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La mala distribuidora

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Después de las putas, nosotras, las malas distribuidoras

En esta nota voy a contar por qué Librerantes es una mala distribuidora de libros y cómo esto tampoco se me ha ocurrido a mí, que es cosa de un editor cuyos libros pueden encontrarse en la práctica totalidad de las librerías de este país. Y subiendo.

Además, hablaré de editoriales con un ritmo de producción de uno o dos libros al año, editoriales de cuya distribución en librerías se ocupa Librerantes.

También voy a contar que Librerantes, como distribuidora, fue invitada a participar en las jornadas Fieramente Independientes que organiza la librería Gil de Santander. Y de lo que allí pasó, que tomé un montón de notas.

¿Suena a batiburrillo? Bueno, veamos si lo sé contar.

Hace años ya que intento ganarme a la audiencia de estas notas. Sigo, año tras año, fracasando, con cierto estropicio, además. Cuando alguien te quiere caer bien es fácil que te caiga mal. He de decir que al no ser capaz de llegar donde quería, de que me leyera más gente, sentía que no tenía sentido lo que estaba haciendo, me venía abajo y lo dejaba, ha habido largas temporadas de silencios; cuando volvía aún había menos gente al otro lado, menos clicks; tenía que empezar otra vez de nuevo. Trabajo con varias editoriales a las que les pasa esto: vuelven tras largos silencios, o publican muy poquito, y hay que empezar casi cada vez. Desde cero. Por esto nada más es este párrafo. No me importa que sea difícil, me importa que no se comprenda el esfuerzo que esto supone para una distribuidora, de las buenas o de las malas como esta.

Si digo que he aprendido mucho no me van a creer. Pero es así.

Quiero que me lean, que abran el correo electrónico los domingos que puedo enviarlo, que hagan click en la revista-blog, sobre todo para llegar mejor a más sitios con nuestros libros, también para desahogarme, o para hacerme entender. Me siento como una suerte de Jonh Reid sin caballo, con falda y carmín fuerte para llamar la atención.

En Santander en la foto salieron ellos, y se habló sobre todo de ellos, de libreros, de editores, de distribuidores de libros (se referían a las grandes distribuidoras de libros, el femenino para esto se resistía). Y yo me sentía como las alumnas de hace ya algunos años de Maite Larrauri cuando leían en los textos filosóficos escritos por hombres sobre el hombre. «¿Tenemos que entender que se refieren también a nosotras?», le preguntaban. A mí en Santander tampoco me lo parecía. Antes bien, sentía que se me estaba excluyendo, a mí y a todas las que estábamos en la enorme sala y que, por cierto, éramos mayoría. También lo somos en el sector del libro.

fieramente independientes

¿Por qué les cuesta tanto incluirnos, hacer alguna salvedad a la hora de hablar, nombrarnos alguna (maldita) vez? No digo cada vez que se diga nosotros, conozco el castellano y sé que puede ser tedioso, que es difícil y que, si no se tiene cierto oficio, puede sonar ridículo. Pero alguna vez. Hacer ese pequeño esfuerzo alguna vez. Por favor.

Vosotros y nosotras

Tomé notas. Estaba encantada de estar allí (gracias, Paz) y sentía que tenía que empaparme bien, aprovechar de verdad el encuentro. Pues bien, la primera vez que se usó el femenino fue para hablar de las prostitutas. La segunda, para hablar de las malas distribuidoras. Tal cual. Hablaba el editor al que me refería al comienzo de esta nota de por qué no hay que comprar en Amazon, de cómo esto daña a libreros, editores, distribuidores de libros. A todos ellos les daña. Hay que ayudarles. A ellos. Yo creo que también hace daño el vender vía Amazon, pero bueno, qué sé yo, al cabo, soy muchísimo menos importante y visible y lo mismo es porque me he negado a vender en Amazon y además voy a seguir así. Librerantes juega en otra liga. Otro de los editores dijo que tenía un montón de amigos libreros. Que sus mejores amigos eran libreros. Se habló también de editores importantes, refiriéndose a editoriales dirigidas por mujeres, como por ejemplo Acantilado. No sé, es que era loquísimo el tema. Yo asistía pasmada, me llamaba la atención muchísimo porque ni un poquito de cuenta se daban, nos obviaban de un modo genuino, aplastante, arrollador, sin dudar ni una sola vez. Iba apuntándolo todo en mi libreta. Estaba tan sorprendida. Sabía que no salíamos nunca en los carteles, pero no había asistido a ningún encuentro así antes, había rechazado todas las invitaciones porque no tenía con quién dejar a mi hija. Ahora es diferente, ya es mayor y  si alguien como Paz Gil me llama, pues voy. Y, de pronto, mientras estaba pensando en todo esto, en las familias de varios de los editores que estaban allí, en quién cuidaba de sus hijos, en cómo se organizan… sale el término: las malas distribuidoras. Después de las putas que salieron en la primera mesa, nosotras, las malas distribuidoras. Hablaba otra vez el editor del principio. Se refería a que hay distribuidoras cuyos libros están en muy poquitas librerías. A distribuidoras como Librerantes. Ahora sí, en femenino, rotundo, incontestable.

Qué ganas de contarlo.

A mí me tocó participar en la última mesa redonda. No estaba previsto. Iba a asistir para participar pero no en mesa. Qué hace una distribuidora de libros, una mala distribuidora de libros como esta, que me lo quedo, Sr. Editor, me encantó cómo lo dijiste y me sentí plenamente identificada, diría que no interesa mucho, más allá de a la librera que me invitó y a dos o tres más que nos reunimos de vez en cuando para arreglar el mundo y el sector del libro de paso.  La cosa es que la editora de Gallo Nero, Donatella Ianuzzi, no pudo acudir, así que me colaron a mí, en el último momento. Y la verdad es que quedó rarísimo, porque el editor que hacía las veces de moderador no tuvo tiempo de cambiar el planteamiento, enfocado a la labor de la editorial independiente y -creí entender- su viabilidad económica. Habíamos coincidido en el tren, ya de camino a Santander, y me dijo que podríamos hablar también de mi labor como distribuidora, que no conocía. Me hizo mucha ilusión el que fueran a darme la oportunidad. Luego no fue así, pero fue bonito imaginarme contándolo ante tanta gente del sector del libro. Por si fuera poco, se me ocurrió, cuando me dieron -o tomé, mejor- el micrófono, meter en la mesa, por mi cuenta y con calzador, El Tema, «Por qué no usáis el femenino, por qué no nos incluís en vuestros discursos, por qué no nos tenéis en cuenta». A mi derecha había otro editor al que le pareció muy ridículo mi planteamiento e hizo mofa de él. «¿Tenemos que decir también nosotres?. Jajaja.» Intentó ridiculizarme e incluso consiguió que se riera el moderador. «Jajaja». La editora que estaba a mi izquierda creo que no se rió, o yo no la oí; sí le pareció que estaba exagerando. Bueno.

Lo cierto es que es complicado hablar de estas cosas en público, en la mayoría de los foros, intentar explicar por qué es importante ser nombrada (que lo es) y salir indemne. Pero he de decir que lo conseguí. Me voy a poner una medallita. Bajé y me felicitaron otras mujeres, editoras, autoras, traductoras, alguna política importante y buena que no quería significarse. Trabajamos en la sombra. Trabajamos mucho. Fue un final emotivo, cómo empatizamos y nos apoyamos unas a otras. Éramos un montón. Lo cuento y me vuelvo a emocionar. Gracias, majas.

Qué es una mala distribuidora

Pero por qué me ha gustado lo de Mala Distribuidora. Que no lo he contado todavía y es lo más importante. Pegué un brinco cuando se lo oí al señor editor. ¡Están hablando de mí! Le echaba la culpa del fracaso editorial de muchos proyectos al no estar en muchas librerías. A las malas distribuidoras. Daba cifras. Para vender (lo pongo en cursiva porque no es vender, es colocar en librerías) 2000 libros él había calculado que un libro tenía que estar en 180 puntos de venta. Lo que en realidad quería decir es que la distribuidora con la que trabaja envía a unas 180 librerías unos 2000 ejemplares de cada título. A la vez. Guau. Qué poderío. Si las librerías no los venden, los devuelven, eso también. Tienen todo el tiempo del mundo para hacerlo, además. No sabemos cuántos devuelven, esas cifras no suelen darse, imagino que dependerá de la repercusión que haya conseguido en medios, por ejemplo. Lo que sí sabemos es que en cuantos más sitios estés más probabilidades hay de que alguien compre tu libro, aunque sea por equivocación o porque lo está viendo en todas las librerías, jolín, voy a comprarlo, que si todas lo tienen por algo será… Como la editorial tiene otro u otros dos o tres listos para salir no pasa nada cuando se devuelven los que no se han vendido, al contrario, vuelven a enviar los que ya están listos y la editorial siempre tiene varios en las mesas de novedades, que es donde la gente los ve y los compra. Muchas veces oigo que es un sistema inaguantable, que algún día petará. Y sí, caen muchas editoriales que no pueden aguantar el ritmo. No se suele hablar de la inversión que tiene que hacer un editor, una editora, para estar en todos esos sitios. Sí es importante que, si quiere seguir ese camino, no se trabaje con una mala distribuidora como Librerantes. Esto es capital. También lo es el comprender que si no publicas con una cierta regularidad y por encima de un determinado número de ejemplares, no puedes estar ahí. Y que mantenerse ahí es un esfuerzo económico importante, ya se harán una idea. Algunos de estos editores, conocidos y reconocidos, llevan años haciendo lo mismo y saben bien cómo funciona. No podrían trabajar con una mala distribuidora, una distribuidora que tenga que pensar con calma antes de enviar un libro, a dónde y por qué lo envía, si se va a vender ahí, que se ocupe de cada editorial, que pueda adivinar cuándo se van a cansar… porque se cansan, claro, es un esfuerzo. Y cuando se cansan ahí se queda la mala distribuidora, aguantando el tirón frente a las librerías, con todos los libros…  El caso es que a mí no me parece, tal vez desde mi ingenuidad, digo, que sea un sistema que corra peligro alguno. A estos editores yo les veo fenomenal, muy presentes, no corren ningún peligro, ninguna mala distribuidora se va a cargar su editorial.

Una mala distribuidora, como lo es Librerantes, trabaja con poquitas editoriales (son las que hacen los libros) y con poquitas librerías (son las que los venden). Hacemos una labor de intermediación. Nos escribe la editorial, nos cuenta qué quieren publicar, en qué consiste su proyecto, quiénes son, etc. Y a partir de ahí valoramos si podemos hacer un buen trabajo, si nos va a gustar trabajar juntas, la cara que nos van a poner libreras y libreros cuando les enseñemos sus libros, cuando los metamos en la cajita que enviaríamos con nuestra cuidada selección de libros. Elegimos las editoriales en función de esto y alguna otra cosita más, no quiero extenderme mucho. Explicamos lo que hacemos a la editora o editor, una charla de más de una hora larga de reloj. Y algo estoy haciendo mal, porque después de un año me doy cuenta muchas veces de que no conseguí hacerme entender. Una hora larga de reloj hablando para nada: si quieres vender lo que el señor editor que abría el boletín de hoy, tienes que saber hacer lo que el señor editor, tener sus medios y su capacidad, e irte a ver a su distribuidora, UDL, que es la mejor en lo suyo, añado, para mi gusto, y convencer a Mónica Díaz, o a quien le ayude con estas cosas, de que tu editorial tiene sentido y de que vas a aguantar el ritmo. Si no, tienes que trabajar con una mala distribuidora que va a tardar qué sé yo, pasito a pasito, en enviar tus libros a unas cien librerías, con suerte, dando a conocer la editorial muy despacio, con los medios de que se dispone, con la mejor voluntad, eso sí, pero que el cielo de los libros está lleno de muchas y buenísimas voluntades. No sé si me explico.

Los libros, las malas distribuidoras, los vendemos de uno en uno y de dos en dos en las librerías que nos dan cancha, que no son tantas, están contadas. Tienen que querer nuestros libros, confiar en la selección que les hago personalmente y, además, pagarnos con puntualidad y bien. Tardaríamos, qué sé yo, ¿seis meses en colocar 2000 libros? Y esto lo haríamos solo si tenemos muy muy claro que vamos a vender, al menos, el 90% de esa colocación. Si no, no se envían. Tal cual. Eso es ser una mala distribuidora. Eso es lo que hacemos aquí.

Gracias por comprar y por leer nuestros libros.

 

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