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Las habitaciones no crecen debajo de los árboles

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«A Marina, que sujeta mis demonios»

No entiende de geología, biología, ni ciencia, pero está seguro de que las habitaciones no crecen debajo de los árboles. Por eso, cuando la grúa arranca el tocón de aquel viejo pino muerto, arrastrando consigo trozos de muro enredado en sus raíces, sabe que no es natural que el sol dibuje baldosas y unas sucias escaleras que se adentran hacia el interior de la tierra.

Su mente —lenta en acciones cotidianas y perezosa en esencia— es rápida como un rayo para temas picarescos, por lo que el jardinero no duda ni un segundo antes de coger un tablón de madera, ponerlo sobre el agujero y empezar a echar lentas paladas de tierra.

En el momento en que el conductor de la grúa llega hasta él, la tabla está oculta bajo la piel de ese parque sin nombre en pleno centro de Madrid, como si realmente nunca hubiera aparecido. Pero el aroma de años escondidos y barro incrustado en las grietas sigue flotando en el aire mientras se enciende un cigarro.

Por encima, ondea una nube de humo. Por debajo, un montón de promesas ambiciosas.

Capítulo uno — Amadeo

1

Mira detenidamente el pequeño peine de plástico negro y piensa que pocos imperios comenzaron con tan poco. Lo saca despacio de su envoltorio de celofán, saboreando la mezcla de aromas que emana del envase. Casi cree ver reflejado en el espejo del baño un etéreo y vaporoso halo de misticismo, que lo convierte en objeto ritual pese a ser un simple producto de higiene personal comprado en el colmado de la esquina. Pero es innegable que huele a cosas, y de no ser por la eterna pose de tipo duro que se empeña en mostrar —incluso en la intimidad—, quizá hubiera sonreído. Huele a goma. Quizá a talco. Puede que a jabón. Pero, sobre todo, huele a nuevo. A vida nueva.

Lo acaricia despacio, deslizando la yema de los dedos sobre la flexibilidad milimétrica de sus púas, antes de ponerlo bajo el grifo.

Es solo un peine, pero es importante. Se trata del primer objeto realmente suyo desde que abandonara ayer mismo la cárcel.

—Un imperio, joder —le dice a su reflejo—. Tampoco pido tanto.

2

En contraste con su espíritu, la ciudad rejuvenece. El asfalto ha perdido arrugas y personalidad en su tono de piel. No piensa en tiempos mejores, porque sabe que no existieron, pero añora esos años en los que perteneció a la calle. Era un orgullo difuso, casi lamentable, pero orgullo al fin y al cabo. Mientras recorre adoquines, a ritmo de expresidiario, va reconociendo rincones, fechorías, mala vida.

Y empieza a sentirse mejor. Cuando el barrio viejo le devora, respira libre por primera vez desde que saliera. Nuevas putas. Nuevos chulos. Nueva chusma. Pero el lienzo es el mismo, y allí se siente seguro.

—No me jodas —susurra, divertido.

El viejo bar Europa se ha maquillado de fulana. La nueva tendencia a invadir los malos barrios para pubs de diseño ha alcanzado su refugio. Lo ha devorado como una bestia de modernidad, y ha escupido aquel local de grandes ventanales, donde dos chicas jóvenes le miran a través del cristal como si fuera él quien estuviera encerrado y ellas, espectadoras de un zoo. Entonces entiende que en eso consiste. En acercarse al peligro desde el café o desde el taxi, pero sin llegar realmente a pisar la realidad.

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[Así comienza Los agujeros de las termitas, de Jesús Gordillo. Editado por Hermenaute]


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