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La vida de las mujeres, en este mundo masculinizado, es un auténtico thriller psicológico

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El cuerpo de las mujeres como invento patriarcal

Hoy, mi hijo de doce años al llegar a casa me contó cómo habían tratado el tema de la adolescencia en su clase de ciencias. Me ha explicado que, por lo que le han enseñado hoy, para las chicas es un rollo. Yo respiro hondo, me preocupo por la versión del cuerpo femenino que está aprendiendo y comienzo a imaginar cómo se sentirán las niñas de su clase tras semejante lección.

Y pienso además en la antigüedad de este concepto, en lo viejo de la cantinela que nos establece como sufridoras, sucias, débiles y secundarias. Aristóteles ya sentenciaba en su época (384-322 a.C.) que la mayor diferencia en el cuerpo de las mujeres respecto al de los hombres (siempre se nos mide en esta dirección y no en la contraria) era nuestra debilidad; la cual, además, nos hacía más propensas a contraer enfermedades.

Los escritores de los Tratados Hipocráticos (Corpus Hippocrati-cum), los mismos que darían lugar a lo que conocemos como juramento Hipocrático (siglo V a.C.), aseguraban además que las mujeres somos menos racionales que los hombres.

Mi hijo me explicó que lo de las chicas es mucho peor, porque a nosotras nos duele mucho la barriga y sangramos todos los meses durante casi toda nuestra vida. Mientras que los chicos tan sólo sufren de algunos cambios de humor y tienden a pelearse físicamente (las mujeres sólo verbalmente según el profesor de ciencias). Así de claro y absoluto, así se perpetúa una percepción de los cuerpos de las mujeres, para nosotras y los demás, prácticamente imposible de contradecir.

Le digo a mi hijo que yo a esa explicación le pondría muchos «peros» y él, por supuesto, sentencia: ¡Mamá, es ciencia!

Y yo le contesto: ¿Ves? Ahí va mi primer «pero».

 Mujeres de película, partos de ciencia ficción El mayor problema con la afirmación de mi hijo es que sí, es ciencia, sí, pero también es cultura. Para empezar, la mayor parte de la ciencia sobre nuestros cuerpos que aún se estudia a día de hoy fue escrita por hombres, que no sólo carecían de la empatía física, sino que además, y especialmente en la obstetricia, carecían a menudo de la confianza de las mujeres para poder obtener suficiente información o llegar a alguna conclusión médica. Y no olvidemos que en el inicio de lo que ahora consideramos los «grandes progresos obstétricos» los llamados «padres de la obstetricia» obtenían los cadáveres de las mujeres embarazadas estudiadas de maneras, cuando menos, sospechosas.

Y tampoco olvidemos que la creación de la obstetricia moderna se realizó desde el intrusismo, el machismo y el racismo. Los obstetras en 1700 llegaban a vestirse de mujer para infiltrarse en los partos. Y los hombres, durante gran parte de la historia, no estuvieron jamás en un parto y por lo tanto tenían una desventaja de varios siglos de desconocimiento de nuestra cultura matriarcal frente a nuestras comadres y matronas. Las nuevas eminencias y profesores, como Charles Ducena Meigs, que desarrollaron una ciencia sobre nuestros cuerpos, partos y criaturas, además de oponerse a la analgesia para las mujeres, decían cosas a sus estudiantes como: «Una mujer tiene una cabeza casi demasiado pequeña para el intelecto y lo suficientemente grande para el amor» (Cassidy, 2006). Y James Marion Simms realizó sus experimentos sobre fístulas obstétricas en esclavas negras menores de edad sin anestesia. Porque si las mujeres éramos inferiores, las esclavas negras de 16 años eran prácticamente cosas para ellos. Me temo que las cuestiones raciales en obstetricia al igual que las misóginas siguen, por desgracia, aún bastante vigentes.

Por lo tanto, para mí, ciertas creencias científicas, especialmente las que son a menudo afirmadas con rotundidad sobre los procesos fisiológicos de las mujeres, me llevan irremediablemente al escepticismo. Y no sólo eso, me incomoda saber que se generaron desde una percepción misógina e ignorante del cuerpo de la mujer. Y es más, me indigna que ciertos instrumentos y prácticas que jamás tuvieron en cuenta la agresividad que suponían para nuestra sexualidad o nuestro bienestar, no hayan sido revisados debidamente a día de hoy. Como por ejemplo la episiotomía popularizada en 1742 desde el más absoluto desconocimiento y muy probablemente a raíz de la introducción de los fórceps. Me produce absoluto horror comprobar que la perspectiva patriarcal en la obstetricia permanece prácticamente inamovible y de hecho es fácil de detectar su permanencia en el lenguaje.

Una frase del afamado Dr. DeLee que se puede leer en el fascinante libro de Tina Cassidy: Birth, the surprising history of how we are born, es la que el eminente doctor pronunció tras una episiotomía: «he dejado a la madre mejor que nueva». Esta misma frase la tuvo que escuchar una amiga mía tras su parto en el año 2000 y fue una frase similar la que me llevó a escribir una petición contra un estudiante de medicina venezolano que se había hecho una foto a sí mismo durante un parto. En la foto aparecía él junto a una mujer de parto y en litotomía (tumbada de espaldas y con las piernas elevadas en un potro obstétrico). La había publicado en una red social junto a sus comentarios, en los que los que se autoelogiaba diciendo que dejaba los totos (las vulvas de las mujeres) en el kilómetro cero.

He aquí un héroe al que se le confían nuestros genitales y no solo los protege sino que los devuelve a un estado virginal para disfrute de nuestros maridos. La vida de las mujeres, en este mundo masculinizado, es casi siempre, como se puede observar, un auténtico thriller psicológico.


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