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«La traducción es un estado (de excepción) permanente». Una conversación con el traductor Federico Ocaña

Ya vamos por la octava entrega de la sección En torno a la traducción. En esta ocasión hablamos con Federico Ocaña, escritor de poesía y traductor de Tango Berlín, una obra de Kurt Bartsch publicada en español por la editorial greylock. 

Decía Consuelo Rubio en su entrevista que traducir es «un oficio artesanal que exige infinitas dosis de paciencia y donde la maestría se adquiere a través de la práctica».  Para ti, ¿qué es traducir?

La traducción es un estado (de excepción) permanente. Traducimos constantemente. Si nos limitamos a la comunicación verbal, lo es porque cada uno maneja unas coordenadas —culturales, históricas, geográficas, sociales e idiomáticas y lingüísticas— propias y tenemos que hacer un esfuerzo por entender al otro. Este entendimiento sólo se puede llevar a cabo sometiendo, reduciendo, todas esas coordenadas, a las nuestras (hay una tensión, una cierta violencia en esa comprensión). El traductor vive en la excepción porque es excepcional que hagamos manifiesto, consciente, este proceso. Así que creo que traducir, como oficio, es, primero, permanecer en un estado de consciencia alterada; segundo, ocuparse o cuidar de la alteridad; tercero, esforzarse por buscar unas coordenadas comunes, no sólo comprender, no sólo ser fiel al texto (fidelidad que, por cierto, no tendría nada que ver con la literalidad), sino querer que comprendan siendo fieles también otros.

Además de dominar los idiomas de trabajo, ¿qué características crees que debe tener quien traduce?

Quien traduce ejerce de alguna manera de taumaturgo o alquimista porque, como decía, la red de coordenadas en que se sitúa cada palabra en cada hablante es infinita. Si esa red se puede leer, diré que quien traduce debe, ante todo, saber leer.

Sabemos que has trabajado en muchos puestos relacionados con los idiomas y los libros. ¿De ahí viene tu interés por traducir, o fue vocacional?

Siempre he vivido rodeado de libros; en cambio, tengo que confesar que he trabajado poco, aunque muy duramente, y he viajado menos. Supongo que la traducción viene de lo primero —los libros.

federico ocaña
Federico Ocaña fotografiado por Irene Tourné.

Cuéntanos sobre una palabra o expresión que te haya resultado particularmente difícil traducir. ¿Cómo lo resolviste? 

Expresiones difíciles hay muchas en el libro: algunas por tratarse de neologismos que inventa el poeta —por ejemplo, a través de la composición, un fenómeno célebre y que disfrutan o sufren todos los estudiantes de la lengua germana— o expresiones que simplemente yo desconocía; otras, porque no defendían bien su significado en castellano; otras, porque mantener su significado adulteraba no solo el sentido, también el ritmo y la lectura.

Este último aspecto no es baladí: hay que pensar en él no solo por la esencia musical de la poesía, también por la preocupación específica de Bartsch por la declamación (pensemos que muchas de sus composiciones líricas formaban parte de espectáculos teatrales). Todo ello da como resultado que un poema aparentemente sencillo, como, por ejemplo, «Tango Berlin», que desde el título nos evoca aquel «Tango de la muerte» o «Fuga de la muerte» de Celan, sea también complejo. Con aliteraciones constantes, con la potencia que transmiten los sonidos «t» y «d», el poeta toma como estribillo «Berlin, dein Tänzer ist der Tod». Con el hipérbaton «Berlín, es la muerte del baile tu pareja», así como con los versos tridecasílabos (combinándolos con endecasílabos y eneasílabos) logré mantener el ritmo, pero no encontré, como se ve, la manera de conservar la aliteración.

¿Cómo fue el proceso de traducción de Tango Berlín? ¿Aprendiste algo nuevo en el proceso, te topaste con algún juego de palabras peleón…?

Lo traduje en una semana. Después de esta primera versión, releí el original, revisé mi versión en varias ocasiones, finalmente diseñé una investigación general sobre el autor y la obra, investigación que queda recogida en el extenso prólogo que Susana Romanos, editora de greylock, tuvo la generosidad publicar íntegro. La revisión del texto en paralelo a la investigación en profundidad sobre las circunstancias (históricas, personales, literarias) de su escritura me permitió aprender, ahondar, afinar y recordar momentos históricos, conceptos y términos a los que difícilmente habría podido llegar de otra manera; en definitiva, justificar verso a verso, palabra por palabra, la traducción.

Recuerdo varios poemas cuya traducción se me hizo ardua porque dependía de un conocimiento profundo de la vida de Bartsch y su carácter bufonesco, pues jugaban con los nombres de amigos o personas cercanas a él. O, por citar otro ejemplo, en el poema ya mencionado que da título al libro, la «danza sobre el volcán» («Tanz auf dem Vulkan») a que hace alusión en el primer verso es incomprensible fuera del marco cultural, ya que es el título de una película de 1938, aparte de una imagen preciosa, obviamente, para referirse a la situación histórica de la Alemania de entreguerras. Sin esta referencia, el traductor español podría perderse, como un alemán que intentara verter en su idioma, en un poema sobre la guerra civil, la expresión «morena clara» sin conocer la película.

En tu opinión, ¿qué crees que es más importante, que nuestro nombre aparezca en portada o que se nos incluya en el proceso de promoción de la obra (presentaciones, firmas, charlas…)?

El riesgo de un trabajo creativo, y lo es tanto la traducción como la escritura del poema en su lengua original, es que no lo valoren.

Lo más importante, para un traductor, es que le paguen por lo que hace. El riesgo de un trabajo creativo, y lo es tanto la traducción como la escritura del poema en su lengua original, es que no lo valoren. Esto se consigue con ayudas públicas, pero también con pedagogía, tanto empresarial, como cultural —pienso en el fenómeno, el desastre, más bien, del subtitulado automático en ciertas plataformas, o en el menosprecio, tácito o explícito, de todas aquellas lenguas y manifestaciones culturales de las que no nos dicen que son «útiles» (vaya usted a saber lo que es eso y déjese de explorar las razones por las que es así). Dentro de esa pedagogía yo incluiría los dos casos por los que preguntas: la visibilidad en la portada y en la promoción. Otra alternativa, que tampoco me disgusta, es que todo eso desapareciera, que desaparecieran los nombres de las portadas, los diseños, todo, y que desapareciera también la promoción, y viéramos —¡por fin!— los libros desnudos, mansos, desarmados, todos con su tapa uniforme, su papel uniforme, en librerías y bibliotecas.

Entramos en controversias. Estudiosos como Jean Cohen o José Emilio Pacheco afirmaban que la poesía es, metafóricamente hablando, «intraducible» por la complejidad que supone mantener sentido, rima y estructura al pasar de una lengua a otra. Otros como Roman Jakobson discrepaban y defendían que todas las experiencias cognitivas se pueden trasladar a toda lengua existente y que la pérdida de matices en la poesía no es distinta de aquella en la prosa. Como traductor y escritor de poesía, ¿qué les dirías a aquellos que defienden la intraducibilidad?

Que tienen razón.

Nos gustaría que nos contaras sobre la traducción que más te ha gustado o de la que te sientes especialmente orgulloso.

De momento sólo he traducido formalmente —más bien, sólo ha sido publicado— un libro, este Tango Berlín de Kurt Bartsch. En general estoy satisfecho con el resultado, también de lo demás.

Por último, ¿hay algo más que quieras contarnos sobre algún proyecto que tengas entre manos?

Lo que traduzco, lo traduzco por gusto. Tengo varios proyectos entre manos, traducciones de filosofía alemana, principalmente. Una inquietud o una necedad: pese mi esfuerzo por mantener una cierta diplomacia en esta entrevista, pese al discurso de necesidad natural de traducción, respeto por la labor del traductor, reivindicación del cuidado del texto, etcétera, sospecho que desollaré al traductor o traductora que se aventure a traducir mis textos —he publicado tres libros de poesía—, lo cual es un buen motivo para que permanezcan sin traducir, o para que lo haga yo en algún momento de aburrimiento ególatra.

Federico Ocaña (Madrid, 1990) ha trabajado como profesor y librero. Licenciado en Filosofía, estudia el pensamiento heterodoxo español de los siglos XVI y XVII. Miembro de la Red de Arte Joven de la Comunidad de Madrid desde 2008, ofrece recitales poéticos tanto en este marco como en La Noche en Blanco, Semana Complutense de las Letras, la Feria del Libro – Expoesía de Soria, Poesía en el Corral de comedias (Alcalá de Henares), Festival de Poesía de Algameca Chica (Murcia) o la Poetry Performance Abend (Berlín), o el más reciente, Marpoética de Marbella. Colabora habitualmente con poemas, reseñas, artículos y traducciones en numerosos medios: Tarántula, Más Jazz, Oculta Lit, Culturamas, Malasombra.

Figura en diversas antologías de poesía y es autor de Desprendimientos (Amargord, 2011), Haces. Muros (Polibea, 2020) y Angelus Novus (EOLAS, 2022). Ha traducido y prologado Tango Berlín (Greylock, 2020) de Kurt Bartsch. También comparte opiniones y habla en sus redes sociales: Instagram, Twitter y Facebook.

Tango Berlín
Portada de la edición en español de Tango Berlín, publicada por la editorial greylock (2020).

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