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La magia de Almario radica en cómo nos deja después del zarandeo de su lectura

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Las páginas de Almario se convierten en un espejo o en los despojos del que lo lee

Por Laura Riñón, librera de Amapolas en octubre [Madrid]

Me asomo a este Almario con sigilo, y entro en él como todos deberíamos entrar en cualquier aventura. Sin saber. Sin conocer. Sin una opinión creada por otro que contamine mi criterio, e intuyendo la sorpresa después del punto final de cada cuento. La única referencia que tengo antes de comenzar se la debo a mi planeo rápido sobre las palabras y las ilustraciones que salpican la obra, así como la acertada elección de cada título, señal que me alerta de la importancia de este manuscrito.

AlmarioPaseo de puntillas por las primeras páginas, pero me acomodo en el texto cuando descubro una contundencia que me da la seguridad que necesito para zambullirme en él. La lectura me resulta más agradable a medida que avanzo y me satisface encontrarme en los lugares comunes que se quedaron en un pasado al que me acerco sin darme cuenta. Habitaciones oscuras, silenciosas y frías. Emociones que solo describe con verdad aquel que las sintió y que las venció después de aceptarlas. Los renglones se mezclan y se vuelven maleables, sus personajes se entrelazan y mis labios sonríen. Yo he estado allí, me suspira mi memoria al releer algunos párrafos. Sí, he estado allí. Y es entonces cuando me doy cuenta de que Yolanda ha logrado con su primera obra lo que muchos autores intentamos conseguir con mayor o menor acierto; que el lector se encuentre en el texto. Allí o aquí. En esta historia, en esa piedra, en aquella figura o en este silencio. Las páginas de Almario se convierten en un espejo o en los despojos del que lo lee, las cicatrices de algunas heridas palpitan sin que lleguemos a acariciarlas y entonces hay algo en nosotros que se cura. A veces solo es necesario poner un nombre a ese algo que no logramos definir. El silencio, quizás. O la huella de la nostalgia. La alegre melancolía, o la resignación. La magia o el insomnio, la familia o el adiós. Todas las palabras. O solo las que el alma reconoce como suyas. Las que conmueven y agitan. Las que vomitamos aun sabiendo que nunca nos vaciarán del todo. Esas palabras.

Y de pronto, cuando ya creía haberme encontrado en algunos de los cuentos aquí inmortalizados, entre los muros que yo me misma he levantado en cada estancia, me descubro paseando por Angkor, paraíso en Camboya, acompañada de una de las miradas más limpias que jamás me hayan mirado. Envuelta en un atardecer imposible de imaginar para aquellos que no hayan pisado la tierra de la que yo jamás pude escapar.

La magia de Almario radica en cómo nos deja después del zarandeo de su lectura. Solos y desorientados. Con nuestro nombre olvidado o perdido entre sus cuentos. Sin respuestas. Quizá solo se trate de eso, de llegar hasta el final para que empecemos a cambiar las preguntas.


Este es el prólogo de Almario que está disponible en la generosa red de librerías con que las que trabajamos. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, pregúntanos: librerantes@librerantes.com

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