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Leyendo a Galdós. Selección del editor

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Mezcolanza de artículos periodísticos, documentos de viajes, prólogos, discursos y pequeños ensayos recogidos en un libro fechado en 1906

Fragmentos de Memoranda (Bringar y Thiers, 2019). Selección del editor

A los diez minutos de conversación, ya se había roto, no diré el hielo, porque no lo había, sino el macizo de mi perplejidad ante la alteza jerárquica de aquella señora, que más grande me parecía por desgraciada que por reina. Me aventuraba yo a formular preguntas acerca de su infancia, y ella con vena jovial refería los incidentes cómicos, los patéticos, con sencillez grave; a lo mejor su voz se entorpecía, su palabra buscaba un giro delicado que dejaba entrever agravios prescritos, ya borrados por el perdón. Hablaba doña Isabel un lenguaje claro y castizo, usando con frecuencia los modismos más fluidos y corrientes del castellano viejo, sin asomos de acento extranjero, y sin que ninguna idea exótica asomase por entre el tejido espeso de españolas ideas. Era su lenguaje propiamente burgués y rancio, sin arcaísmo; el idioma que hablaron las señoras bien educadas en la primera mitad del siglo anterior; bien educadas digo, no aristócratas.

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Dicho esto, quiero añadir que Pereda es, como escritor, el hombre más revolucionario que hay entre nosotros, el más antitradicionalista, el emancipador literario por excelencia. Si no poseyera otros méritos, bastaría para poner su nombre en primera línea la gran reforma que ha hecho, introduciendo el lenguaje popular en el lenguaje literario, fundiéndolos con arte y conciliando formas que nuestros retóricos más eminentes consideraban incompatibles. Empresa es ésta que ninguno acometió con tantos bríos como él, y en realizarla todos se quedan tamañitos a su lado. Una de las mayores dificultades con que tropieza la novela en España consiste en lo poco hecho y trabajado que está el lenguaje literario para reproducir los matices de la conversación corriente. Oradores y poetas lo sostienen en sus antiguos moldes académicos, defendiéndolo de los esfuerzos que hace la conversación para apoderarse de él; el terco régimen aduanero de los cultos lo priva de flexibilidad. Por otra parte, la prensa, con raras excepciones, no se esmera en dar al lenguaje corriente la acentuación literaria, y de estas rancias antipatías entre la retórica y la conversación, entre la academia y el periódico, resultan infranqueables diferencias entre la manera de escribir y la manera de hablar, diferencias que son desesperación y escollo del novelista. En vencer estas dificultades nadie ha adelantado tanto como Pereda: ha obtenido maravillosas ventajas, y nos ha ofrecido modelos que le hacen verdadero maestro en empresa tan áspera. Cualquiera hace hablar al vulgo, pero ¡cuán difícil es esto sin incurrir en pedestres bajezas! Hay escritores que al reproducir una conversación de duques, resultan ordinarios: Pereda, haciendo hablar a marineros y campesinos, es siempre castizo, noble y elegante, y tiene atractivos, finuras y matices de estilo que a nada son comparables. Por esto, por sus felicísimos atrevimientos en la pintura de lo natural, es preciso declararle portaestandarte del realismo literario en España.

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Creo que fue Wieland quien dijo que «los pensamientos de los hombres valen más que sus acciones, y las buenas novelas más que el género humano». Podrá esto no ser verdad; pero es hermoso y consolador. Ciertamente, parece que nos ennoblecemos trasladándonos de este mundo al otro, de la realidad en que somos tan malos a la ficción en que valemos más que aquí, y véase por qué, cuando un cristiano adquiere el hábito de pasar fácilmente a mejor vida, inventando personas y tejiendo sucesos a imagen de los de por acá, le cuesta no poco trabajo volver a este mundo. También digo que si grata es la tarea de fabricar género humano recreándonos en ver cuánto superan las ideales figurillas, por toscas que sean, a las vivas figuronas que a nuestro lado bullen, el regocijo es más intenso cuando visitamos los talleres ajenos, pues el andar siempre en los propios trae un desasosiego que amengua los placeres de lo que llamaremos creación, por no tener mejor nombre que darle.

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Esto que digo de visitar talleres ajenos no significa precisamente una labor crítica, que si así fuera, yo aborrecería tales visitas en vez de amarlas; es recrearse en las obras ajenas sabiendo cómo se hacen o cómo se intenta su ejecución; es buscar y sorprender las dificultades vencidas, los aciertos fáciles o alcanzados con poderoso esfuerzo; es buscar y satisfacer uno de los pocos placeres que hay en la vida, la admiración, a más de placer, necesidad imperiosa en toda profesión u oficio, pues el admirar entiendo que es la respiración del arte, y el que no admira corre peligro de morir de asfixia.

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Nada nos revelará la fisonomía moral del siglo XVIII como su literatura, que es, por el caos que en ella reina, su más exacta imagen, o confesión formulada espontáneamente por el mismo. Para formar idea del estado intelectual de aquella singular sociedad, basta hojear el fárrago de malos o medianos poetas que vivieron en ella: sólo así se conoce el nivel a que habíamos descendido. Bajeza, vulgaridad, insulsez, pedantería, eran los caracteres de la musa castellana cuando aparecieron los reformistas.

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Cuanto más examinamos las costumbres del siglo XVIII, más falsos y descoloridos nos parecen los millones de conceptos que produjeron los ingenios españoles en tan largo período; cuando pasamos la vista, aburridos y descorazonados, por las puerilidades bucólicas, por las simplezas mitológicas, por las huecas voces de la poesía llamada heroica, por las hinchadas sentencias de los poemas didácticos, echamos de menos al pueblo, que no late, que no respira en el fondo de aquel arte; que no anima ni aun con un débil aliento de su vida aquellas mil formas artificiosas; verdaderos maniquíes que pueden parecer hombres a la vista de un niño o de un observador superficial, pero que, examinados de cerca y atentamente, no son sino un tosco remedo del ser humano. El pueblo, en su variedad infinita, y considerado en su verdadera acepción social, no existe allí donde todo es disciplinario y conforme al patrón de una retórica erudita. Desde este punto de vista, y prescindiendo por ahora de su intrínseco valor literario, puede considerarse a don Ramón de la Cruz el único poeta verdaderamente nacional del siglo XVIII. Y es, en efecto, desdicha para un siglo el que su más exacta expresión se halle en un puñado de sainetes que han corrido por mucho tiempo como obrillas de escaso valor y ninguna transcendencia.

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El país se ha mirado en el espejo de su conciencia, horrorizándose de verse compuesto de un rebaño de analfabetos conducido a la miseria por otro rebaño de abogados. Del Estado se espera cada día menos; cada día más del esfuerzo de las colectividades, de la perseverancia y agudeza del individuo. Detrás, o más bien debajo de la vida enteca del Estado, alienta otra vida que remusga y crece, y adquiere savia en las capas internas. En cincuenta años, es incalculable el número de los que han aprendido a subsistir sin acercar sus labios a las que un tiempo fueron lozanas ubres y hoy cuelgan flácidas: los españoles han crecido; comen, ya no maman.

 


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Cubierta de Memoranda (Bringas y Thiers, 2019)

Memoranda viene a significar aquello que debe recordarse. Este tercer volumen que edita Bringas y Thiers es una mezcolanza de artículos periodísticos, documentos de viajes, prólogos, discursos y pequeños ensayos recogidos en un libro fechado en 1906.

Estos escritos abarcan el período que va desde 1871, año en que un joven Galdós escribe un interesantísimo texto sobre la figura del sainetista Ramón de la Cruz, hasta el mes de enero de 1906, el mismo año de la publicación del libro, donde se recoge un discurso dedicado al recientemente fallecido Navarro Ledesma, periodista y amigo íntimo de don Benito.

Entre los textos recogidos para este volumen podemos apreciar unas magníficas dotes de observación, un imperante patriotismo y unas hermosísimas descripciones del entorno, todo con el reconocible estilo de lenguaje fluido, sin ornato y con la franqueza que siempre caracterizó a uno de nuestros escritores más laureados.

Sobre el autor

Benito Pérez Galdós (Las Palmas de Gran Canaria, 1843 Madrid, 1920). Diputado por el Partido Liberal, tertuliano en los cafés, miembro del Ateneo madrileño y de la Real Academia Española, escritor, cronista, dramaturgo y viajero. Redactor ocasional en La Nación, El Debate, Revista de España, La Prensa, La Ilustración, El correo, La Esfera, El Progreso Agrícola y Pecuario, La República de las letras, Galdós es uno de los escritores más prolíficos que ha dado nuestro país.

En el período comprendido entre 1873 y 1907 irá escribiendo las cinco series de sus Episodios nacionales, un total de 46 títulos. Su primera novela, perteneciente a su período de novelas ideológicas o de tesis es La fontana de oro, publicación de 1870. A esta seguirán La sombra, El audaz, Doña Perfecta, Gloria, Marianela y La familia de León Roch. De 1881 data La desheredada, primer título del período llamado novelas españolas contemporáneas, período que finalizará con la publicación de Casandra en 1905. Pertenecientes a este período se encuentran: la citada La desheredada, El amigo Manso, El doctor Centeno, Tormento, La de Bringas, Lo prohibido, Fortunata y Jacinta, Miau, Torquemada en la hoguera, La incógnita, Realidad, Ángel Guerra, Tristana, La loca de la casa, Torquemada en la cruz, Torquemada en el purgatorio, Torquemada y San Pedro, Nazarín, Halma, Misericordia, El abuelo y la ya nombrada Casandra. En 1909 escribe El caballero encantado, y en 1915 La razón de la sin razón, las que serían sus dos novelas pertenecientes al período llamado novelas mitológicas.

Durante toda su producción novelística irá alternando su producción teatral, un total de 25 obras que abarcan los años comprendidos entre 1861 y 1918. En su fecunda producción también encontramos numerosos cuentos, una traducción de Dickens, memorias, y abundantes crónicas y ensayos.

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