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Los papeles de Herralde, de Jordi Gracia

Anagrama, 2021

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El primer libro que recuerdo haber comprado por mi cuenta, en el verano del 91, justo antes de entrar en la Universidad, es Historias de Pat Hobby, de Scott Fitzgerald, publicado en la colección Compactos de Anagrama. Me recuerdo leyéndolo tumbado en el césped de la estación de Sant Andreu Comtal, un césped que ya no existe, en una estación que un año de estos quedará soterrada e incluida en las obras de la estación de La Sagrera. En el verano del 93, o tal vez del 94, fui a una charla que daba Herralde en el Instituto Cervantes de Barcelona. Llevaba conmigo otro libro de los Compactos de Anagrama, El almuerzo desnudo, de William Burroughs. Esto lo explico no tanto por ser un señor de casi cincuenta años que necesita contar su juventud, sino para señalar que Anagrama es la editorial que para mí y muchos lectores de mi generación significa el paso como tales a la vida adulta y a la vez moduló nuestro gusto. Por eso, un libro en el que se dice que se van a mostrar sus interioridades es un dulce difícil de no probar.

Jordi Gracia, el encargado de la edición divide los documentos, en su mayoría cartas, en capítulos, que suelen empezar con una introducción que acaba siendo casi un prólogo, lo que a mí me resulta algo prolijo. Tal vez hubiese bastado un prólogo general y notas a pie de páginas. Tampoco aclara en estas introducciones por qué se escogen unas cartas y otras no, por lo que no tenemos más remedio que confiar en su criterio.

Jorge Herralde viene de una familia propietaria de una fábrica del sector metalúrgico y con amplias relaciones con altos estamentos e instituciones barcelonesas. Es en esto parecido a Carlos Barral, como dejó escrito en su poema «Apellido industrial». En 1967 entra como socio en la discoteca Bocaccio, mítico templo de la gauche divine y, como nos dice Gracia, una máquina de hacer dinero hasta mediados de los sesenta. Es en parte con ese dinero como Herralde pone en marcha Anagrama, con la intención de publicar ensayo y pensamiento político, en la resaca del mayo del 68. A Tom Wolfe, uno de sus autores, le resultaría muy divertido saber que el dinero salido de una discoteca a la que iban los profesionales liberales de la parte alta de Barcelona acabaría por financiar cuatro obras de Mao.

Esta primera etapa de Anagrama, más política y contracultural, se desarrolla de susto en susto con la censura, el Tribunal de Orden Público y los secuestros preventivos de libros. Se pone en marcha el Premio Anagrama de Ensayo, para el que Herralde pide originales a sus amigos, y que durará hasta hoy. Con la muerte de Franco, y al revés que las revistas de destape, el libro político y sus lectores desaparecen. Es lo que se llamó el desencanto y que Umbral resumió muy bien en Trilogía de Madrid: «Quisimos hacer la Revolución y nos salió una Transición». Se añade además un grave problema financiero con Ediciones de Enlace, una distribuidora que habían puesto en marcha entre varias editoriales, y que acabó con, entre otras, Barral Editores. Haciendo de la necesidad virtud, Herralde se vuelca ahora en la narrativa, primero con Contraseñas y después con Panorama de Narrativas y Narrativas Hispánicas. También se pone en marcha ahora el premio de novela. En Panorama Herralde apuesta por las bibliotecas de autor —Capote, Nabokov— y por las bogas del mundo anglosajón, ya sean los nuevos narradores británicos o el realismo sucio estadounidense. En Narrativas, a partir del premio de novela, Herralde descubrirá o redescubrirá autores por los que después apostará a largo plazo: Pombo, Chirbes, Marías, Puértolas, Tomeo, Martínez de Pisón o Vila-Matas. Al acabar la década de los 80, Anagrama saca su colección de bolsillo, Compactos.

Las cartas seleccionadas muestran la evolución del joven editor, que empieza enviando cartas a editores franceses e italianos para que le cedan derechos de traducción, que tantea a autores de aquí y de allí, que envía cartas a los censores para argumentar que sus libros no tienen peligro, y que poco a poco se va transformando en un tótem de la edición, como lo fue Barral antes que él. Gana en seguridad. Le escribe cartas directamente a los autores —a Tom Wolfe, una en español, porque sabe que lo domina a la perfección—, a la todopoderosa Carmen Balcells… y no duda en tocar la cresta de todo crítico o reseñista que cree que no ha sido justo con uno de sus autores, o a cualquier jefe de sección o suplemento cultural, en especial de El País o La Vanguardia, que crea que no le ha dado suficiente espacio a las novedades de la editorial en ellos. De este último tipo mi carta favorita es una a Mercedes Milà afeándole que no entrevistase a Patricia Highsmith a su paso por España. Es una carta que deja el célebre yo he venido aquí a hablar de mi libro de Umbral en una broma.

Hay otro tipo de carta, muy interesante, que son las cartas de rechazo, en las que Herralde me parece cercano y con tacto, ya que aborda un tema delicado y se adivina incómodo, sobre todo si el rechazado es amigo o conocido. Como Javier Marías envió un burofax al conocer que iba a salir el libro para que no se hablase en este de él, no podemos confirmar la leyenda urbana que dice que su animadversión viene por el rechazo de una novela después de Mañana en la batalla piensa en mí. Lástima.

Los papeles se interrumpen al llegar al año 2000. Gracia nos dice que por un lado se debe a la reducción de las cartas en favor del correo electrónico y otros medios, y a que en cierta forma Herralde ya había hablado de ese período en otros libros. Es una pena, porque veintiún años son demasiados para no comentar nada sobre ellos y el año 2000 cada vez nos queda más lejos. Aun con este largo silencio, este libro es un documento muy valioso acerca del timonel de una editorial que ha navegado con cualquier tipo de viento, sin irse a pique y sin embarrancar en un gran grupo editorial, aunque su venta a Feltrinelli me recuerda a la venta de Derbi a Aprillia, y que ha modelado en gran medida el gusto lector en España en los últimos cuarenta años.

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