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Mbarat’ nu’ mstier’, ́mbarat’ nu’ mstier’

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Personajes: Actor, Asistente.
En escena hay un pequeño teatro portátil con Arlequín telón abierto, un banco de madera y un ramo de flores, un collar, una tablet, un cubo de plástico, unas enaguas blancas y un carillón. Mientras el actor se mueve interpretando a los personajes, la asistente hace cambios en el escenario a la vista del público, disponiendo en el espacio de diferentes maneras los elementos escénicos, dirigiendo, abriendo y cerrando las escenas.

Escena 1

Asistente, actor, luego Padre del Actor. La asistente controla la escena, luego se dirige al público.

ASISTENTE: Buenas noches y bienvenidos. ¿Estáis preparados? (Luego al técnico)
¿Tú,estás preparado?
TÉCNICO: Sí.
ASISTENTE: Entonces empecemos.

Oscuridad. La asistente va al proscenio y enciende un proyector con el que ilumina al actor que, crucificado en el pequeño teatro móvil, avanza durante el monólogo. Música.

ACTOR: Sufro, pero sueño.
Por eso yo vivo.
Soñando
me sumerjo en lo que tengo dentro,
que veo aunque no exista,
que pierdo, si al día siguiente se convierte en realidad.
Y busco quién soy, quién finjo que soy, dónde me escondo.
Calmo el dolor soñando,
es el único sentido real.
La vida, en el fondo, es lo que en ella imaginamos:
para un campesino, para quien su campo lo es todo, ese campo vale un imperio;
para un rey, cuyo imperio nunca es suficiente, ese reino no es más que un pequeño
campo.
Así, el pobre tiene un imperio y el poderoso no tiene más que un pequeño campo.

No tenemos más que lo que sentimos que tenemos, en esto se basa la realidad de
nuestro vivir y no en lo que vemos.
Yo sufro, sueño, siento y estoy vivo, cada día diferente.
Esto es lo que vale la pena ser o tener, para ser o tener lo que imperfectamente somos.
¡Ah! Si esta demasiado, demasiado dura carne pudiese deshacerse con el rocío, si el
Eterno no hubiese escrito ya su regla contra el suicidio.
Qué pesadas, inútiles, aburridas son todas las ocasiones de este mundo, es un jardín
barbarizado que se insemina solo donde reina solamente una naturaleza fétida y vulgar.
Aquí todo está aplastado entre el dolor de la gente y la temperatura del ambiente.
Entre los bárbaros del norte y los nómadas del sur.
Mi generación está aplastada,
entre los menores de 35 y los mayores de 63.
Entre el estudio que no sirve y el trabajo que no se encuentra.
Entre vanguardias incomprensibles y tradiciones insoportables.
Yo estoy aplastado, cegado, y vago como una polilla de escaparate en escaparate en
busca constante de algo que me satisfaga y que me dé un poco de calor en este mundo deslumbrante,
lleno de maravillas luminosas
donde todo está al revés,
boca abajo.
Donde la ética es un banco.
Las misiones son de paz.
La guerra es preventiva.
Las bombas inteligentes.
Donde un diamante es para siempre.
Y el amor no es más que un yogur en oferta especial para consumir el día de Navidad.
No es bueno, no puede dar nada bueno.
Qué tristeza, qué tristeza, qué tristeza.
No puedo más, ¡Qué actuar ni actuar!, ¿cómo puedo seguir adelante? En cuanto empiezo me entra una angustia que no puedo ni hablar.
Tenía razón mi padre ́«mbarat’ nu’ mstier’, ́mbarat’ nu’ mstier’», que en danés quiere decir aprende un oficio, «si no, hijo mío, ¿qué vas a hacer?»
Papá, pero yo quiero ser actor.

PADRE DEL ACTOR: ¿El actor?

ACTOR: Sí, a mí me gusta el teatro.

PADRE DEL ACTOR: ¿El teatro? ¿Pero tú eres tonto? Quiero decir, hijo mío, que el teatro es una pasión, vale. ¡Pero el oficio es lo que queda! Escucha a tu padre: ́«mbarat’ nu’ mstier’».

ACTOR: Y tenía razón mi padre… el teatro es una pasión, pero no porque te guste, ¡porque te hace sufrir! Passio Christi, ¿lo habéis oído alguna vez? Así me siento yo, como Cristo, crucificado, pero cara a la cruz, que ni siquiera puedes ver a quien viene a saludarte, a quien está llorando a tus pies, a quien te clava la lanza en el costado, nada.
Tienes que sufrir sin ver, a ciegas, fiándote.

La asistente trae a escena un banco de madera sobre el que hace subir al actor.

ASISTENTE: Ha llegado.

ACTOR: ¿Y qué hacemos? No, no, esta noche no actúo, lo siento, pero no estoy
inspirado.

La asistente le quita la camisa y debajo el actor lleva la camiseta número 9 del Inter con la palabra Hamlet.

ACTOR: Padre mío ¿por qué no me abandonas? Digo yo… no puedo más.

ASISTENTE: ¡Venga, muévete!

ACTOR: Míralo, ¿lo ves? Después dice que estoy obsesionado yo… mira… como cuando era pequeño, no lo veía en todo el día y luego, por la noche, de repente en la oscuridad, como un fantasma, ¡pufff! Aparecía:

Blanco, pálido, sudado, la expresión atormentada, los ojos rojos de sangre, el peloblanco despeinado como una especie de crin, cuando volvía a casa de las llamas del infierno, enfundado en su mono del Ilva: mi padre. Yo, niño, corría a su encuentro feliz para saludarlo, para interrogarle, pero él, nada, me miraba y sin decir ni un palabra, se iba derecho a la cocina, donde se quitaba la chaqueta y vaciaba los bolsillos: el pañuelo de tela con la A bordada, las gotas de Novalgina para el dolor de cabeza, el paquete de tabaco Diana blando, rojo y acartonado, las llaves del coche, la cartera, los documentos, hasta que se quitaba los zapatos, se ponía las zapatillas y venía a sentarse presidiendo la mesa con nosotros, como un rey.
Y entonces se podía empezar a comer. Sí, porque en mi casa se empezaba cuando estábamos todos, aunque luego, entre nosotros, estaba prohibido hablar. Que yo me acuerdo, cuando era pequeño, que me preguntaba siempre ¿Entonces para qué lo esperamos? ¿Para qué tenemos que empezar todos a la vez si luego, entre nosotros no podemos ni hablar? Pero no había nada que hacer: esa era la norma, y si no, mi padre se enfadaba.
Sí, porque él mientras cenaba, leía, con una mano comía y con la otra, leía, todo el rato leía, Tex Willer, y se quedaba absorto en las historias de Kit Carson, Cabello de Plata, en el tráfico de alcohol y de las pieles de bisonte en la reserva india.

Leía y se bebía unos vasos de naranjada como si fueran whisky, hasta el fondo, para quitarse la sed que le provocaba el polvo del Ilva que para él era como la arena del desierto de Arizona, y nosotros lo mirábamos inmóviles sin decir ni una palabra, porque tenía el tebeo en la mano izquierda y el cuchillo de madera en la derecha y nada más oía un mínimo ruido, se levantaba y ¡Pam, pam, pam, pam! Nos pegaba fuerte y en menos que canta un gallo volvía el orden, la calma y la disciplina en su reserva india como su héroe, el incorruptible ranger Tex Willer.

Después, cuando terminaba de leer el tebeo, apartaba el plato, arreglaba el mantel y solo entonces se dedicaba a mí, jugaba conmigo un rato, me cogía, me ponía encima de la mesa y ponía su cabeza en mis piernecitas:
«Busca», me decía «busca los puntos negros de papá», «busca las bolitas de carbón en el pelo de papá» y a mí me gustaba muchísimo ese juego, me divertía un montón buscando las partículas negras de carbón entre su pelo blanco, deslumbrante como la nieve, y también porque tenía mucho, por todas partes: arriba en la cabeza, detrás de la nuca, hasta dentro de la oreja, que yo, me acuerdo, los miraba, me preocupaba, me asustaba, pensaba «pero esto se le meterá en la cabeza, en el cerebro… lo puede envenenar, tengo que salvar a mi padre, tengo que salvarlo».

Y me perdía en aquel olor de obrero que sabía a hierro, carbón y mineral, que a mí me hacía soñar, me imaginaba yo, de mayor, como mi padre, enfundado en mi uniforme de obrero, con el casco blanco y los zapatos de seguridad, que entraba sin miedo en el Ilva, para afrontar esas llamas infernales lanzadas al cielo del alto horno como si fuera la boca de un dragón enorme.
Yo, como mi padre, un hombre de los pies a la cabeza.


Este texto se corresponde con la primera escena de Hamlet Take Away. Semanas atrás publicamos Una ficción en la que es necesario creer, así como unas notas del editor en ¿Por qué este libro?  De Hamlet Take Away.

Puedes encontrar —o encargarlo, si en ese momento no lo tienen— Hamlet Take Away en estas librerías. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, escríbenos a librerantes@librerantes.com, a veces se nos pasa actualizar el mapa, y no están, seguramente, todas las que son…

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