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Librerías, redes sociales y esta novata

El boletín del domingo

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Hoy os voy a contar uno de los momentos Librerantes más bonitos y decisivos, y otro un pelín feo, de esos que te dejan un gustito amargo, y que también fue determinante.

Primero el bonito, aunque fue después en el tiempo. Llevaba trabajando en esto de los libros unos tres años, apenas unos meses de manera independiente, cuando entré en una librería de las de toda la vida de Madrid. La Marcial Pons de la plaza del Conde del Valle de Súchil. El librero de entonces, ya jubilado, al que tengo por una suerte de institución en la materia, ni me conocía, ni había leído las notas ñoñas que escribía por aquel entonces sobre librerías ni le importaba todo eso —visibilidad, redes sociales, boletines de las distribuidoras por muy majas que sean… — un soberano pimiento. Él estaba a los libros. A venderlos. Sí, señor; como debe ser. Aun con todo, sin conocerme, ya digo, sabiendo nada más, más o menos, lo chiquita que era la distribuidora y lo marginales (marca de la casa) que eran las editoriales del catálogo en distribución, me dedicó un rato largo, que no es poco. Hablamos de libros, de lo mal que está todo en el sector y hago aquí un inciso, para quienes no tengan a una librera o un librero en su vida: este es su tema preferido, diría, de libreras y libreros, por lo recurrente: lo mal que funciona todo, el mogollón de libros que entra, de libros que salen, a quién le da tiempo a ponerse al día, abrir cajas, cerrar cajas, esto va a reventar un día y a ver luego, etc. Os sentáis a su lado, insinuáis la cosa.. y ya tenéis tema para pasar la mañana o la tarde o la noche. Tal vez toda la eternidad. No haber preguntado, que ya se os avisó en este boletín. No debería decirlo porque nos dan de comer, pero es la verdad que puede ser pelín pesado… Lo dejo así porque estas notas, al cabo, las leen nada más dos o tres y cómo se van a molestar por esto, se me enfadarán antes porque estoy todo el día dale que te pego con el feminismo, que no me voy a echar novio así en la vida, me los voy cargando a todos, ay.

-Pero que qué pasó en la librería, qué fue eso tan decisivo.

Es verdad, menos mal que me tengo para llamarme al orden. Veamos. Lo que pasó fue que me dijo algo hermosísimo, algo como: «Es que yo no tengo Twitter». Qué bien, pensé, este hombre, que compra y vende un montón, no como yo, sin Twitter ni ganas de. «Pues si este, que es el que sabe, no tiene, qué puñetas hago yo…». Y no fue inmediato, porque los grandes cambios llegan de otra manera, Festina lente, pero aquello fue el principio del fin. Un momento decisivo porque me di cuenta de que las redes sociales estaban sobrevaloradas en mi entorno, y que yo me había dejado arrastrar, porque no tenía ni idea.

Así, y aunque me había casi que obligado a ir, lo cuento más abajo, por qué me gusta tan poquito esta parte de mi trabajo, lo de ir con libros a librerías, digo, aquella reunión en la Marcial Pons sí que me dio qué pensar y qué hacer, y me puse a ello. Pero esto no os lo voy a contar, que ni me cabe ni quiero.

Por qué me pienso tanto lo de visitar librerías para hablarles de nuestros libros. Pues fue a partir de una conversación con una librera que ya cerró; tenía una pequeña librería en la calle La Palma, aquí en Madrid, hace ya unos años. Una vez, al poquito de poner en marcha Librerantes, fui a verla y fui a verla porque todo el mundo me decía que había que ir a verla, que vendía muchísimos libros, que era muy activa en redes, que cómo no vas, que la tienes que conocer, que es importantísimo si tienes una distribuidora ir a verla, pero cómo no has ido aún, cómo se te ocurre, qué sé yo, la niña, el marido que no tengo, mis amigas, la colada, si es que son muchas cosas, me fui para allá como si mi futuro profesional pendiera de un hilo, a ver si no la fastidio.

Tuve que esperar un poco. Luego he sabido que los comerciales y las comerciales que trabajan en el sector se pasan la vida haciendo cola en determinadas librerías. Que incluso se pueden hacer amigos en estas colas, a veces se monta cierto bullicio, nuevas formas de hacer vida social. Con esto me pasa como con el Twitter a mí.

Por fin me atiende. Yo expectante, qué me diría, conseguiría contagiarme, empezaría acaso por ciencia infusa, o por mimetismo, a vender también muchísimos libros yo, con la falta que me hace, que me iría de excursión a Nueva York, por lo menos, con toda esa pasta, los ojos como platos le puse, las orejas abiertas abiertas, concentrada, escuchando, riégame con tu sabiduría, maja, que yo he venido aquí para dejarme empapar. Y me dice, no sé ahora a santo de qué, que le gusta mucho Max, que es uno de sus dibujantes preferidos, que tal y cual súper-editorial súper-cool ha editado esto y otra aquello y que ella lo tiene todo porque es que es muy fan. «Ah, pues Max ilustra las colección Filosofía para profanos, una de mis niñas bonitas», le digo, con una sonrisota que me llenaba toda la cara y un orgullo que no se puede aguantar.

Qué bien, qué fácil, pienso. Esto está hecho.

Y no. No sé si se ha visto aquí, si he sabido transmitirlo en este u otros boletines, pero a mí mis libros me gustan mucho. La gente con la que trabajo, más todavía. Algunos, como los de Maite Larrauri, muchísimo. Vas y le enseñas una foto de tu niña a alguien a quien acabas de conocer, toda ufana tú, mira qué mofletes, qué ojazos tiene, y te mira sieso, o siesa, hielo como cuchillos del ártico en su corazón tiene. «Es que hay tanto que conocer, y la librería es tan pequeña… Pero déjame si quieres uno y lo voy mirando. Que es verdad que nos dais todas las facilidades a las librerías ahora las editoriales, empezó el grupo Contexto y qué gusto, qué bien, nos regaláis un montón de libros, nos cuidáis mucho». Que no tenga que invitarla a comer, pensé, pensando en mi raquítica cuenta bancaria. Luego, ya en casa, hice algunas cuentas más. Aun cuando a mi corazoncito no le hubiera afectado como lo hizo la glacial acogida, cómo iba esta pequeña distribuidora a competir con el grupo Contexto ni con otro grupo que fuera la décima parte del grupo Contexto. Ne pa posible.

Lo mismo tenía que haber empezado con la anécdota con el regustito amargo para dejar otro mejor para el final, nchts. Estas cosas no le pasan a a la gente del teatro, falta de oficio, a ver si remontamos con los libros.

Fue otro momento determinante porque sí que me di cuenta de que tenía que dirigirme a otro tipo de librerías, digamos. Aquí os dejo la selección. Algo aprendí aquel día.

Y la recomendación esta semana y como no podía ser de otro modo este domingo: la colección Filosofía para profanos de Maite Larrauri, ilustrada por Max. Con su colofón: Un sujeto inesperado. Diálogo sobre filosofía y feminismo.

La distribuidora es pequeña, nuestros libros son grandes:

Portada del libro Un sujeto inesperado (FronteraD, 2021)
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