¿Por qué, si eres tú quien trabaja, es otro el que se enriquece?

María Magdala

21 poemas que toman sus títulos de lecturas del antiguo testamento cristiano para mostrar a un dios mutando, revelándose

13,50 

Descripción

El título de la obra, el dibujo que la ilustra y el nombre que la firma son una abstracción luminosa, tan poderosos estética y poéticamente, tan comprometidos en una idea de justicia social y de oposición a los abusos que sistemáticamente han padecido —y continúan sufriendo— mujeres y trabajadoras y trabajadores, que poco más cabe decir para describirla. En ocasiones la poesía tiene una función deconstructiva. Tiene la facultad de intimar con la realidad y de dilucidar, incluso, aquello que se oculta tras lo aparentemente real. A veces la poesía desvela el andamiaje que sostiene el decorado, desanda el camino para llegar al origen de aquello que se nos había presentado como verdad pero no era más que una interpretación de la verdad o, por expresarlo mejor: que no era sino la verdad de alguien. No sabemos si llega a existir una verdad común a todos y todas, más allá de esa verdad de cualquier «alguien» individual. De lo que sí tenemos certeza es de que, desde la libertad y el bienestar de las personas, las verdades individuales pueden compartirse y convivirse construyendo un territorio común, comunidad que siempre ha estado amenazada por las «verdades» que quieren imponer unos pocos desde la fuerza y los privilegios. Lo que sí intuimos es que la poesía, el arte en general, es la pregunta que conduce a las respuestas.

María de Magdala es un seudónimo literario tomado del nombre de un personaje de la literatura bíblica. Carece de habilitación histórica fuera de los evangelios cristianos. Esa ausencia de sedimentación histórica la confina al universo de los mitos, en este caso religiosos, aunque no la anula del plano de la realidad, sino que la exilia de la historia académica. Igual que les ha ocurrido a millones de mujeres. Durante más de quince siglos representada como una prostituta endemoniada porque así tuvo la voluntad arbitraria de caracterizarla, pasado el año 590, un hombre con poder social, el papa católico Gregorio I. A ese pontífice le apodaron «Magno» en sentido adulador, y a la mujer llamaron «prostituta» con ánimo denigratorio, en otro ejemplo más de hipocresía moral masculina, también de agresión sexual: tildar de prostituta a aquella mujer que previamente ha sido violada (en cualquier sentido) por un varón. Todas somos «prostitutas» a ojos de los «magnos» que han ultrajado la historia.

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88

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