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Los libros y los sacos de patatas. Similitudes y problemática. Un texto práctico.

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Hoy voy a empezar dando las gracias —de verdad, de corazón— a los editores y a las editoras con las que trabajamos. Si es cierto que es gracias a las librerías, a su generosidad y paciencia, sobre todo, que podemos hacer esto que hacemos, no es menos cierto que sin los libros y sin el apoyo y la confianza de los y las que los hacen, esto que hacemos sería imposible. No solo más ingrato. Imposible. Tal cual. Los libros y la gente que confía en este modo peculiar, más pausado, de hacer las cosas. Gracias a quienes tanto y tan bien nos cuidan. En Librerantes tienen el mismo peso libros y personas. Van de la mano. Esto es así.

Y ahora, al lío.

Los libros y los sacos de patatas

El título. Más que práctico deberíamos decir real. Porque dudo que estos textos que me empeño en escribir de vez en cuando sirvan para algo, aparte de para medio desahogarme y ordenar algunas de mis ideas sobre El libro y cómo tenemos que hacer las cosas para poder seguir haciendo cosas (libros las editoriales, envíos razonables a las librerías con las que podemos trabajar nosotras, etc.). Práctico queda mejor. Lo dejo así, entonces.

Aparte, sí son cuestiones prácticas, al cabo. Pongamos que usted tiene una editorial y, además, quiere vender los libros que publica a través de una distribuidora. Ya sea porque se ha dado cuenta de que usted no puede llegar donde nosotras sí, ya sea porque no le da la vida para hacerlo todo o porque, sencillamente, no sabe vender libros.  Esto último pasa mucho, añado. Pues bien, entregar en plazo, invertir tiempo, recursos, dinero, humor, en promoción, en difundir un proyecto editorial, un libro, en un mercado como el nuestro, saturado, seguir hablando con las librerías, no creerte todo lo que te cuenta una librera que está hasta arriba y quiere que la dejes ya, qué día lleva, ya ha hablado con unos cuantos editores hoy, de lo mismo, y todas esas cajas aún sin abrir, o sin cerrar, que sí, que lo va a pedir (esto, en muchas ocasiones, es a lo que voy con esta parte de la frase tan larga, no llega a ocurrir, más en estas fechas)… Tratar a tu pequeña a la par que coqueta distribuidora—esto por gente que ya no está, menos mal— como si fuera un peón a sueldo —a uno que muchos meses no le pagas porque lo que haces no da para tanto…— no es una gran estrategia, digamos. Porque tiene su corazoncito. Que una distribuidora no es una chica para todo (…lo que tú no sabes, no puedes o no quieres hacer). Ni siquiera esta.

¿Parezco enfadada? En realidad, no lo estoy. Todo lo contrario. Empatizo, comprendo, a la mayoría de los editores y editoras con los que trabajo y he trabajado. Cuesta entrar en una librería, no digamos hacer que tus libros, justo tus libros, se queden, en un buen sitio, además. Menos aún si a lo que te dedicas en cuerpo y alma es a la tienda online. Darse cuenta de que uno se ha equivocado, asumir el error como propio, rectificar. Cuesta muchísimo. Y me refiero con lo de que cuesta al dinero que cuesta, ojo, no a la honrilla, que también, supongo. Ocurre que no todos los errores son económicamente asumibles, menos aún a la escala a la que aquí se produce y se trabaja. Esto es —otra vez— así. Entregar libros  tarde a la distribuidora, exigirle más allá de lo razonable y un puntito más labores que no son su cometido, que se hacen en muchas ocasiones, sí, pero por amor al arte, por echar una mano, porque se sabe que si no se ocupa una quién lo va a hacer y cómo. Todo ello acaba pasando factura, no solo quemando a tu distribuidora, que acaba de ti también hasta el gorro, como esa librera. Si esa factura no se paga, porque no se puede pagar, se acabó. Invertir dinero, trabajo, esfuerzo, el poco sentido del humor que quedaba, en un proyecto y no recuperarlo es como para sacar a cualquiera de sus casillas. Por eso entiendo que se puedan perder los papeles. Lo he visto con estos ojitos. Varias veces. No hay más. Fundido en negro.

Me ha quedado un poco corto. Abundaré un poco más, ya en harina, si no me cuesta nada. El libro y el saco de patatas, decíamos en el título.

Esta semana me llamaba una de las editoras: «Que te llega pasado mañana un libro, ya me ha confirmado la imprenta». Cómo un libro, qué libro, me digo, aterrorizada, pensando en la mudanza al nuevo almacén, en el resto de libros, a la vez, en mi plan, en la perfecta ejecución de mi plan, que se va a la porra cada dos por tres. Ahora porque llega un libro. Uno. Cuál. «Sí, si lo hablamos un día, ¿no te acuerdas?». Vagamente… hablo de libros todos los días, con personas diferentes, editores, editoras, libreras, lectoras, amigas, amigos. Hasta con el señor de origen chino (no es coreano, le pregunté, por si conocía a la autora de Un invierno en Sokcho) que lleva la tienda de abajo hablo yo de libros. Hay días, de hecho, en los que tengo la sensación de que no hablo de nada más. Libros y solo libros. Incluso cuando no hablo de libros hablo de libros. Los libros siempre. No uno. Varios. Todos. A la vez, y también de forma consecutiva, ora uno, ora otro, ora todos de una. Se me salen los libros por las orejas, por los ojos. Qué libro. Qué es lo que me llega. «¿No te acuerdas?». ¿Es una pregunta con trampa? «Eh… No, ahora mismo no caigo, ¿de qué libro se trata?».

Llega otro libro más, sí. No un saco de patatas. Un libro. De pronto, sin previo aviso, sin nota, solo una llamada en mitad de una mañana intensa de trabajo, con sus imprevistos, sus libros, las cosas del día a día de esta pequeña a la par que coqueta distribuidora, de la que te has olvidado porque tienes otro buen montón de cosas en la cabeza en relación a justo este último libro, que por fin has acabado, que ya está en imprenta…

A usted, lector o lectora despistada que no trabaja en este sector, que ha acabado aquí siguiendo a saber qué enlace, espero que no desde una página porno —leer porno no está bonito, lean ¿Por qué dejé de ver porno?, que ahí se cuenta bien esto—, y se ha quedado leyendo a esta mujer, como hipnotizado, que parece marciana, de qué habla, tan acelerada, a quién puede importarle todo esto; qué le parece, le pregunto, lector inesperado, ¿es o no una buena idea el tener en mente el dónde y cómo se va a vender un libro cuando se piensa en publicarlo? Si partimos de la base de que un libro y un saco de patatas son productos, con perdón, diferentes, ¿a usted cómo de interesante le parece que puede ser contarle con tranquilidad, con tiempo, sobre su nuevo título a quien va a ocuparse de su venta?

Yo no sé si me explico, que decía Ángel González en un poema muy popular, muy sentido. Lo que quiero decir es que sí que parece importante ocuparse de esto, además de de todo lo demás, no soltar los ejemplares en el pequeño a la par que coqueto almacén como si fueran sacos de patatas, o de judías pintas. Es de lo que se trata, entiendo. De que los libros son, cada uno, importantes, únicos, necesarios. Cada libro tiene su qué, su razón de ser, su gran importancia. Y hay que dársela como es debido, ocuparse. En esencia, eso es Librerantes. O es lo que aspira a ser. «Tread softly because you tread on my dreams».

Keats llevaba otro ritmo, eso también.

 

 

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