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La idea de imitar a Liz Taylor

Fragmento de Nacer vivos y querer vivir, uno de los relatos de Magister Navis, de José Miguel Guallar

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En escena, Bárbara interpreta a Maggie, protagonista de La gata en el tejado de zinc, de Tennessee Williams.

—Yo… yo… por desgracia he sido tremendamente pobre toda mi vida. Esa es la verdad, Brick. Tú no sabes lo que es tener que adular a personas insoportables solo porque tienen dinero. Tú no sabes lo triste que es apenas tener vestidos. Hasta el propio vestido de novia era de segunda mano… Se puede ser joven sin tener dinero, pero no se puede ser viejo sin él.

—¡Basta! ¡Basta! ¡Basta! —atronó la voz de Noam Greenstein.

La actriz se quedó paralizada en el escenario. Su aspecto  deslumbrante se desmoronaba a medida que la voz del director llenaba toda la sala.

—¿Quién te dio la idea de que había que imitar a Liz Taylor? ¡No y no! No se trata de imitar a la diosa. Ni siquiera se trata de interpretar, por bien que lo pudieras hacer. ¡No y no! Se trata de descifrar el trasfondo. Solo eso. Nada más. Es la intención y el sentimiento que Tennessee Williams le dio lo que realmente importa. Porque ahí está la fuerza. La fuerza no está en un paseo erótico en ropa interior como el que acabas de hacer para seducir a tu marido… En defensa de Bárbara hay que señalar que cada vez que una actriz sube a escena para hacer La gata sobre el tejado de zinc la sombra de Elizabeth Taylor se proyecta en el escenario; este personaje estará para siempre unido a la interpretación colosal que hiciera la inglesa en la película de Brooks.

La actriz Elizabeth Taylor

Durante el rodaje Liz se enteró de que su marido había muerto en un accidente de avión; este hecho hizo que se creciese en escena y se entregase hasta el fondo. Sorprendió a todos, incluyendo a los grandísimos Burl Ives —el padre de su marido, Big Daddy— y Judith Anderson —Big Momma—; todos se asombraron, conscientes de estar ante una interpretación antológica. Así pues, en un afán por sacar lo mejor de sí mismas, las actrices no pueden evitar imitar a la diosa Liz, que fue quien mejor conoció el secreto de la Gata: en lo profundo de ella —en lo persistente y desagradable, como decía Sófocles— se daba una lucha implacable de la que se sabía vencedora, tal y como sentencia en una de sus escenas: «Estoy viva, ¿comprendes? Vivo todavía, ¿por qué le tienes tanto miedo a la verdad?».

Tras la intervención de Greenstein se hizo un silencio mineral en la sala. A medida que el mutismo se prolongaba, el espacio parecía reducirse y la presión que ejercía Noam Greenstein descencía sobre la actriz que interpretaba a Maggie, como una niebla fría. Bárbara, apresada en esa fuerza, con los hombros caídos, permanecía junto a la cama con los ojos puestos en la muleta de Brick. Se movió hacia el actor, le quitó con violencia la muleta, la blandió como quien levanta un trofeo y gritando con rabia se dirigió a Noam Greenstein:

—¡Quiero hacer la escena de nuevo, Noam! ¡¡¡Quiero hacerla de nuevo!!!

La mirada del director simulaba incredulidad. Se tomó su tiempo, pero levantó la mano derecha, a modo de claqueta, para conceder permiso. La actriz se movió con decisión y devolvió la muleta, después fue al centro del escenario y
levantó los hombros poco a poco: su cuerpo tomó  volumen, su cabeza se irguió y comenzó la escena.

Lo que Bárbara nos hizo sentir fue extraordinario. Llegué a visualizarla como un auriga griego que sujetaba las riendas de dos caballos alados invisibles: el caballo de la codicia descarnada y el del deseo erótico. El golpeteo imaginario de los
cascos de esos caballos dilataba el espacio escénico mientras
su voz determinada adquiría un tono que abrasaba como el oro fundido.

Los doce asistentes al curso de Noam Greenstein permanecimos inmóviles en nuestras butacas, algunos, con la mano en la boca en señal de asombro. Ningún crujido de butaca se oyó cuando Bárbara terminó la escena y nos miró. Sus ojos parecían retornar de un lugar remoto. Despacio, flexionó las rodillas hasta llegar a la posición fetal y comenzó a llorar. Sin lugar a dudas, habíamos sido testigos de una interpretación soberbia.

Como un resorte, saltaron de sus butacas todos los alumnos y fueron hacia la actriz para felicitarla y consolarla. Ella misma estaba perpleja y repetía:

—¡No sé lo que ha pasado! ¡Algo muy extraño me ha sucedido!

En ese momento recordé mi encuentro con Tata Cachora, a quien notables psiquiatras como Bert Hellinger o Claudio Naranjo le atribuyen la identidad de Juan Matus, el don Juan de Castaneda. Lo conocí cuando tenía 103 años y pude apreciar su vitalidad. Hablamos de muchas cosas, entre ellas del punto de encaje. Me lo definió como como un huevo extraordinariamente luminoso situado a la altura de los omoplatos en una distancia al cuerpo no menor de medio metro.

Tata aseguraba que a través del punto de encaje se capta la energía del universo, se almacena y se interpreta; por tanto, la forma en que percibimos está determinada por la ubicación del punto de encaje, es decir, si este punto cambia, la percepción cambia. Retenemos demasiada energía, por eso

—según Tata Cachora— hay que saber fracturar la cáscara de este huevo luminoso, así la energía allí contenida se derrama sobre nosotros y nos otorga el poder de liberar potencial oculto.

Los sabios como él definen dos movimientos para el acto de recordar: el primero consiste en almacenar la experiencia
misma en la posición del punto de encaje que se tiene en el momento en que se vive; en el segundo, el nagual —el hombre de sabiduría— mueve su punto de encaje al sitio exacto donde estaba y revive toda la experiencia.

En nuestra conversación, Tata insistía en que aprender a mover el punto de encaje en nosotros o en otras personas era clave para acometer tareas extraordinarias que requerían de poder y visión singulares. Siguiendo este pensamiento fui consciente de que para Noam Greenstein construir una identidad propia entre tanto polvo y brillo de estrellas debió suponer una transición agotadora. Su padre —considerado una leyenda— y su madre —mentora y coach de estrellas del cine y el teatro— llevaban siempre los focos encendidos y cegaban a todo aquel que se acercara demasiado. Pero él supo ahondar en sí mismo y encontrar sus raíces profundas con ayuda de los indios Navajo. Y eso era lo que acababa de hacer con Bárbara. Había provocado una especie de dislocamiento en su manera de actuar que hizo que brotase de ella una fuerza que la sobrecogió hasta romper en sollozos de asombro. Aunque la forma en que Noam Greenstein presionó a la actriz pudiera parecer muy dura, me sorprendió el tacto y la precisión.

Mientras él observaba con cansancio toda la agitación que se había producido cruzamos la mirada. Me acerqué a él y le dije:

—Noam, no sé cómo lo has hecho pero sí sé lo que has hecho.

Fui el único de los asistentes que lo percibió. Cuando todos saltaron a confortar y felicitar a la actriz me di cuenta de la sensación de soledad de Greenstein; nadie parecía haber advertido su esfuerzo, generosidad y atrevimiento. Nadie se acercó al maestro. No lo veían: solo había ojos para la actriz.

En mi oficio de consultor también he sentido esa soledad muchas veces, por eso pude reconocerla en Noam. Soledad mezclada con ingratitud. Advertí en él lo que da temple a los profesionales que aspiran a la excelencia en su desempeño: soportar discretamente la ingratitud.

 


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Transformación es una palabra marcada: ha sido contaminada y troceada como una res en el matadero. Y sin embargo, la mayor parte de su inalterable nobleza permanece. En Magister Navis podemos encontrar las piezas para recomponer a ese animal que nos ayudará a enfrentarnos a grandes retos. Cada una delas historias se construye como un puzle: están compuestas de varias piezas que, cuando encajan, muestran una realidad completa. Así debe entenderse este libro y cada una de las historias que contiene, las piezas del rompecabezas deben ir encajadas en el sitio que les corresponde.Saber detenerse y escuchar, moverse en el subsuelo con el metro de la intuición y no olvidar,como decía Tennesse Williams, que el fuego no se apaga por dejar de mirarlo, son algunas de las  ideas que transmite este libro.

«Encarar el riesgo y vivir con plenitud conlleva caer de cuando en cuando en lo profundo»

Sobre el autor

Consultor experto en estrategia y desarrollo de organizaciones, traslada sus conocimientos empresariales a su
día a día pues considera que una vida plena se expresa a través de la amistad leal, de aceptar el riesgo de amar, de abandonarse al influjo de la belleza y, también, de aspirar a llegar a ser, a transformarse. Y esto puede comprobarse en este texto: once historias en las que el autor podría aparecer como protagonista, pero cede la escena a todos aquellos que lo han influenciado de manera decisiva.

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