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Los amantes, los amigos y la muerte

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En la gran soledad silenciosa

Los amigos se despiden del tullido. Pero de súbito suenan recios golpes en la puerta. El perro se alza latiendo fieramente, erizado, tremante la doble sierra de sus quijadas terribles.

La puerta se abre, y en el fondo de blancura del plenilunio, se destaca un hombre que lleva sobre sus espaldas dobladas un féretro negro.

En el huerto, el ave real gañe angustiada, enloquecida. La doncella se ampara en el pecho del poeta; rechinan los dientes del paralítico; retroceden, sobrecogidos, los amigos, y el perro se abalanza sobre el hombre espantoso y el ataúd vacila y cae retumbando. Dañan sus golpes como si dentro de las tablas se rompiera un cadáver.

—¿Es aquí donde vive el señor extranjero que ha muerto? —dice desde la calle una voz.

Audaz, raudo y glorioso hendía un automóvil la soledad y el silencio de los campos. Íbamos en él amigos buenos, a un pueblo montañoso y lejano. Y decíamos, ganados de encendido entusiasmo y regocijo:

«No debe ser justo ni lícito mirar esta máquina tan someramente que sólo veamos en ella riquezas, viaje, placer, expansión de su dueño; porque estos automóviles fuertes y viajeros llegan a ser como una vida palpitadora con poderío, voluntad y arrogancia suyos».

Pasados los campos y lugares cercanos y sabidos, penetramos gozosamente en el paisaje nuevo, hosco, quebrado, de misterio, que parecía venir enemigo hacia nosotros, y ya a nuestro lado, se apartaba y tendía sumiso y amoroso entregándonos el olor de su vida y fortaleza. 

Regresaba el escritor de las soledades campesinas. Y cerca del poblado vio destacarse la silueta espantosa de una vieja, larga, seca y doblada. Estaba inmóvil. Si encima le hubiese pasado el ramaje de un árbol, creyérasela pendiente de una cuerda que la acabase de ahorcar. El artista se sintió mirado en toda su carne por unos ojos hondos, inquietos, de maleficio.

La recordó, durante la noche, con repugnancia y hasta con miedo, y, sin embargo, se confesó que deseaba verla, saber de sus miserias, porque debía de ser muy miserable. 

Cuando aparece el negro y poderoso pecho de la máquina, se detienen los jóvenes. Algunos de ellos revisan su ceñidor; otros limpian con el pañuelo su calzado; y en el pecho de todos ha sonado un latido que no es el latido isócrono, vulgar, que sienten cuando andan por las callejas o platican en la farmacia o se aburren en las salas de sus casas y en el casino.

Ya parado el tren, los ojos lugareños recorren los cristales de los vagones y quedan entretenidos golosamente ante los de primera clase.

Mal hacen las cabecitas femeninas, nubladas gentilmente por los velillos, en sonreír irónicas ante a estos hombres humildes que las ven altivas, delicadas y bellas, aunque no lo sean, sólo porque viajan.

—¿Martín, mi jardinero, concejal?
—El mismo. ¡Imagine, imagine si podrá servirle de poco! ¡Y concejal socialista y todo!
—¿Socialista, socialista y todo?… ¡La ola…, la ola siniestra que ya avanza, avanza!… ¡He criado un cuervo!…

Y el señor magistrado, sin rematar su párrafo, marchose enfurecido y temeroso.
Cuando la señora lo supo, también gritó:

—¡Un cuervo, un cuervo hemos criado que nos sacará los ojos!

—Hija, lo mismo he pensado yo; pero no ha de ocurrir, que el enemigo no seguirá bajo nuestros techos. 

Había aparecido la gloria del azul y las altitudes estaban encendidas de sol; y los valles tenían tristeza y recogimiento de jardines de monasterios.

Al tocarlos, árboles y arbustos prendidos de lluvia quieta y diamantina la desgranaban en nuestras mejillas y manos. Y todos los verdores lavados, lujuriantes y frescos nos incensaban sanidad y vida. Comenzaba la bella tarde de las cumbres… y nosotros entonces nos marchábamos porque teníamos ¡prisa! ¡Prisa, prisa, prisa!, repetíamos y resultaba un silbido, ¡ni siquiera palabra!

En la gran soledad silenciosa, se deslizaron cantigas de ruiseñor. Nos conmovimos más. Un insecto, un renuevo de pino, el sentimiento de la quietud nos hacía lagrimear. ¡Y teníamos prisa! ¡Señor!


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En Los amigos, los amantes y la muerteGabriel Miró intensifica el uso del lenguaje y se centra sobre todo en una enigmática condición terrenal y mortal de los personajes, acto que lleva a desembocar en la aflicción de estos. El lenguaje utilizado para tal menester es un lenguaje poético, pero no nos llevemos a engaño, Miró no es un poeta. Su prosa tiene tanta riqueza que los sentimientos del lector afloran con más énfasis que con las lecturas de cualquier poema.

Miró es un prosista que nos permite alcanzar toda la conciencia y comprensión de la delicadeza propia y ajena. Se intuyen en todas sus palabras un carácter y una personalidad que son responsables de toda la rica amalgama de su prosa.

Sobre el autor

Esta imagen ha sido extraída del archivo : El Ángel, el molino, el caracol del faro, estampas rurales y de cuentos, estampas de un León y una Leona, estampas del Faro.

Gabriel Miró (Alicante, 1879-Madrid, 1930). Colaborador en la prensa escrita catalana, concretamente en La Vanguardia y en el Diario de Barcelona y en la prensa madrileña, en Los Lunes de El Imparcial y en Heraldo de Madrid. Ganador del concurso «El Cuento Semanal», premio que le lanza al reconocimiento literario.

La mujer de Ojeda, título de su primera novela, data del año 1901, a esta seguirán Hilván de escenas y Del vivir, de 1903 y 1904 respectivamente. De 1908 data La novela de mi amigo y de 1910 Las cerezas del cementerio. Su mayor reconocimiento le llega con Nuestro Padre San Daniel (1921) y con la segunda parte de éste, El obispo leproso (1926), reconocimiento que vendrá rodeado con una fuerte polémica por parte de los sectores más conservadores por cómo el escritor se refiere a la Compañía de Jesús.

Miró llega a rechazar un sillón en la Real Academia, pese al apoyo de Azorín. La muerte le deviene precozmente, a los 50 años, y deja un par de novelas inconclusas.

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