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La soledad, los libros y una foto a la primavera

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La primavera

La foto es al lado de casa, justo bajando mi calle, a unos doscientos metros. Suelo contar que vivo al norte de Madrid, muy al norte, si bajas mi calle corriendo ya te sales del pueblo. Cuando vinimos a vivir aquí había tan poquita gente aún que nos saludábamos por la calle. Aún lo hacemos a veces. Es una costumbre bonita, me parece. Saludar e intentar sonreírle a tu vecino, a tu vecina.

He salido de casa esta mañana, como tantos otros domingos, porque mi hija canta. Mal, léase. Canta tan mal que yo no sé. Y es que no para. Se pone contenta por lo que sea y hala, a cantar. Y a bailar. Lo del baile es más llevadero. Los cantos no. Los cantos los llevo muy muy regular. Por no decirle que canta como canta, como lo hace con tanto sentimiento, como parece tan feliz, cómo le voy a decir que es insoportable, no se lo digo, huyo. Cuando hace bueno no es mal plan el salir a la calle con un libro. Hoy me he llevado un cuento de Gógol que luego me he dado cuenta de que ya había leído. Esto no tiente, tampoco, la menor importancia.

Lo que me ha parecido más importante del día de hoy es un artículo que he leído a Héctor G. Barnés en El Confidencial:

No era la libertad, era la soledad: España tiene un problema al que aún no sabe enfrentarse

Lo he leído porque es uno de mis temas preferidos, la soledad. Ya os cuento, aunque seguramente os lo imagináis, que solo se señala el problema, no se apunta ninguna solución. La cosa es que a mí la soledad, per se, no me parece nada mal, todo lo contrario. Sé que tiene muy mala prensa, que hay estudios sobre cómo afecta al sistema inmunológico, que nos hace más desdichadas, más desdichados, etc. Lo he leído con una puntita de esperanza, a ver si por fin se hablaba de la soledad de otra forma. Si por fin se ponía el acento no al hecho de estar sola o solo -puede ser tan enriquecedor, positivo-, sino a la forma en que se lleva, a lo mal vista que está la soledad. Que a mí me parece que ahí está la cosa. Claro que qué sé yo.

Lo que sí apunto es una solución, que lo mismo no es fácil, pero sí es barata: cuando te sientas solo, sola, llama. Pero no para dejar de sentirte así, no con la idea de buscar compañía, no: llama para hacer tú esa compañía. Es dificilísimo, pero barato, ya digo; por qué no intentarlo.

Otra solución es leer. No es ninguna tontería. Si se da con el libro adecuado la soledad es una bendición. No tiene por qué ser un ruso. Esta tarde de domingo recomiendo el que luego de Gógol he tomado yo para mí: Cartas de amor a Susan,  de Emily Dickinson, «No tengo papel, querida, pero la fe se mantiene firme».

Y poco más hoy. Que la primavera está rebonita y mi hija estudia en su cuarto, en silencio, bendita sea.

GRACIAS

 


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