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Los tiempos recios de Mario Vargas Llosa

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El mamut de Arequipa

Cuando murió Joyce, Cyril Connolly dejó escrito que con él se iba el último mamut, refiriéndose así a un escritor con toda su vida dedicada a levantar una obra monumental e inmortal. Por entonces Vargas Llosa tenía cuatro años y Connolly no podía saber que había un pequeño mamut allá en Arequipa. Antes de cumplir 35 años Vargas Llosa había escrito La ciudad y los perros (1963), La casa verde (1966) y Conversación en la catedral (1969), así, zas, uno, dos y tres. Si para desgracia de sus familiares y allegados hubiera muerto entonces tendríamos a un Jimi Hendrix de la novela; como no lo hizo y esperemos que viva aun muchos años, ha pasado a ser un Eric Clapton o un Rolling Stone: no se puede negar que sean muy buenos, pero quién espera que sorprendan a estas alturas. Lo que esperamos es un poco más de lo mismo sin que ponga en peligro todo lo anterior. Es lo que consigue Tiempos recios.

La novela

Tiempos ReciosAunque la novela empieza hablando de la operación orquestada por la CIA en favor de la United Fruit en Guatemala en 1954, con una campaña de lo que ahora llamamos fake news, lo que de toda la vida hemos llamado mentiras,  rápidamente pasa a lo que parece su verdadero origen: mostrarse como un spin off de La fiesta del chivo (2000), tal vez uno de los últimos fulgores del genio, impresionante novela sobre el Generalísimo Trujillo y su reino de terror, en la que aparecía Johnny Abbes García, director del SIM o Servicio de Inteligencia Militar dominicano, que reaparece aquí como personaje importante por su participación, parece que conjetural, pero que Vargas Llosa da por buena, en el asesinato del dictador guatemalteco Carlos Castillo Armas, Cara de Hacha, por orden de Trujillo, que antes le había brindado ayuda en su Revolución Liberacionista contra el supuesto agente de Moscú General Jacobo Arbens. Contrasta la introducción un tanto somera que habla sobre la operación de la CIA con la aparición de Abbes, a partir de la cual Vargas Llosa coge el pulso rápido con lo que mejor sabe hacer, narrar y presentar los personajes, como Marta Barrera Parra –que fuera de la novela no se llama así- y a los dos asesinos de Castillo Armas, el ya mencionado Abbes García y el Teniente Coronel Trinidad Arias Oliva, situando a estos dos haciendo tiempo en un burdel antes del magnicidio, adelantando y volviendo atrás la acción, incluso recupera algo que Vargas Llosa introdujo con maestría en La casa verde, los diálogos yuxtapuestos, que pueden darse entre los mismos personajes en tiempos distintos o entre personajes distintos al mismo tiempo. Muchos de esos saltos temporales y organización del material parecen arbitrarios, pero si hemos aplaudido a Burroughs por tirar las cuartillas al aire y ordenarlas según caigan, qué le vamos a decir a Vargas Llosa…

Es sólo que no puedo evitar pensar en lo que hubiera hecho con este material el mamut que escribió sus tres obras maestras seguidas. Cómo lo hubiera puesto del derecho y del revés, con qué minuciosidad lo desmenuzaría y lo rearmaría en un artefacto que nos explicaría las claves de la sangrienta Centroamérica de los años cincuenta, la cantidad de personajes memorables que aparecerían. Aquí parece que todo esté por encima, pespunteado, no destilado, como lo sí lo está en La casa de los encuentros, de Martin Amis. Cualquier otro podría escribir esta novela, e incluso ganar —como ha ganado— un premio, pero para aquel Vargas Llosa se queda corta. Incluso, sin haber releído La fiesta del chivo, puesta junto a aquella.

Ambas comparten una escena que supongo que obsesiona a Vargas Llosa: el asesinato de Abbes García a manos de los Tonton Macute del dictador haitiano Duvalier. Si en La fiesta del chivo era como mencionada y para tratar de dar un final justo al terrible Abbes García, aquí está narrada desde su perspectiva y es espantosa: una matanza a palos y machetazos que empieza con los perros y las gallinas, sigue por las sirvientas y acaba por el mismo Abbes García, su esposa Zita y sus dos hijas pequeñas. Y de nuevo vuelve la sensación de que esta novela es más un capítulo o una coda de aquella novela de hace veinte años que nos hace añorar al joven mamut.

 

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