuenta? Para Él no podemos ser sino unos precarios borrones, manchas imprecisas y efímeras, apenas unos minúsculos chispazos en la oscuridad del universo. Vanitas vanitatis y todas esas monsergas, ya saben…

Con cierta parsimonia teatral el ASESINO se desenrosca del cuello los intestinos del cadáver y los deposita sobre el pecho de este. Sus movimientos tienen un punto de delicadeza coreografiada. Se inclina ligeramente, con el dorso de la mano acaricia la mejilla del caído y después lo besa en la frente: Shibaraku se ha transformado ahora en una geisha.

ASESINO: La nostalgia es el último de mis pecados, lo confieso. Matarife experimentado, dicen. Y sin embargo, todavía no he sido capaz de liberarme de esta melancolía babosa que se me agarra a las tripas cada vez que abandono a mis víctimas sobre el altar del sacrificio. Sepan que me gustaría resucitarlas una y otra vez para poder martirizarlas y degollarlas eternamente. Sentir las descargas de su miedo en mis propios nervios por toda la eternidad, y amén. Díganme si no es esto AMOR. Con mayúsculas. Algo que —lo sé— la mayoría de ustedes no conoce ni siquiera de oídas. Algo que —sospecho— es muy probable que ni el mismísimo Dios, en su infinita soledad y lejanía, llegue a conocer jamás.

De nuevo el índice erguido y autoritario. Se oye alguna risilla tímida, toses, algún aplauso, mientras la cámara emprende un lento zoom de retroceso. Al rato vemos sólo el círculo iluminado del principio, luego un puntito blanco perdido en la oscuridad, después nada.


Este es un fragmento de Pornmutaciones que está disponible en la generosa red de librerías con que las que trabajamos. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, pregúntanos: librerantes@librerantes.com

Sin comentarios

Dejar una respuesta

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.