Inicio»Puentes»Comenzar a leer»La vida como una maldición

La vida como una maldición

0
Compartidos
Pinterest Google+

Al principio se quiso enclavar a Émile Michel Cioran en el movimiento existencialista, pero el existencialismo, pese a su dureza, perseguía algún propósito moral, alguna forma de compromiso. Cioran, para quien Sartre era «un hombrecillo de ideas y vida patéticas», y que dijo del terrible Eclesiastés bíblico que le parecía «demasiado ingenuo», excavaba aún más hondo, quería (o no podía evitar) llevar la negación y la duda hasta sus últimas consecuencias: desenmascarar a todos los ídolos, demoler todas las ilusiones, no aferrarse a ninguna certeza. Para él, toda la filosofía es una farsa, y los filósofos, charlatanes que pretenden envolvernos en su palabrería vana para ocultarnos –y ocultarse a sí mismos– que todo es fútil.

Mamíferos que escriben

Cioran entendió la vida como una maldición (tituló un libro Del inconveniente de haber nacido) y la consciencia como una enfermedad de la materia: el hombre es, así, un animal doliente a causa de su consciencia, que lo distingue y lo margina del resto de los seres vivos. Negó también el libre albedrío («estamos sujetos a nuestro cuerpo por una esclavitud humillante») y postuló que, en la medida en que nuestro comportamiento viene dictado por la biología,
el amor y las restantes emociones humanas carecen de cualquier fundamento sublime. Tampoco la historia («una repetición de catástrofes») apunta en ningún sentido, y la idea de progreso es absurda: no existe nada grandioso o esperanzador en los actos de los hombres.

Misántropo, insomne, propenso a la desesperación y al hastío, «histérico de la ataraxia», «metafísicamente soltero», obsesionado con la muerte, Cioran vivió desde 1960 hasta su final, en 1995, en una austera buhardilla próxima al Odeón. Quienes lo conocieron hablan de un caballero amable y bromista, magnífico anfitrión. Aunque lo alcanzó la fama y se editaban grandes tiradas de sus libros, descreía de la gloria y negaba incluso el concepto de propiedad («nunca hubo objeto alguno que fuera mío»). Aplicó la razón como quien pasa una segadora por el césped y no está dispuesto a dejar que sobresalga una sola brizna, pero siempre se lamentó de su «impotencia para tener fe». Predicó el suicidio, pero nunca se suicidó. Invitó a la inacción, pero escribió miles de páginas y publicó más de una quincena de libros.

Puede parecer extraño que un filósofo hoy tan vitalista y comprometido como Fernando Savater fuera el introductor en España de E. M. Cioran, hacia quien profesaba una gran admiración y con el que, incluso, trabó cierta amistad. En realidad, no hay ningún misterio en ello. Leer a Cioran (leer a Cioran entendiéndolo) es como inyectarse una vacuna: si sobrevivimos a ese viaje a nuestros propios abismos, si conseguimos mirar cara a cara a la vacuidad y desterrar de nuestra mente toda ilusión, toda quimera, saldremos de él fortalecidos.

«El lado trágico de la vida es a la vez cómico», escribió una vez Cioran, quien también propuso «convertir nuestros terrores en sarcasmos». En su obra hay, a fin de cuentas, una lección de vida; nos suministra una manera de afrontar las verdades últimas: el humor. Yo me he carcajeado leyendo algunos de sus aforismos (ejemplo: «La Creación fue el primer acto de sabotaje»; o este otro: «¡Cuánto me gustaría ser una planta!»). Todos sus libros, salvo quizá los primeros, están recorridos por este humor sarcástico: como el de un condenado a muerte que, ya con la lazada al cuello, riera un chiste contado por su verdugo.


Este es un fragmento de Mamíferos que escriben que está disponible en la generosa red de librerías con que las que trabajamos. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, pregúntanos: librerantes@librerantes.com

Sin comentarios

Dejar una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.