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La vida nos da vueltas por distintos caminos [por Kike Martín]

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El silencio del tiempo

Todos nacemos y morimos con un propósito en la mente. Algunas personas lo perciben mucho antes que otras, pero en el fondo siempre ha estado presente en nuestro interior. La vida nos da vueltas por distintos caminos, mostrando lo bueno y lo malo que tiene seguirlos o detenerse y buscar el siguiente. En muchas ocasiones, nos equivocamos y tenemos que rectificar antes de que sea demasiado tarde. De vez en cuando, pensaremos que lo malo sólo puede mejorar y avanzamos sin importarnos las consecuencias.

Y existe otro camino. El más escaso y más difícil de encontrar. Es el camino de no retorno. El camino en el que entras sin ver lo que hay más adelante. Un sendero por el que sólo puedes ir hacia el frente, sin mirar atrás, atraido por un final incierto y que no se puede vislumbrar hasta llegado a él. No puedes dar marcha atrás, no existen bifurcaciones, sólo serpenteantes giros que llevan al mismo sitio y conducen al mismo sitio.

Se podría decir que este camino es paradójico. Entra en conflicto con lo que nos han enseñado desde que somos pequeños. Nuestra capacidad de elección y nuestro libre albedrío niegan la existencia del mismo, y queremos creer, queremos pensar, en que nada es más fuerte que ellas. Nada más lejos de la realidad. No son más que meras químeras encerradas en una caja de latón, de la que no van a salir. Si entramos en el camino del no retorno, nuestros intentos de salir de él no serán si no las curvas pronunciadas que encontramos una y otra vez. Nuestro destino ya ha sido fijado, y es el que, consciente o inconscientemente, queremos y tenemos que seguir.

Han pasado ya muchos años desde que yo encontré el mío. Y también han pasado años desde que salí de él. No siempre tiene la misma forma. Puede variar desde el más puro de los sentimientos hasta la más simple idea que se forma en tu cabeza. Puede tener la longitud de una vida o la brevedad del último trago del café por las mañanas. En mi caso, se presentó con la forma de una mujer.

Mi historia la he titulado El sendero de Bruma. No he hablado de ella con nadie, jamás, pero muchos la conocen. Personas con rostro agrio y corazón de ceniza. Amigos y familiares sonrientes y espectantes. Desconocidos sin rostro y que lo han visto desde bastidores, inmóviles, buscando el momento exacto para hacerse notar y dar esa palmada en la mesa que nos haga fijarnos en ellos y dibujar, por primera vez, un esbozo de su alma en la nuestra.

El Sendero de Bruma fue mi primer y último camino de no retorno. Muchas veces me resistí a cruzarlo, pero sabía que no había salida posible. Su fuerza me arrastró hasta el final. Y por esa razón me encuentro ahora escribiendo estas palabras. No se que habrá sido de aquél antiguo yo que dejé atrás… quiero pensar que, en otro universo, en otra vida, él logró distanciarse del destino que le había sido fijado. Quiero pensar que todo lo que hacemos tiene un significado y que podemos, en mayor o menor medida, elegir que hacer con las decisiones que hemos tomado. Necesito creer en ese silencio que queda cuando el tiempo, duro e indestructible, se agota de manera definitiva.

Dicen que todas las historias tienen un principio, una situación ideal desde la que se puede partir para comenzar la narración. Puede comenzar con un cruce de miradas, una sonrisa robada, un silencio incómodo delante del ataúd de un conocido… cualquier tipo de inicio es bueno mientras se tenga clara la razón por la que escribirla o contarla. En mi caso, yo no puedo estar tan seguro. Supongo que podría empezar cuando la muerte de mis padres nos dejó a mi hermano y a mí huérfanos y solos en una España que estaba en pleno apogeo cultural y económico. Podría empezar, tal vez, cuando finalmente a los 18 años de edad, tras muchas penurias y malas relaciones con mis tíos, decidí largarme de esa casa para no volver jamás, rumbo a un Madrid que se me antojaba frío, oscuro y gigantesco. Pero me estaría equivocando. Lo mejor será que empiece por aquella mañana del otoño de 1998, donde todo cambió para mí.

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Madrid, 27 de octubre de 1998

Un fuerte dolor en el pecho me había tirado al suelo. La luz de la madrugada se filtraba por los resquicios de la persiana, dándole a la oscuridad del salón un aura de misterio. El humo del cigarro que hasta hace un momento pendía de mis labios, y que ahora estaba abandonado a su suerte por algún lugar bajo el sofá, flotaba en el aire y concedía a los rayos del sol la capacidad de ser, como mínimo, visibles y parcialmente corpóreos.

No era la primera vez que me pasaba. Es más, era la segunda en ese mes. Empezaba con una sensación extraña, como si mi corazón se encasquillase, como si empezase a latir con esfuerzo tras haberse encontrado un quiste en el camino que le impidiese contraerse. Tras unos segundos, empezaba la opresión. Una opresión lenta pero inexorable, que me producía fuertes pitidos en el oido derecho y me daba náuseas. Mi mano izquierda iba sistematicamente hacia el pectoral izquierdo y el dolor me asaltaba, nublando la mente y los sentidos. Me solía dejar caer sobre el sofá o cualquier superficie de mediana altura que tuviese cerca, pero esa mañana no me había dado tiempo a llegar y me había desplomado de cualquier manera en medio de la habitación.

Por lo general, el dolor se iba a los pocos segundos, y en esa ocasión no fue distinto. Me incorporé tras boquear como un pez fuera del agua, temblando y con un sudor frío resbalando por mi frente y mi espalda. Desde que empezaron los dolores, me decía a mí mismo que pediría un día libre en el bar y que iría al médico. Pero siempre acababa olvidándolo y obviándolo. Después de todo, nada es más fuerte que el poder del orgullo masculino. Creía que mi hombría y virilidad inherentes me conferían de una salud de hierro, por mucho que me malalimentase y descuidase mis hábitos normales de vida. Es el pecado de la juventud. Y de la idiotez. No me lo quise tener en cuenta.

[…]

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