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Los cajones del escritor

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«El guepardo», se oía casi siempre que en la niñez alguien preguntaba por el animal más veloz. «El halcón peregrino es más rápido», añadía a veces el amigo repipi. «En picado supera los 400 kilómetros hora», apuntaba luego el amigo repipi. El amigo repipi estaba bien informado, reconozcámoslo. Le llamamos repipi todavía hoy para no aceptar nuestras limitaciones y monumental ignorancia. Esos cientos de kilómetros por hora sonaban entonces como hazañas realizadas por supercriaturas. Ni el mejor atleta olímpico podía pisar los talones de aquellos que protagonizaban los documentales. El que parecía más tonto, un cerdo verrugoso por ejemplo, te hacía un siete corriendo campo a través. «¿A qué mierda de familia u orden animal pertenezco?», se preguntaba uno ataviado con pantalones cortos o con katiuskas. La verdad es que en su inocencia uno ni siquiera ponía «mierda» en ese pensamiento. Pero es que ni «caca». Ay, cómo era aquella infancia de la época pre-internaútica, esa infancia cuasi medieval de tecnologías desfasadas.

El paso a la edad adulta, los desengaños, la realidad, te enseñan que hay otros modos de ser rápido, que el término velocidad se puede aplicar de muchas maneras. Lo pudimos ver hace algo más de un años en la propia España. Aquellos cargo del partido UpyD, en plena disolución, se pasaron a Ciudadanos, incluso al Psoe, a una velocidad imposible de captar para el ojo humano. Incluso viendo algunos de esos pasos a cámara superlenta ni siquiera se aprecian. Hablamos de velocidades que superan a la de la luz. A la ecuación E=mc2 habría que añadir, «según». El transfuguismo, sin ir más lejos, deja el picado del halcón peregrino a la altura del lento paso del nonagenario cuesta arriba durante la hora de la siesta de agosto en un pueblo andaluz. Bastante menos que el caracol, por hacer otra aproximación.

Esta larga introducción sirve en realidad para situarnos en otra velocidad todavía mayor, apenas comprensible, una rapidez que aúna física y metafísica. Para captarla no se ha inventado aparato, tal es su complejidad, es más, es posible que el ser humano no tenga nunca la posibilidad ni tan siquiera de concebirlo.

En efecto va más allá del asombro la rapidez a la que se mueven los familiares del escritor fallecido. Apenas el novelista, poeta, ensayista, dramaturgo o todo a la vez, ha exhalado su último aliento, como se dice modernamente que la diñó en un mundo donde no hay ya cadáveres, sino cuerpos, está ya su libro inédito en el escaparate. ¿Cómo ha sucedido esa especie de fantasmagoría o teletransportación? Mire, por favor, al multipremiado vate en la cama del hospital. Observen cómo le aplican la última dosis de morfina. Miren, miren, ya va por la luz al final del túnel. Hala, ya está, que en paz descanse. Y dense ahora la vuelta. Fíjense, sus poemas inéditos de adolescencia en la librería de la esquina. ¿What de fuck? Pero, pero, pero…

Esta especie depredadora se mueve por un hábitat muy concreto, los llamados cajones del escritor, algo que se presta a juegos de palabra sin gracia. Los cajones del escritor son un elemento cuántico o habitáculo de prodigiosas características del que se pueden sacar, como conejos de la chistera, multitud de elementos, desafiando las leyes del espacio-tiempo. Aquellos escritos que el literato rompió o incluso quemó personalmente en la chimenea, o que tiró al contenedor de papeles y cartones, aparecen de nuevo intactos procedentes de no se sabe muy bien qué dimensión paralela. Aquella canción que decía hago zas y aparezco a tu lado describe perfectamente y de forma científica el misterioso proceso.

Novela inédita
Viñeta de Danuto & Martingo publicada en Cuartopoder.

En algunos casos se descubren trabajos en áreas insospechadas. Así, el escritor que se hizo famoso por sus historias de amor de pronto tiene trabajos escultóricos realizados en una anterior etapa. Los descubrierons sus familiares en los cajones entre el cierre de ojos al sobrevenir la muerte y la introducción del ataud en el nicho. Esa estatua ecuestre estaba en la mesita de noche, donde al parecer la dejó el malogrado novelista. Pueden ser esculturas u otras disciplinas insospechadas. Nada creativo parece ser ajeno al escritor muerto. El prestigioso autor de monólogos teatrales hizo sus pinitos en el haiku, el origami y el ikebana. Tuvo una fase japonesa que desconocíamos. Su familiares encontraron en un cajón post-it con pequeños poemas, figuritas de papel y un pequeño jardín que se desparramó por la habitación. También estaba dentro. Era un cajón profundísimo. Engañaba a la vista, tenía más fondo del que parecía.

Durante años, pues la inagotabilidad es otra de sus características, los familiares podrán seguir extrayendo obras inéditas. Cuando el cajón parece vacío le aparece un doble fondo. Cuando uno pensaba que no podía haber más novelas póstumas aparece una colección de ensayos manuscritos. Cuando el cajón se agota, aparece otro cajón con otro cajón dentro y dentro otro cajón con un cajón. La llave que los cierra jamás apareció.

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