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Las palabras que aquella mañana

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Edmundo Galeano escribía sobre un papel corriente, sin embargo quien no supiese que había perdido parte de la mano derecha pensaría que estaba sirviéndose de una pluma para dibujar miniaturas sobre una hoja de seda. La mano, reducida al índice, pulgar y parte del metacarpo, avanzaba lentamente, distribuyendo las palabras por la superficie blanca con simetría particular, y las letras juveniles, que antes eran agudas e irregulares, habían comenzado a ser moduladas como si la aplicación del autor fuese la de un escriba. Y eso estaba bien. Edmundo era hijo del armador Manuel Galeano y ya le había dicho varias veces a su padre que la mortalidad lo había visitado en los campos de Dadaab en su justa medida. Le había quitado lo suficiente para saberse perecedero y no le había robado tanto que no fuese recuperable.

Delante del padre él había pronunciado recuperable, pero debería haber dicho sustituible. Pues a lo largo de los doce meses en que había estado rehabilitando la mano parcialmente mutilada, se había operado una especie de compensación que él mismo iba comprobando con sorpresa. A medida que reaprendía a manejar el bolígrafo como si fuese un niño trazando letras por primera vez, el ritmo lento le iba impregnando todo el cuerpo, llevándolo a dar pasos extraordinariamente grandes, mientras que el campo de visión iba aumentando. Ahora lo que veía no era solo lo que antes veía, era también lo que estaba oculto por su opacidad y lo que aún no existía, pero deseaba ver. Como si, a partir de la fractura que había tenido en la mano, se hubiese establecido un comercio de ajuste entre el cuerpo y la psique, una transferencia entre lo orgánico y el alma y él mismo fuese el sujeto del proceso de recuperación y su vigilante. Y eso tampoco estaba mal. La pérdida de tres dedos y de un trozo de la palma de la mano derecha lo había colocado en el centro de un universo hasta entonces desconocido. ¿Valía la pena el canje? Nadie al margen de él tenía acceso al dilema, si bien él mismo, a veces, al poseer ahora lo que antes no tenía, creía que sí, que valía la pena.

Valía la pena.

Pensando en esta transformación, aquella mañana de junio, Edmundo Galeano ya había dado infinidad de pasos a la orilla del río, pasos lentos, rítmicos, andando de aquí para allá, entre el asfalto y la espuma sucia, como si el mecanismo de un antiguo reloj holandés hubiese comenzado a regularle la circulación de la sangre y él mismo estuviese transformado en una elocuente esfera de reloj, que en vez de números cardinales contuviese palabras. Las palabras eran los números y las agujas de su mecanismo. El pie derecho avanzaba y su esfera, involuntariamente, marcaba las horas –Solo, en el muelle desierto. El pie izquierdo avanzaba y la esfera decía alto – en esta mañana de verano. Adelantaba de nuevo el pie derecho, y con él todo el cuerpo de Edmundo Galeano declamaba como si fuese al mismo tiempo el que proclamase y el escenario –Miro hacia la entrada del puerto, miro hacia lo Indefinido. Caminaba con un poco más de velocidad y la marcha se transformaba en el eco de otras palabras –Miro y me alegra ver, pequeño, negro y claro, un paquebote entrando. Y así había recorrido varias veces, a grandes pasos, la mochila al hombro y la capucha en la cabeza, el mismo trecho de muelle, unas veces en el sentido de la desembocadura, otras en dirección contraria, para regresar al mismo lugar, después de haber pasado dos horas copiando palabras, unas detrás de otras, sobre las hojas de un cuaderno corriente, con la delicadeza de quien inscribe un mensaje para la eternidad sobre un fragilísimo papel de seda.

La herida de la mano derecha, todavía mal cicatrizada, tal como la había traído de los campos de Dadaab, se deslizaba sobre el papel. Eran las once de la mañana del día veinte de junio. Edmundo volvió a sentarse en la terraza de la Praça do Mar, un entablado incrustado al borde de la calle, una especie de pasarela de muelle, frívola y turística, modernísima, concebida para que los ociosos contemplasen la actividad de los otros y disfrutasen del efecto como si fuese suyo, pensó al sentarse. Y todo su cuerpo reprodujo palabras que mucho antes, cuando estaba en la escuela, le habían parecido razonamientos sin sentido ni explicación, frutos de un tipo cualquiera de demencia mansa, pero ahora le servían de reloj, copiando de nuevo sobre el cuaderno pedazos de frases como eran aquellas que le seguían –Viene muy lejos, nítido, clásico a su manera. Tras de sí deja en el aire distante la vana orla de su humo. Viene entrando y la mañana entra con él, y en el río, aquí, allá, despierta la vida marítima. Se izan velas, avanzan remolcadores. Edmundo copiaba lentamente, delicadamente, dejándose impregnar de una marcha amorosa, sumisa al trazado de la mano sobre el papel, deslizante, triunfante, cuando se dio cuenta de que una persona que no le era extraña del todo se encontraba sentada en una mesa no muy distante de la suya. Tiró de la capucha hacia la frente, observó el perfil de la persona. Era un hombre adulto, pero no era un hombre adulto cualquiera. Era su hermano mayor, Alexandre Galeano, quien lo esperaba, sentado, en medio de la terraza.

O tal vez no lo esperase.

Podría tratarse quizás de una simple coincidencia. A pesar de la corta distancia que los separaba, Alexandre Galeano parecía no haberse dado cuenta de la llegada de su hermano pequeño al recinto de la terraza. O hacía como si no se hubiera dado cuenta. Sobre la mesa tenía abierto un periódico que hojeaba con énfasis, de vez en cuando sacudía las hojas, las doblaba y leía rápidamente, pasando a la hoja siguiente. Fuese como fuese, aquella coincidencia no parecía casualidad. Edmundo se desembarazó de la capucha y se dijo a sí mismo, como si escribiese sobre el cuaderno, Pero mi alma está con lo que apenas veo, con el paquebote que entra. Ahí paró, sacó de la mochila sus pertenencias, las extendió sobre la mesa y se quedó mirando en dirección a su hermano mayor, incapaz de seguir pronunciando las palabras que aquella mañana daban cuerpo a su música.
Durante algunos instantes se quedó solo mirando, sin oír la música, parado, sin comprender por qué estaría allí Alexandre, en un lugar tan alejado de su ruta habitual, lejos de casa, lejos del estudio, en un espacio que no le parecía que antes frecuentase. Entonces Edmundo esperó a que los hechos se aclarasen. No iba a hacer el menor gesto en dirección a su hermano.

Pues, él mismo, el más joven de los hermanos Galeano, se encontraba en aquel lugar desde el amanecer, como sucedía desde hacía ya casi tres meses, porque había regresado de África muy diferente a como se había ido. La mano medio mutilada lo había introducido no solo en la lentitud, sino también en la circularidad, y no solo en la circularidad que ejecutaba la canción interior, sino sobre todo en el centro mismo del intervalo, el silencio que se situaba en mitad de esa partitura ahora inaugurada en su persona como si fuese otro. El silencio marcaba pausas en la circularidad y la circularidad le abría el campo circundante en múltiples direcciones y varios sentidos. Últimamente miraba hacia el río y no veía solo el río y su superficie lisa como un lago, con buques de carga en sus amarres, dispuestos en los muelles, animales de fibra y metal sumisos y domesticados al ras del empuje de las aguas. No veía solo eso. No veía únicamente las lanchas, las corvetas, las fragatas, los cruceros blancos y azules, ciudades fluctuantes atracadas, las salidas y las llegadas, el laborioso tráfico matinal. Ahora también descendía al fondo del agua y veía cómo la corriente invisible arrastraba cáscaras, zapatos, ratones, aceite, heces, orines, pedazos de neumáticos, dientes humanos, y a él mismo no le importaría zambullirse en el lodo y salir de allí del color del estiércol y del carbón, porque había estado en los tres campos de Dabaad y había dejado de hacer distinciones entre los diversos objetos de la creación.

Ahora, al mirar hacia las aguas del río, se sentía agua, se amoldaba a las alcantarillas, corría libre por encima de las piedras e iba a desaguar en el mar. Había adquirido esa capacidad, después de haber ido al inicio del tiempo humano y, desde él, haber avistado, no su fin, lo que es siempre un desenlace fácil, sino su futuro, lo que implica una conjetura mucho más sofisticada. Había vuelto de los campos de Dadaab con la idea de que tendría que hacer alguna cosa por ese futuro del que había sido testigo en aquella ciudad polvorienta, allí donde vivía y nacía gente entre polvo y espinos, solo de ellos se alimentaba y seguía viviendo como si no hubiese más mundo. O como si el mundo que se les presentaba a través de los televisores, colocados en las tiendas de apoyo, estuviese hecho de sombras que se deslizasen sobre las paredes de una caverna. Hermosas mujeres sonriendo, hombres sentados, discutiendo sin parar. Sombras de sombras de mundos luminosos que allá en algún punto del espacio sideral debería de haber y aparecían allí, en la pequeña pantalla, hablando en inglés. Haber estado ocho días internado en la enfermería de Dagahaley, no como auxiliar sino como paciente, con la mano envuelta en trapos y treinta y nueve de fiebre, le había proporcionado esa experiencia. En Dabaab, un mundo irreal convivía pacíficamente con el mundo real, de forma controlada, indefensa, y ese sería el futuro del mundo. Lo que se vivía alrededor de la Tierra era únicamente un espacio de transición hacia ese futuro. Edmundo había pensado que alguien debería plasmar esa transición y pensó en un libro en que él podría ofrecer su propio testimonio. En Dagahaley, había pasado horas diciendo palabras en voz alta, como si anticipase esa declaración. Era forzoso que así fuese. Alguien tendría que cerrar el ciclo iniciado con la plasmación en papiro de historias humanas mezcladas con la invocación a animales y a espíritus, el ciclo que había servido para explicar la vida hasta el momento presente, pero que ya no la explicaba y él, que era joven y tenía el futuro por delante, estaba dispuesto a hablar.


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