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La madre como donadora del lenguaje. Por Laia López Manrique

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Pasaje entre lo carnal y las sombras

Por Laia López Manrique

Intermitencias, el segundo libro publicado en castellano por la poeta y traductora de origen rumano Corina Oproae, es un libro que enfoca la mirada en dos direcciones distintas. Por un lado, trata de dar cuenta del estado de perpetuo exilio que acompaña a quien se atreve a escribir poemas. Está escrito desde un estado emocional que remite, fundamentalmente, a la nostalgia y a la melancolía, una nostalgia casi platónica que tiene que ver con una posición de la poeta en cuanto umbral y catalizador de procesos lingüísticos y mentales que le son a la vez propios y expropiados, y de los que se adueña sintiéndose, a un tiempo, ajena. La poeta escribe desde la incertidumbre de saberse habitante de un mundo de sombras, de huecos, de restos del sueño, de cosas básicamente inasibles.

La escritura aparece como una tendencia hacia la tangibilidad imposible de esas sombras a través de las palabras, que, como dice en uno de los poemas «caminan de espaldas a la vida» en algún otro lugar, habitan un espacio que no es éste en el que estamos, ahora, hablando, dirigiéndonos a través de ellas hacia la creación de alguna clase de sentido. Ese primer movimiento es, por tanto, un movimiento platónico de la mirada, que parte de una división, una segregación entre palabras y cosas, a pesar de que Corina Oproae no aviste ninguna correspondencia cratiliana, y no haya ninguna prueba lógica que las palabras deban pasar para determinar su adecuación con la cosa. No obstante, hay platonismo en la medida en que Corina dota a las palabras de una existencia separada, de una realidad otra que entra en la vida por contacto, por contaminación y, lo que es más importante, por deseo expreso, arduo y costoso, de quien, como es el caso, escribe poemas.

IntermitenciasDel mismo modo que el filósofo platónico tendía a desear el conocimiento, la peligrosa abrasión solar (al modo de Ícaro) de la idea de bien, la poeta desea las palabras, no menos peligrosas, que escapan, connotan, dimensionan y contienen además «todos los siglos», es decir, pesan demasiado, y a la par permiten alzar el vuelo, sobrevolar el terreno y el tejido de dolor construido a lo largo de la historia por el ser humano. Además,esas palabras se pierden, desaparecen, como recoge uno de los poemas. En ese aspecto, quien escribe siente la responsabilidad de «salvar las apariencias» como decía María Zambrano refiriéndose a Platón en un breve artículo: «salvar lo visible, el presente que huye sin siquiera dejarnos el tiempo de discernirlo por completo». El platonismo en el libro de Corina se expresa también, a mi entender, con otras dos figuras o motivos temáticos que son la idea del regreso («un día volveré ahí de donde vengo y colgaré mis palabras en una columna infinita») y la del conocimiento a través del recuerdo, que conjuga con la llamada teoría de la reminiscencia de Platón.

Pero no solo de platonismo vive el libro, y es ahí donde entra en juego la segunda perspectiva a la que he aludido al inicio del texto. A través de su poética podemos introducirnos en una dimensión distinta, y en gran medida opuesta a la platónica, donde las palabras y el poema constituyen también un asidero material, físico, sensorial, carnal y sangrante, que se declina en femenino y tiene en la madre y en la maternidad la materialización simbólica de un vínculo físico con el lenguaje, la expresión tanto metafórica e intuitiva como real de ese vínculo. Para entender esto simplemente voy a dirigirme a uno de los poemas cortos del libro, «Escribir hoy» donde se dice que «escribir/ es vivir añorando el betún de tu vientre». El poema es el primero de una serie que insiste en una dimensión del lenguaje poético en cuanto nudo inclinado a retornar a un espacio umbilical perdido, a la relación con la madre, con la «casa» de la madre, el «receptáculo» o «chora» («jorá») al que alude Julia Kristeva para referirse al vientre de la madre.

Julia Kristeva decía que esa «chora» tiene que ver con el espacio donde se forman los primeros procesos de significación, a partir del ritmo acompasado con el cuerpo de la madre, y es el lugar donde experimentamos con ella las sensaciones e impulsos que serán fundamentales para nuestra constitución posterior como sujetos. Por lo tanto, y siempre según Kristeva, el tránsito por la placenta nos entrega ya un lenguaje pre-verbal al que se sobreimpone tras el nacimiento el orden simbólico, la Ley del Padre que es la de la abstracción y las categorías. Para la filósofa Luisa Muraro, autora de El orden simbólico de la madre, es la madre quien nos enseña a hablar y nos entrega muchas otras cosas que pertenecen a las bases de la civilización. Con estos aprendizajes nos es transmitido el orden simbólico de la madre; la lengua tiene una función simbólica que nos ayuda a interpretar lo que es real. Las reglas de la lengua materna nacen de la necesidad de mediación, son las que impone la madre para que podamos volver a comunicarnos con ella, compartiendo su experiencia con el mundo. «Nacemos de mujer», como dijo Adrienne Rich, y nacer es separarse.

La separación abre una herida ambivalente, porque entrega la vida y realiza un corte con la madre, ese corte íntimo que nos da la vida individual y al que tendemos a volver repetidamente en la vida adulta desde los procesos subconscientes, la imaginación, el sueño y también desde la palabra poética, aspectos en los que insiste Corina en diversos poemas del libro. Quisiera en este punto referirme a Anne Carson, y a ese maravilloso libro de su autoría llamado Decreación, cuya primera parte, Paradas, trabaja explícitamente con la relación con la madre. Apenas menciono unos versos de Carson: «somos así, teníamos un pretexto para estar dentro. Llegó el día, cortamos el fruto (cortamos el árbol). Ahora estamos fuera. Aquí hay una deuda saldada». Este poema actualiza la deuda contraída con la madre, donadora del lenguaje, y la escritura supone un reconocimiento de la relación de la mujer que escribe con la madre, relación denostada y negada por la cultura y la tradición misógina que nos separan de ella. Devolver el poema al cuerpo de la madre y al diálogo con ella es una restitución de su valor y de su enseñanza, además de expresar esa añoranza de la casa perdida, haciendo una nueva casa estacional con la palabra poética. Y, contra el tiempo lineal y teleológico propio del patriarcado, el tiempo cíclico donde existimos repetidas veces: «matrices itinerantes», dice Corina Oproae en el libro, naciendo cada día «de la garganta ciega de la primera madre».

A nivel de manufactura poética, en el libro encontramos poemas de aliento corto y cincel preciso que tiende al corte y al recorte y poemas que se extienden o se despliegan en una sintaxis más exuberante y espaciosa y suelen incidir en la repetición de estructuras. Los segundos son de hechura más clásica y los primeros dan un paso más acotado, sentencioso y reflexivo. Los que producen un efecto más devastador y a la vez más abierto son los poemas más breves; los largos bailan, se ramifican, tratando de perseguir las ideas.


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