Inicio»Portada»Las cartas a Mónica de Philip Larkin. Por Dámaso López García

Las cartas a Mónica de Philip Larkin. Por Dámaso López García

Artículo publicado en nuestra revista #somoslibrerantes 1.

0
Compartidos
Linkedin Pinterest WhatsApp

 

Las cartas de Philip Larkin a Monica Jones, sin duda, están por debajo de la obra del poeta, pero, también sin duda, se hallan por encima de la persona; al menos, se hallan muy por encima del personaje de cartón piedra que han construido precipitadamente los detractores del poeta con materiales que han saqueado, sin mucho discernimiento, en la biografía de Andrew Motion, y en la selección de cartas del poeta editada por Anthony Thwaite. Unos materiales que con relativamente poco esfuerzo han dado para convertir al «ermitaño» de Hull en un ninot de Fallas. Sin su obra poética, difícilmente se habrían recordado, tras su muerte, las cartas de Philip Larkin. Pero tampoco hay duda de que, digan lo que digan los adoradores de la Artemisa de la Corrección Política, la persona es más interesante en sus contradicciones, en su sorprendente sentido de la fidelidad (a su madre, a Monica Jones, a Maeve Brennan, a Betty Mackereth), en el cultivo de un tipo de excentricidad muy británica, en unas pasiones intelectuales provocadoramente antiintelectuales y en un rechazo del mundo moderno que no va siempre acompañado de una glorificación del pasado.

El sorprendente sentido de la fidelidad de Philip Larkin no quiere decir, ni mucho menos, que fuera fiel en sus relaciones, pues no lo fue, sino que, dejando a un lado a su madre, hacia las mujeres que fueron importantes en su vida, guardó siempre una fidelidad, por separado, que nunca rompió de forma deliberada o autónoma. Su madre, Monica Jones («me engañaba, el muy cabrón, pero yo lo amaba»), Maeve Brennan y aun Betty Mackereth siempre contaron con la atención, con el interés o con los cuidados del poeta.

Ahora que ya no se usa tanto la palabra, quizá sea el momento oportuno para decir que la personalidad de Philip Larkin era poliédrica. Se ha señalado que Philip Larkin era diferente según la persona a la que dirigiera sus cartas. Quizá esta sea una pauta de conducta que, de forma intuitiva, más o menos evidente, siga todo redactor de cartas. Cada corresponsal del poeta conoció a través de las cartas a una persona, un redactor, diferente. Y así, sus corresponsales más políticamente incorrectos recibieron cartas políticamente incorrectas, sus familiares recibieron cartas del hijo ejemplar y del hermano cariñoso, sus editores recibieron cartas del autor atento a los detalles y algo tiquismiquis, sus amigos más literarios recibieron cartas más literarias, sus novias recibieron cartas llenas de afecto. Acaso tamaña variedad de personalidades no sea suficiente para alcanzar el número de caras de un icosaedro, pero no es impensable que el conjunto de la correspondencia, lo que hasta ahora se conoce, guarde en su interior el número áureo de la personalidad de Philip Larkin. En una carta a Monica, Philip Larkin expresa su disgusto con matizada ira de clase media, «me salen lágrimas de ira, ¿por qué tiene que dejar la puerta abierta para que el ruido de la maldita radio se oiga por toda la casa? […] Siento una suerte de claustrofobia espiritual». Ante Jean Hartley, de una clase social menos distinguida que la de Monica Jones, el poeta sabía expresarse de una forma más popular: «Me gustaría construir un urinario para camellos sobre la tumba del Signor Marconi». La radio, esta misma radio, es la que se oirá en todo su estridente esplendor en el poema «Mr. Bleaney».

La correspondencia de Philip Larkin y Monica Jones abarca un período de tiempo de casi cuarenta años. De estos intercambios se han conservado 1421 cartas y algo más de medio millar de postales. Es, sin duda, la correspondencia que mejor refleja las tres dimensiones en las que el deseo de conocer al autor tras la obra justifica la lectura de esta documentación.

En las cartas que Philip Larkin dirige a Monica Jones se atiende, en primer lugar, a la vida cotidiana, a los muchos detalles de la vida diaria que no eluden el ojo vigilante del autor: la limpieza, el lavado de la ropa, la comida y su preparación, el trabajo, las obligaciones sociales. Se considera asimismo la miscelánea de condiciones que gobiernan su estado de ánimo o su bienestar: el frío o el calor, la salud, los contratiempos y las alegrías. El editor de las cartas, sin embargo, ha podado de la correspondencia sus rasgos más domésticos. Por el contrario, en las cartas a su familia, a su madre, sobre todo, los asuntos domésticos ocupan un importante apartado. En esta correspondencia, los calcetines tienen en el índice una entrada independiente, dedicada al lavado de calcetines, la compra, la elección y, muy importante, al zurcido. En la correspondencia con Monica Jones se entiende que esta parte la ha sacrificado el editor sobre el altar del superior interés literario. En la poesía de Larkin, sin embargo, la vida cotidiana tiene tanta importancia que leer sobre ella revela, de forma principal, ese modo de atención que posteriormente se convierte o puede convertirse en poesía.

El segundo dominio que atraerá al lector es el de la información sobre literatura, lecturas y comentarios de las obras de otros autores. Dejan estos en el recuerdo el contenido picosito de una actitud, más que el aprecio por una revelación o por un juicio que saque a la luz virtudes a las que nadie había prestado la suficiente atención. Después de todo, Philip Larkin nunca se propuso decir nada encaminado a establecer una teoría literaria, todo lo contrario, si se propuso algo fue que no hubiera nunca en sus escritos ninguna teoría literaria. Sus juicios nacen de un criterio que arraiga en el bien regado suelo de las convicciones, y no deja que las ramas de aquellos se mezan en el viento de la enrarecida teoría literaria. Philip Larkin vuelca su malhumor sobre personajes concretos, sobre el crítico y profesor F. R, Leavis, por ejemplo, al que crucifica sin compasión: «Un memo, en cuya cabeza las ideas son como los guisantes de un sonajero». O expresa sus preferencias de forma rotunda: «He estado leyendo la versión original de El sastre de Gloucester: esta te muestra lo maravillosa que es la versión posterior. Me caían lagrimones. Es una obra de arte perfecta: la cambio por todo Proust, Joyce y Mann». El sastre de Gloucester es una obra de la autora de libros infantiles Beatrix Potter.

Acaso Monica Jones fue la persona con la que Philip Larkin intercambió mayor número de reflexiones sobre literatura y sobre su poesía. Este es el tercer gran atractivo de esta correspondencia. En las cartas a Monica la poesía de Philip Larkin ocupa un lugar eminente. Por ejemplo, «Mr. Bleaney», pero también «Church Going» o «The Whitsun Weddings», y todo un rosario de poemas reciben en las cartas atención, comentario o explicación. Monica Jones desempeñó un papel clave en la creación de Philip Larkin, pues ella fue la única persona con la que este mantuvo una relación directa cuando escribía, y con la que de manera confiada intercambiaba opiniones sobre su propia obra. Por ejemplo, sobre The Whitsun Weddings: «La calidad poética se ha diluido. Demasiados poemas dependen de lo simplemente sentimental. Todo muy deprimente. Pero, ¿qué no lo es?». Tal vez el poeta no sea sincero, y con esta descripción pida disimuladamente una respuesta que ahuyente sus miedos y gratifique su vanidad, pero resulta difícil pensar que Philip Larkin hubiera encontrado otra persona con la que hablar sobre su vida diaria, sus gustos literarios y su propia obra. Esa persona fue Monica Jones.

Este texto es uno de los contenidos de nuestra revista en papel. Tal vez aún queden ejemplares en tu librería. Es gratuita.

Librerías —especialmente— recomendadas

 

Sin comentarios

Dejar una respuesta

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.