Los domingos de Guillem Martínez

Empecé a seguir a Guillem Martínez en Twitter porque lo confundí con otro Martínez con el que había compartido habitación en un congreso de jóvenes escritores en la última década del siglo pasado. Tardé meses en descubrir mi error porque soy como el Inspector Clouseau, pero sin criado chino. Gracias a este error pude descubrir a Guillem Martínez y leer sus crónicas parlamentarias primero y después sus artículos, ahora recogidos en este libro, después.

Decía Indro Montanelli, un señor por el que yo me compraba La Vanguardia los domingos, que un periódico es un invento imbatible; lo compras, puedes leerlo en el autobús o en el metro, y cuando lo acabas puedes tirarlo a la papelera o usarlo para envolver bocadillos. Todo en él es efímero y tal vez lo más efímero en él sean los artículos de opinión. Cuando pienso en ellos me acuerdo de las palabras que el escritor o colectivo de escritores conocido como San Mateo puso en boca de Jesús acerca de las flores del campo, que hoy son y mañana se arrojan al fuego, pero ni Salomón en toda su gloria vistió con más lujo que ellas. Que alguien haya recogido las flores de Guillem Martínez, las haya metido en un libro, como en un herbario, y sigan frescas da una idea de qué tal son.

Los artículos o columnas de opinión o como se llamen son un género difícil y arriesgado; requiere ser preciso y airoso; no están muy lejos del trapecio o de la cuerda floja. Sus autores son acróbatas, trapecistas, hombres bala. Pueden hacer la misma pirueta una y otra vez para acabar sonriendo después del ale hop. Tal vez el mayor de estos saltimbanquis, o el más imitado, en los últimos 50 años, el Pinito del Oro del columnismo español haya sido Francisco Umbral, antes Paco. En todo este tiempo le han salido sobrinos e hijos putativos, o como diría Leone, ha sido el padre, sí, pero de un montón de hijos de puta. Por lo general chavalotes de cuarenta años con vocación canallita y prosa de imitación. Guillem Martínez no es de estos y por eso se parece más a Umbral: ha logrado su propio número de hombre bala.

Desde que apareció el jazz en el músico no es tan importante la técnica como el swing. Ya lo dijo Duke Ellington, It don’t mean a thing (If it ain’t got that swing). Y Guillem Martínez tiene swing, vaya que sí.

los domingos guillem martínezVoy a traer aquí a Chandler, primero porque me apetece y segundo porque después me vendrá muy bien para cerrar: cuando un aspirante a colaborador iba a visitar a Joseph Sahw, editor de Black Mask, este le sacaba un relato mecanografiado de Chandler y un lápiz y le animaba a tachar las palabras que a su juicio sobrasen. Se lo devolvían sin un tachón y Shaw remataba Pues así quiero que escriba. Lo mismo pasa con estos artículos de Guillem Martínez. Me dirán que exagero, que se puede tachar aquí y allá; claro, pero entonces no serían artículos escritos por Guillem Martínez, los podría haber escrito usted, o yo, o el vecino del quinto. Todo está en el swing.

Como estamos ante una colección de artículos semanales, frescos y lozanos, podemos ver cómo evoluciona este swing, cómo se va afinando y afilando hasta ser más certero según pasan los años, más económico, porque el autor necesita menos intentos para dar en el blanco. Es por esto cada vez mayor la brevedad y menor el adorno, por lo que me pasa —una reseña es la historia de algo que le pasa con un libro a quien la escribe— algo muy raro: el libro cada vez me recuerda más a otro libro que nada tiene que ver con él, El libro de la Misericordia, que Leonard Cohen escribió metido en una autocaravana varada en un camping de la Provenza, mientras las cigarras cantaban al sol. Hay sabiduría y consuelo en ambos, logrados a partir de la desorientación y el desconsuelo y eso convierte a ambos libros en algo muy antiguo, de otro mundo, y con esto vuelvo a Chandler y me despido.

Aunque nacido en Chicago, Chandler creció y se educó en la Inglaterra georgiana como un caballero, al menos hasta que el tío que le pagaba los estudios decidió que no lo quería tanto como para pagarle la Universidad. A principios de los cincuenta, después de publicar El largo adiós, volvió a Inglaterra y quedó a la vez encantado y sorprendido por la atención y el aprecio que recibió allí. Hasta W. H. Auden y Cyril Connolly tuvieron una polémica por él. En una de las entrevistas que concedió dijo que en todos sus relatos y novelas había tratado de reproducir el lenguaje y las formas de culturas ya hacía mucho tiempo extintas y olvidadas. No es menos que eso lo que consigue Guillem Martínez con Los domingos.

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