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Lecturas de verano: Clausewitz y yo

Clausewitz y yo, de Carlos A. Aguilera (Esto no es Berlín, 2021)

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Solo conoce su cuerpo quien lo ha mutilado varias veces
— H. Foreman

I
Clausewitz y yo

A mi padre lo maté de un tiro en la frente.
La bala, una de esas redondas que se usan para matar animales, le entró por el borde superior de la ceja derecha y le salió inmediatamente por detrás, levándose con ella parte de su cabeza, su pelo, su sangre, sus venas…, e incrustándolo todo en la pared.
Si dijera «estoy feliz» o «finalmente di caza al estúpido marrano», mentiría.
Desde ese momento, el momento en que alcé mi doscañones y vi cómo la bala entraba y salía de su cabeza, he estado minuto a minuto preocupado, cabizbajo. Y no lo digo por arrepentimiento o angustia. No. Matar al propio padre o matar a la propia madre no tiene ninguna importancia: ninguna otra importancia que jurídica, tal y como se encargan de remacharnos abogados, jueces y cárcel. Una importancia legal. Y lo legal es lo que escapa a toda intuición, todo orden, toda idea…, así que prosigamos.

A mi padre lo maté con una Remington vieja.
Una Remington que tenía el visor gastado y marcas de óxido en uno de sus dos cañones, precisamente en ese que, a razón de un golpe, había quedado deforme cuando minutos después de robarla quise colgarla de nuevo en la pared y se cayó. Cosa que durante buen tiempo puso al borde de la cólera a mi padre —quien solía regresar a casa arrastrándose de sus rondas de slivovice con el ingeniero Néklas, pero curiosamente ese domingo había regresado más temprano de lo habitual— y desató durante años sermones tan largos sobre «lo que es mío y lo que es tuyo» que aún, cinco décadas después, veo aquellas palabras y aquellos improperios filtrándose a través de la separación diminuta de sus dos diminutos colmillos y siento miedo.

A mi padre lo maté de un plomazo.
Uno solo.
Describir ahora ese momento sería medio confuso, ya que ese segundo, largo y jovial, en que mi padre se trasladó del butacón al aire y del aire al suelo, haciendo una mueca de sorpresa bajo su pijama gris medio sucio nos haría caer casi en la comedia, si es que se puede catalogar de comedia ese rictus que de manera tan evidente se acuñó en su rostro y el movimiento posterior de sus dos piernas sobre el suelo, así, como si de una mole en erupción se tratase.
Movimiento que, de más está decirlo, se completó con varias manchitas insignificantes alrededor de su cuerpo y la exposición de su rostro, ese rostro redondo con ojitos redondos y nariz de piquito, varios minutos frente al mío,  como si de pronto no estuviera muerto, como si pudiera levantarse y volver a amenazarme.
Recuerdo ahora que hace algunos años partí en dos una de sus cabezas de conejo.
Una cabeza diminuta, blanca, ciega que mi padre había cazado alguna vez en Holanda y formaba parte de su colección: «mi colección enana de conejos», la llamaba.
Ver a mi padre agacharse con cara de llanto para acariciar, abrazar, peinar a ese pedazo de gato (los conejos no son más que gatos que comen hierba) como si se tratara de un ser humano y, sobre todo, a posteriori su inconsecuente recriminación, mostrándome el puño cerrado y jurándome venganza, me llenaron de tal asco que aún en sueños vuelvo a ver su cara: hinchada, gris, pusilánime, inoportuna, llorosa, y me alegro de haberle incrustado un plomazo en la frente.
Un plomazo chiquitico, sí, pero lo suficientemente bien dirigido como para hacer saltar a aquel monstruo del butacón al suelo y del suelo a la mierda en fracciones de segundo.
Mi padre y yo apenas discutíamos.
Es decir, desde aquel «desencuentro» con una de sus múltiples cabezas de conejo, entre mi padre y yo apenas existían palabras.
Solo interjecciones. Algo así como «hmmm…» «ya…» «ok…» «¿eh?» o palabras muy cortas. Pequeñitas. Palabras que en sí mismas no solo venían a resumir la tensión que poco a poco había crecido entre nosotros, sino, una situación, un odio.
Por ejemplo: mi padre llegaba, se sentaba, se quitaba los zapatos, estiraba sus piernas y me decía, «¿comemos?». Eso era todo. Días enteros repitiendo la misma situación: mi padre encima del butacón, ese de florecitas rojas con felpa gastada y diciéndome, en lo que se daba violín en el pie, «¿comemos?».
Y a esta altura no voy a negar que muchas veces después de escuchar la pregunta tuve deseos de matarlo. De ver cómo la sangre le salía del cráneo y construía su propio perímetro, su propio camino bajo su insultante cabeza. El perímetro que el panzudo y coleccionador de conejos que era mi progenitor no tuvo nunca en vida.

Mi padre era un asesino.
Sí, como escuchan. Un asesino…
No uno de gatillo y veneno, tal como son presentados todos en las películas. No. Mi padre no había matado a nadie y, creo, hubiera sido incapaz de matar a alguien por lo menos de facto. Era un asesino de lo que yo, después de mucha reflexión, solo puedo catalogar como «lo intenso».
Un asesino de lo estético, lo vivo, lo diferente, lo intenso.

Si yo le servía una bolita de arroz compacta al lado de los trozos de conejo (conejo al vino bianco o al ajillo, sus dos favoritos), los cuales decoraba con hojitas de cilantro alrededor, no solo para intensificar el sabor de la carne sino para que la carne se «viera», mi padre lo revolcaba todo y se lo comía como un cerdo. Esto para no hablar que muchas veces tiró al suelo algunos de los platos de la vajilla de Sèvres que la familia había heredado para sencillamente comer en un «coso» redondo, de aluminio; un «coso» que no había sido labrado, decorado, curado…, y que más que para personas, estaba hecho para animales en un establo.
Lo mismo con todos nuestros objetos.
Cuando el alcohol lo dominaba, y para eso bastaban solo un par de copas de cualquier Borgoña ramplón, empezaba a gritar «Así le agarro yo el culo a Catalina la rusa» y a bailotear por toda la casa, cargándose todo lo que encontraba a su paso y terminando siempre en el piso, como un mastodonte. Y de más está decir lo molesta que resultaba la caída de este más que infame mastodonte. Con él no solo se desencajaban las sillas, las mesas, los esquineros de cualquier estante, sino que hasta literalmente las paredes se rajaban, se hundían ante el estruendo que aquel estúpido hacía cuando sus ciento cincuenta kilos golpeaban el suelo y después de intentar pararse dos o tres veces volvía a caer.

Sobre este libro y su autor

9788494833199«Clausewitz y yo es, al mismo tiempo, una confesión, una invectiva y un ajuste de cuentas. El lector no debe buscar en el texto de Aguilera ningún esfuerzo por proteger la institución familiar, antes bien nos muestra una familia en la que la violencia es la norma, por culpa de un padre obsceno, miserable y odioso, pero también un hijo más preocupado por el esteticismo de sus actos que por la corrección de estos». — Félix Terrones

«La experiencia centroeuropea vuelve a asomar la cabeza en esta nouvelle de Aguilera. Toda la mentalidad opresiva del padre ejecutado estaba codificada por un puñado de referencias al tratado Sobre la guerra de Karl von Clausewitz. (…) Europa central funciona, en la narrativa de Carlos A. Aguilera, como una suerte de gran archivo del totalitarismo, del que es posible derivar cualquier representación literaria del terror». — Rafael Rojas

Carlos A. Aguilera (La Habana, 1970) es narrador, poeta y ensayista. En 2009 ganó la Beca ICORN de la feria del libro de Frankfurt y en 2015 la Beca Cintas de Miami. Ha publicado Umberto Peña. Bocas, dientes, cepillos, restos (monografía arte, 2020), Archivo y terror. Operaciones entre literatura, política, teatro y art (ensayo, 2019), Luis Cruz Azaceta. No exit (monografía arte, 2016), Matadero seis (nouvelle, 2016), El imperio Oblómov (novela, 2014) y Teoría del alma china (novela, 2006). Además, la obra de teatro Discurso de la madre muerta (2012) y la antología Teoría de la transficción. Narrativa(s) cubana(s) del siglo XXI (2020).

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