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Leyenda del César visionario de Francisco Umbral

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Salían del monasterio en protocolo
riguroso y confuso al mismo tiempo,
obispos que saludaban como fascistas,
intelectuales que saludaban como militares,
moros que se santiguaban sin saber,
falangistas que parecían conducir
al caudillo como un rehén […].

Hay una cierta reticencia a considerar a Francisco Umbral un novelista o un escritor más allá de sus famosas columnas de opinión en los periódicos. Algo de queja había de eso en Trilogía de Madrid, que Umbral publica en 1984 como un libro autobiográfico, pero que puede ser considerada ella misma una novela que juega con la autoficción. Por entonces Umbral no sólo había escrito y publicado ya una media docena de novelas, sino que incluso había ganado el Premio Nadal de novela, nada menos. Nada cambió demasiado en los poco más de veinte años que fueron de la publicación de Trilogía de Madrid hasta su muerte, siendo más recordado su celebérrimo encontronazo con una presentadora estrella de la televisión que el hecho de que en 1992 ganó el Premio de la Crítica por una novela, Leyenda del César visionario.

La novela se inicia con un párrafo preciosista y justamente famoso que nos da, por un lado el tono de la obra, el estilo, muy cercano al de Valle-Inclán en Tirano Banderas, y que en ocasiones devora al resto de elementos que conforman la novela. Por una sinestesia, por una greguería, por un arrojar los adjetivos con un cubilete sobre el tapete blanco del folio y ver cómo ruedan y chocan entre sí, Umbral puede renunciar al desarrollo de la acción de la novela, a su coherencia estructural o al tono de una escena. En eso me recuerda a la carta que Raymon Chandler le envió a un amigo a propósito de Hitchcock, diciéndole que a este le daban igual las motivaciones psicológicas de los personajes o la verosimilitud de la acción, que sólo le importaban los movimientos de cámara. Por otro lado, nos dice lo que no le interesa a Umbral: los datos concretos, la localización geográfica exacta, las fechas. Estamos en una Salamanca burgalesa o en un Burgos salmantino, en un año o en otro. Umbral no ha venido a escribir una novela realista de la Guerra Civil o un Episodio Nacional, ha venido a pintar una acuarela o un aguafuerte, a hacer el Impresionismo o el Expresionismo según se levante, a pintar un cuadro de Solana como si fuera Sorolla.

Leyenda del César visionario es una serie de retratos, de cuadros en el doble sentido teatral y pictórico, por la que discurre una trama secundaria y doméstica para que nos dé la impresión de que la trama avanza, de que pasa algo. En esa retaguardia indeterminada de la Zona Nacional el General Franco, brillantemente retratado como un dictador de mesa camilla, que come bizcochos con chocolate deshecho y firma sentencias de muerte con sus mismas manos de monja, libra un pulso silencioso con los que él llama Los Laínes, los intelectuales falangistas que pretender dotar de doctrina intelectual al nuevo régimen y de los que él no se fía, porque falangistas o no, son intelectuales. Si el retrato de Franco no es benévolo, el de Los Laínes es despiadado. Están Ridruejo y Laín Entralgo y Serrano Súñer y Eugeni D’Ors y Torrente Ballester y Giménez Caballero y Rosales y De Foxá. A los que más inquina muestra Umbral es a los dos primeros y eso tiene más un origen literario que político. Ridruejo no le hizo caso cuando era un periodista llegado a Madrid y Laín Entralgo seguía tratándolo como a un jovencito recién bautizado en letras cuando ya había escrito Mortal y rosa y era columnista de jazmín y veneno en El País. De todos, siente simpatía por De Foxá, que es exactamente como el De Foxá que retató Malaparte en Kapput. Lo que Umbral muestra es el fracaso de estos intelectuales, que se las prometían muy felices después de matar o echar de España a la mitad de los intelectuales de su generación y la previa para acabar siendo ellos los que manejasen todo el pastel intelectual y encontrarse con el desprecio de ese cursi que fue Franco, con el que el fascismo tiene siempre algo de agropecuario, lejos de los aviones de Marineti.

La trama secundaria y doméstica es más costumbrista, de novela galante, un poco excusa para meter cuatro polvos, dos fusilamientos y una quema de libros, necesaria, como ya se ha dicho, para que no quede todo en una galería de retratos brillantes y cuadros de batallas y de Pradera de San Isidro sin orden ni concierto, sin principio ni fin. Porque el final sí tiene lo mejor de la Olivetti de Umbral: Franco observa Madrid con sus prismáticos, casi en Carabanchel, ese Madrid que ha sobrevivido a todos sus vencedores, que se ha tomado churros y café con leche entre guerra y guerra. Un Madrid que se desangra en los raíles del tranvía que mueren de golpe en el campo o en los hilos del telégrafo desmayados. Lo que mira al final con sus prismáticos este dictador mediocre y cursi, lo que se opone a él, lo que se le enfrenta, es la prosa de Francisco Umbral.

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