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La violeta del Prater de Christopher Isherwood

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la violeta del praterHay artistas que todo lo hacen sin aparente esfuerzo. Por ejemplo, Fred Astaire. Yo no sé si los jóvenes ahora ven películas de Fred Astaire o si ni siquiera saben quién es, pero cuando yo era niño ponían sus películas en la tele y cuando lo veías bailar te daba la sensación de que eso podía hacerlo cualquiera. Bastaba con ponerse a ello. Es habitual que el lector de Isherwood piense exactamente lo mismo.

Isherwood fue un maestro de la autoficción antes de que esta llegase a ser lo que ahora nos parece ser la única manera de escribir literatura. En Adiós a Berlín se sacó de la manga a su personaje y narrador Christopher Isherwood, que era idéntico a él, hablaba como él e incluso compartía aspectos biográficos con él, pero, como dejó entrever en alguna entrevista, no era él. Eso lleva al más frecuente y persistente equívoco acerca de Isherwood y su obra: el creer que es puramente autobiográfica y documental. Por eso su frase más famosa es «Soy una cámara», al principio de Adiós a Berlín. La engañosa facilidad de su estilo —que desmiente el leer con atención la descripción de la calle en la que vive en esa novela— hace el resto. Cualquiera puede escribir un libro de Christopher Isherwood, basta con ponerse a ello. Salvo que pasa lo mismo que cuando uno quiere ponerse a bailar como Fred Astaire.

La violeta del Prater es en apariencia una novelita amable, una cosa de nada. Una divertida historia de un escritor joven e inexperto trabajando por error en una película basada en una opereta tronada que fue un fracaso en Blackpool allá por 1930, justo en los años anteriores a la Segunda Guerra Mundial. Nos reencontramos en ella al Christopher Isherwood que ha dejado atrás Berlín y Alemania después de que los nazis hayan llegado al poder. Le llaman desde unos estudios de cine para contratarle como guionista porque han oído que lo sabe todo sobre Viena y habla alemán, aunque resulte que no ha estado en Viena más que una semana de vacaciones. Ha de ponerse a las órdenes de Friedrich Bergmann, director de cine austríaco y judío, que ha tenido que abandonar Alemania, dejando a su familia en Austria, y con el que acabará estableciendo una relación de padre e hijo.

Comienza así una historia en tono ligero, gracias a la soltura de Isherwood, su precisión en los retratos de los personajes, su facilidad en el diálogo y su aparente informalidad, pero que aquí y allí está iluminada por destellos de lucidez, ya sea en las charlas profesorales que Bergmann le suelta a Isherwood, como aquella en la que le dice que los ingleses creen que nada malo puede pasarles en su jardín o mientras lleven un paraguas, o esa otra en la que le dice que hacer una película como la que están haciendo mientras se reprime con sangre la Revolución Socialdemócrata en Austria es peor que un crimen; en los diálogos como por casualidad que recoge Isherwood de los técnicos del estudio —el montador tecnócrata, por ejemplo—, o en las reflexiones del mismo Isherwood, acerca de su generación y clase social, por ejemplo, muy preocupada de todo lo que pasa en el mundo —recordemos que Isherwood y su amigo Auden estuvieron tanto en España como en China para visitar la guerra—, pero muy poco dispuesta a ofrecer su sacrificio, como por otro lado creía que pasaba con Inglaterra en general. Es una de estas reflexiones, que ocupa las últimas páginas de la novela, la que parece en última instancia el motivo último de la novela. Bergmann e Isherwood vuelven a casa paseando por Londres, a las cuatro de la mañana, una vez acabada la película y es a esa hora, en esas calles, frente a esas casas «que están destinadas a las bombas» donde Isherwood parece desarrollar lo que sería un alegato final ante un tribunal que tal vez estaba sólo en su corazón: el de su país de nacimiento, que vio cómo lo abandonaba para marcharse a América justo cuando Alemania le declaraba la guerra.

La violeta del Prater se publicó en 1945. Un año después, Isherwood obtendría la ciudadanía estadounidense. No volvería a vivir en Inglaterra. Se estableció en California, trabajando en el cine y dando clases de literatura inglesa en la universidad.


 

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