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Literatura para mujeres: Lo que no aprendí

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Esta reseñita va dedicada:

A Enrique. Para que no se enfade cuando me enfado
cuando dice lo de literatura para mujeres.
Y a Lola. Para que se lo lea.

lo-que-no-aprendiDe niña, mucho antes de tomar conciencia de a qué podía querer referirse alguien cuando, desde esa altura desde la que que se habla cuando uno no se ha dado cuenta aún de la descomunal metedura de pata que supone ponerle a un texto la etiqueta de «literatura para mujeres», meter en el mismo saco a la señora que cada año se lee la novela de María Dueñas porque se le olvida de qué va de una vez para otra, «ahorra una una barbaridad teniendo así la memoria», y a María Zambrano, Maite Larrauri, Leila Guerrero, Madame Curie, Virginia Woolf, Jean Stafford, qué sé yo, tantas y tantas otras, digo, antes de que pudiera enfadarme tanto algo así, como me parecía que sólo las mujeres sabían contar bien historias, con todos los detalles, en profundidad, la etiqueta «literatura para mujeres» se me antojaba un signo de distinción al que aspirar: escribir como una mujer y llegar a interesar a mujeres a las que a su vez les interesara el mundo más allá de sus vecinas, novios, hijos, etc. No me imaginaba a un hombre contando un cuento emocionante, sabroso. No conocía a ninguno que supiera hacerlo. Era otra de esas cosas que solo sabían hacer las mujeres.

Luego, ya algo más mayor, leería a Tolstoi, pero eso es otra historia que podemos contar otro domingo.

Viene todo esto a santo de un libro que leí el año pasado. Literatura para mujeres. Le pondría justo esa etiqueta a esta novela, pensando en lo que de niña me sugería dar ese galardón a un libro. Margarita García Robayo escribe Lo que no aprendí (Malpaso, 2014) y es capaz de crear un universo original, verídico, hiriente en ocasiones, entrañable otras, implacable. Un retrato sin fisuras, sin artificios que puedan apartarte de la narración, hacerte sospechar que no es autobiográfico y a la vez no aburrirte, Dejarte ahí, pegada a sus páginas hasta que te lo terminas. Narrada en primera persona esta novela nos lleva a los desengaños de la adolescencia, a los temores de la infancia, a lo que duele aprender y a lo que duele no hacerlo. Cada uno de sus personajes, de sus diálogos, de las imágenes que evoca el texto, de principio a fin, es exacto, real.

Ayer, durante la cena, alguien dijo: «Me interesa nada cuando alguien se pone a escribir sobre sí mismo. Qué me importa a mí». Yo asentí. Es verdad. Qué me importa a mí. Recordé entonces a Margarita, su Lo que no aprendí, todo lo que disfruté leyéndola. Iba a tener que escribir alguna línea, entonces, pensé, que lo mismo el libro, firmado por una mujer, no ha llegado más que a la superficie del saco donde se anda metiendo a María Moliner, gran lectora, y a los que regalaron La sombra del viento a sus novias para poder leerla a placer en el baño cuando tal.

Estaría muy bien que dejarais aquí nota si resulta que triunfo y os la leéis. Digo también.

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