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Leyendo Los archivos de Alvise Contarini

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La reinvención de Venecia

Éste es un libro escrito por un amante discreto. O por dos. En rigor, dos son los autores, como indican los títulos, pero, al ser sucesivas sus intervenciones, terminan siendo uno, pues uno e idéntico es el libro. Mientras que el amor de Contarini a su ciudad resplandece en cada una de sus páginas, no así el de José María Herrera, que queda disimulado bajo una montaña de erudición. En efecto, la erudición disimula la nostalgia. Como tantos otros, el autor nació en un siglo que no encaja en su carácter. Peor para el siglo, que no ha sabido reconocer un carácter. Le habría aportado inteligencia, sabiduría y buen gusto. Por el contrario, ha tenido que endurecerse y adoptar máscaras. Y, claro, trabajar infatigablemente, sin esperanza, sin recompensa. El resultado, una fracción, está a la vista en este libro que ha llegado al lector hace unas semanas (quizá meses).

Los archivos de Contarini son una doble ficción. O no. Es posible que ni haya archivos ni haya Contarini. ¿O sí? Aparentemente, Herrera, por discreción y elegancia, se inventa un autor al que endosa toda la erudición que su malestar con el siglo lo ha obligado a acumular. Ésta es la interpretación que, por plausible, voy a adoptar en lo que sigue. Aunque no es la única y hay pistas en el texto acerca de otras lecturas posibles que harían de Contarini una realidad humana, de modo que iríamos de nuevo a la hipótesis de dos autores, lo que conllevaría hablar de la «parte» de Herrera y la «parte» de Contarini. Pero sin certitudo adoptamos, por comodidad, la versión más probable. Bien. Habla Herrera con la máscara de Contarini.

José Lagasa en Cuadernos hispanoamericanos
La reseña completa aquí.

Venecia como acorde

En las páginas que Proust dedica en La fugitiva a Venecia, observa que cualquiera de nuestros deseos acoge, como un acorde único, las notas fundamentales de nuestra vida. Esa referencia al deseo y al acorde en el contexto de tal ciudad nos deja en las puertas del libro de José María Herrera que quiero comentar, aparecido el año pasado en Los libros de fronterad y titulado Los archivos de Alvise Contarini. Pues como un deseo, en efecto, el libro es un acorde único integrado por diferentes notas. Cada capítulo (incluyamos el prefacio) está escrito con un estilo propio. El narrador empieza contándonos cómo conoció a Contarini, un erudito veneciano, y la intención de recopilar sus dispersas aportaciones a la historia de Venecia. Tal tarea la realiza a lo largo de diez capítulos en los que se expone desde una conferencia de Contarini analizando un cuadro de Carpaccio hasta una entrevista radiofónica sobre las mujeres en la ciudad, pasando por las exequias que en vida se hizo celebrar Carlos V, la recreación de una historia oral acerca de Casanova o una lección impartida a unos niños con el objeto de explicar por qué hay siempre flores frescas sobre la lápida de Monteverdi. La variedad de todas esas notas da lugar a un acorde llamado Venecia.

Venecia comparte con París el ser la ciudad soñada y el escenario del amor y el turismo prefabricado, pero mientras que la capital francesa es una ciudad cambiante, “Venecia cautiva porque ha quedado apartada de la acción de la historia” (Contarini). Lo que no significa que esté muerta. Del mismo modo que el interés por los caminos no transitados de la historia (dado el horror que el transitado produjo en el siglo XX) ha iluminado una tradición antimoderna que ha estado siempre como sombra acompañando a la modernidad (Compagnon) estamos hoy en mejor disposición de aprender de Venecia una manera de continuar el mundo clásico antiguo que fue despreciada y malinterpretada por la Europa de la Ilustración, la razón calculadora y el progreso.

Fernando Valbuena Magaña. En Librújula
La reseña completa aquí.

Una inusual historia de la música veneciana

«Venecia cautiva porque ha quedado apartada de la acción de la Historia. A los hombres les alivia sentirse por un rato fuera de la lucha de la vida». Maravilloso testimonio que el filósofo José María Herrera pone en boca de su alter ego italiano Alvise Contarini, cuya obra, más o menos apócrifa, vertebra una historia de la música veneciana, de muchos de los artistas y personajes que tuvieron relación con la Serenísima a lo largo del Renacimiento y del Barroco. O, por lo menos, hasta 1797, cuando cae la República, fecha en la que Contarini fija su muerte, tal y como lo expresa en el libro de Herrera:

«Venecia no es un cadáver. Los cadáveres se pudren y descomponen. Es más bien un espectro, un alma en pena. Su existencia es indisputable, aunque lleva doscientos años viviendo póstumamente. Por mucho que parezca que aquí se ha interrumpido el proceso natural que conduce del esplendor a la podredumbre, todo acabó con la República. Sólo han sobrevivido los criados y el fantasma».

Venecia como alma en pena. Una Venecia que contempla pasar inmensos cruceros por encima de sus campanarios, pero que aún conserva sus historias y leyendas en silentes y misteriosas callejas a las que no accede el turista en bermudas. Una ciudad en cuyos patios y oscuros pasajes laberínticos todavía podemos cruzarnos, como hace José María Herrera, con Claudio Monteverdi, Francesco Cavalli, Tomaso Albinoni o Benedetto Marcello.

Por Pablo Rodríguez Canfranc. En el blog Música Antigua
La reseña completa aquí.


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Los archivos de Alvise ContariniA través de la reconstrucción de la obra y el pensamiento de un personaje tan enigmático como Alvise Contarini, que podría ser una máscara en la plaza de San Marcos o una sombra reflejada en un canal, el autor nos sumerge en la fascinante historia de la música veneciana, con sus grandes figuras y leyendas. De su mano, el lector descubrirá cuánta razón tenía Contarini al decir que «en Venecia hay caminos que comunican con el mundo de los sueños».
«… mis investigaciones se han centrado más en la obra de Contarini que en su biografía. Ello se ha debido en parte al propósito de este trabajo, pero también a la falta de testimonios fehacientes. Mi conclusión es que fue un hombre hermético. Educado en la tradición aristocrática veneciana, su amabilidad y cortesía eran al mismo tiempo una tarjeta de presentación y un parapeto infranqueable. Su indiferencia hacia el presente —que no me atrevería a calificar de anacronismo— no era una pose. Desde luego, no poseía ninguno de los vicios de los intelectuales: juicio inapelable, desdén hacia el punto de vista ajeno, afán por parecer ingenioso, maledicente o irónico, o propensión a la hipocondría y la vanidad».
Del Prefacio

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