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Mares de leche y costas de almíbar

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«Con el pez martillo tienes la sensación de que él no puede mirarte de ninguna manera. Es un animal que persigue a otro que es él mismo.»

Primera jornada

Hileras de palmeras. Sólidas o líquidas, plasmadas en cristales que ocupan el espacio: atentos a su lengua. Hilos de pan y lejos, más lejos que afuera: mujeres con el brazo en saludo horizontal, todos los infiernos esperando una señal para otros vecinos. Para otros viajeros. Puertas que se abren hacia dentro y en sus cerraduras a cal y canto dice «abierto». Todos los hermanos. Y un discreto anuncio de mejoras, encajado en el vientre de la luna, administrado por alguien, quizás un guardián horario manumitido por Dios. Algunos líquenes… y la completa existencia del Dos, un nú-mero.

Origen

Las fuerzas menores se sometieron a él
y todos los pelos de su cuerpo tomaron direcciones nuevas,
creando formas que lo tatuaban.
Sufrió heridas sin arma
y sus cicatrices curaban o medraban
sin motivo aparente.

Pocos son los que tienen el dado asido por los nervios. Conjunto de artes y rastros en el agua. Y menos son los que advierten en la cabecera de los ríos un estrecho brochazo de sombra, lugar donde las dimensiones se pliegan como huraños fantasmas de objetos iluminados por otros soles: es la firma del autor de los cables que sostienen el río. Como una castañuela, repica en el aire y no produce sonido. Todos lo advierten, incluso el río. Es rápido y verde, aunque nunca ha perdido una gota del cuerpo translúcido que deja ver las piedras. Todo el pueblo ladrando en el río, y el sonido ahogado de los cartuchos de caza que interrumpe cada cierto tiempo el silencio. Los penachos blanquecinos que, a continuación, cru-zan el cielo, reacios a disolverse de nuevo en el azul. Golpear de pies desnudos en las grandes lajas de piedra, carreras de niños, ¡chaaf!, en el agua. Huele a hierba húmeda y a brisa de pinares, ¡chaaf!, en el agua. El sol. Y unas hormigas grandes de cuerpo rojo y cabeza y abdomen negros. Largas patas y caminar errático. Hormiga autóctona.

Ya han abandonado sus sueños los sabios que llegaron, hace varios días, dispuestos a acon-se-jar a Elidan Marau ante su travesía del Mar de Leche. Dejaron frases y algunos remedios para la picadura de la sal. También se ha ido el verano, dejando paso a un otoño gélido. Él ha recogido algunos insectos y los ha confinado en el interior de vasos de plástico puestos en tierra boca abajo. Ha formado un círculo con ellos y con la ayuda de dos palitos ha hecho un reloj. Luego, ha vuelto a cubrirlo todo con tierra y se ha ido. Por allí no pasará más. Se embarcará mañana en el Hammerhead, una vieja corbeta de tres palos que el capitán Lismond mandó pintar de blanco cuando su hijo cumplió dos años. Pagará con un mazo de setenta y siete naipes, simbólico precio que todo pasajero debe entregar por la travesía. El Hammerhead zarpará al amanecer para aprovechar los vientos favorables que sólo soplan cuando se formula el día, y todos los barcos que se encuentren en el puerto de Lea ejecutarán una breve naumaquia ritual.

Elidan Marau enumera mentalmente el contenido de su equipaje mientras conduce el pequeño vehículo por la serpenteante carretera que bordea las colinas que protegen a Lea del frío viento del norte. Es de noche, y desde ambos lados brillan a menudo pares de ojos que se zambullen en el bosque tras observarle un instante.

Segunda jornada

El capitán siempre come en un cuenco oscuro y peludo que no es más que la mitad de un coco vacío. Se sienta en un extremo de la cubierta cuando la tripulación se reúne abajo para la comida. Le gustan los días fríos. El timonel evita mirarle desde el puente y sólo el graznido de las aves le acompaña. Ellas siempre están, nunca ha llegado a creer que fuesen otras, que se relevasen en el curso de la singladura. La comida, como las aves, es siempre la misma: una mezcla de lo que comen las gaviotas, los cormoranes y los albatros. O mejor dicho: la primera versión de lo que acaban comiéndose cuando se lanzan las sobras por la borda. Por eso viajan con el barco: porque cazan pescado cocido con patatas y hierbas.

Partida

Estaban sentados a la orilla del mar
y llegó una ola para llevárselos,
al levantarse la ola, pudieron ver su vientre cibernético;
en un costado del panel, el pequeño monitor
que todas las olas destructoras llevan incorporado,
emitía imágenes conocidas. De una ranura
se deslizó el tíquet, ella lo cogió
y se pagó su viaje al mundo de los demás.

Media hora después de que el cocinero le suba la comida, el grumete le trae café. Se calienta las manos en la taza de metal y se incorpora, bebe a pequeños sorbos mientras pasea y deja que la mirada se pierda en el horizonte. Y el mar que le rodea, las nubes y un crepúsculo incipiente, le recuerdan que nunca podrá vivir encerrado entre cuatro paredes mientras esté todo aquello allí, por invariable que pudiera llegar a ser.

Elidan Marau opina lo mismo pero no en ese momento, sentado en la cocina del barco y reconfortado por el calor de los fogones. Ha tomado tres raciones de sopa y, adormecido, se entrega a sueños de vigilia, se imagina en otros lugares cuando aquello acabe, cuando el viaje le deposite en el otro confín del Mar de Leche.

Hace realmente frío, ya que el capitán ha decidido tomar el coñac en su camarote. Con el calor en el estómago, aprovecha para volver a hojear el libro que le ha mantenido despierto la noche anterior, pero, esta vez, las mismas páginas parecen hablar con una luz que ayer no tenían. Parecen desvelarse:

Una situación climática estacionaria no producirá en sí misma sensaciones objetivas, sólo el receptor puede producirlas y, en todo caso, atribuirlas a los estímulos que recibe a través de sus sentidos. Si no efectúa esta operación, puede equipararse a los objetos, móviles o inmóviles, que cuentan su historia mediante la forma de que están dotados, confiando en que aquel que los descifre los deje discretamente en paz después de hacerlo, sin apropiárselos ni destruirlos, cosa que se da hoy en día con mucha frecuencia y que probablemente se de-be a cierto mimetismo. Todo lo que cuentan los objetos sin que nadie les pregunte es muy grande y muy extenso, dice la verdad, y eso no le interesa al discurso cotidiano, hecho de pe-queñas falsedades interconectadas por superficialidades y noticias del ámbito general. Esa historia de la experiencia emotiva, que es distinta para cada observador pero siempre conduce a la conciencia, nos presenta el mundo como es, inefable, y la energía espiritual que desprende es poderosa, nutre nuestra mente con las más exquisitas combinaciones de ideas y desarrollos y es un vehículo importante.

Aunque las aves parecen volar únicamente alrededor del barco, como si éste no se moviera, juntos avanzan a veinte nudos por hora, impelidos por el viento incansable nacido en lejanas montañas que hace tabletear los trapos como las plumas de las alas de su cohorte. Somos otra isla, piensa Marau, pero en movimiento.

Durante la comida, el cocinero ha relatado de la siguiente manera su encuentro con el pez martillo: cuando te encuentras ante un pez, descubres que no puedes mirarle a ambos ojos a la vez. Con el pez martillo tienes la sensación de que él no puede mirarte de ninguna manera. Es un animal que persigue a otro que es él mismo. Su creador olvidó relacionar sus integridades.

Ávido de luz, el cielo comienza a reconocer las estrellas y deja paso a su titilar, tan cercano que cuesta creer que no se pudieran rozar con el palo mayor. El crepúsculo se ha ido deprisa, como siempre sucede en el Mar de Leche, sin avisar y después de la comida.

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Tercera jornada

Las costas de los países del Mar de Leche son exactamente iguales a las que bordean otros mares: variadas, extensas, tímidas en algunas ocasiones y atrevidas en otras… llenas de entrantes y salientes, de bahías y acantilados, de rincones y aglomeraciones. Todo el mundo aprecia la cosecha de pescado, y el Mar de Leche se prodiga en pe-ces. Y allí donde el mar es amable y los vientos favorables, se llenan las redes de fibletes y rojillas, de cogombros y quisquillas…

Escenario

Oigo los gritos y no recibo cartas
de los viejos conocidos alojados
en el odio de sí mismos,
en su recurso.
Y los mismos seguidores de rastros
que nadie dejó a propósito.
¿Qué geografía de qué almas no me incumbe?
¿Qué ritual no deseado?
Qué poco tiempo…

El Mar de Leche no es blanco. Es azul de muchas maneras, como todos los mares; no vuelan sobre él extrañas aves blancas que gritan «teke-li-li», pero miles de cormoranes y gaviotas se zambullen en él a diario o persiguen al barco del capitán Lismond, que acaba de esquivar a un grupo de barcas de pesca haciendo sonar la sirena grave y profunda, poniendo en fuga a los volátiles.

Elidan Marau realiza mediciones en muestras de agua. Y va guardando en un cubo las pequeñas bolas de ámbar que envuelven los fragmentos córneos. Los cálculos renales que expulsan los cachalotes: restos de picos de calamar gigante. En las profundidades del Mar de Leche también hay calamares gigantes y cachalotes. Mientras unos cambian de color, los otros cambian de argot. Son dos de los sistemas nerviosos más desarrollados de las profundidades marinas, que en la mente de Elidan Marau se manifiestan a través de su oído y su visión internas.

No hay equipo de buzo en el Hammerhead y Lismond tiene prisa por llegar a la cálida Costa de Almíbar, uno de los lugares más llenos de insectos y de coñac de todo el Mar de Leche.

desembarcando Marau from incorpore on Vimeo.


Fragmento de El viaje secreto de Elidan Marau a través del Mar de Leche, de Víctor Nubla, editado por Incorpore. Puede también encontrarlo en nuestra red de librerías.

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