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La filosofía como una bomba contra la docilidad. Carla Fibla entrevista a Maite Larrauri

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Por Carla Fibla

Su vocación pedagógica y divulgativa la ha llevado a escribir una serie de libros de Filosofía para profanos con los que ha iluminado asuntos tan aparentemente misteriosos como la felicidad, la identidad o la guerra. Feminista crítica y maestra disidente, reivindica la filosofía como una bomba contra la docilidad.

Durante más de tres décadas, Maite Larrauri impartió clases de Filosofía en un instituto de Secundaria de Valencia. «Solo» era una profesora, pero una de esas capaces de cambiarle la vida a los alumnos, de las que les mueven el suelo con sus preguntas. De las que dan luz a asuntos aparentemente oscuros que son, en realidad, los que a un adolescente (y a un ser humano) más le importan. De dónde venimos. Adónde vamos. Quiénes somos. ¿Por qué hacemos la guerra? ¿Qué es la felicidad?

Tras jubilarse, ha seguido haciendo de puente entre los maestros del pensamiento y el resto de nosotros a través de su espacio en el programa de televisión Para todos La 2 (sus intervenciones se encuentran en Youtube) y de sus libros de Filosofía para profanos (Ed. Fronterad), donde facilita el acceso a autores como Hannah Arendt, Epicuro o Gilles Deleuze, pero no contando su biografía o resumiendo sus teorías, sino ofreciendo, para cada uno de ellos, una clave en la que pueden ser leídos: La felicidad según Spinoza, La potencia según Nietzsche, La guerra según Simone Weil

«Mi idea era ofrecer un camino de entrada para los que no tengan tiempo para entrar en la filosofía –cuenta Maite Larrauri con respecto a sus libros–. En realidad, nacen de la demanda de un grupo de mujeres de una asociación de barrio de Valencia, que quisieron que les diera una clase de filosofía. Creí que no iba a ser capaz, porque la mayoría no tenía estudios superiores y algunas apenas habían pasado por la escuela primaria. En realidad, quería zafarme, y se me ocurrió llevarles un texto que evitase nuevas peticiones. Fotocopié el inicio de Qué es la Ilustración, de Kant, lo repartí y empecé a explicar. Me fui de allí pensando: «Tema zanjado». Pero una semana después me llamaron para decirme que querían un curso de un año. Así fue como empecé a explicar la filosofía sin aplanarla».

Y consiguió acercar al filósofo a través de una idea, sin quitarle aristas…

La sensación que tuve con el grupo de mujeres de Valencia es que podían leer a cualquier autor, que profundizaban, que se podían enterar, que les gustaba. Subrayaban el libro, se lo quedaban, se lo regalaban entre ellas. Fue un período precioso. Los miércoles a las nueve de la noche, cuando había fútbol, las mujeres dejaban la cena preparada, bajaban a la asociación con el bocadillo. Y allí nos quedábamos hasta las 12. Me di cuenta de que la filosofía tenía un interés muy grande, porque aquellas mujeres no tenían tiempo que perder, pero no se querían ir.

¿Para qué sirve la filosofía?

Para nada. Servir, sirven los coches, las lavadoras y las pastillas anticonceptivas. La filosofía no entra dentro del capítulo de las cosas que sirven.

filosofía para profanos

¿Carece de utilidad en la sociedad?

Forma parte de las cosas que apasionan, que le dan a la vida un color especial, que empujan a hacer otras cosas, que enseñan a vivir bien, y quizás también a morir bien.

¿Por qué dice que nuestro país está todavía muy atrasado en la forma de enseñar?

Los grandes pedagogos o filósofos de la educación, como John Dewey, reflexionaban hace más de 120 años diciendo que no se puede seguir enseñando hoy como en tiempos de Aristóteles. Pero si vas a la escuela verás que el maestro habla y los alumnos escuchan. El aula, los horarios, la partición de las asignaturas… Todo sigue siendo muy viejo.

¿No es el sistema que utilizó usted durante sus 36 años de docencia?

No, por eso sé que es una locura.

Pero en esa época usted formaba parte del sistema…

Sí, pero también intentaba romper con él. Por ejemplo, jamás enseñé un programa, nunca repetí las clases, esperaba a ver cómo se desarrollaba el clima de la clase, qué tipo de alumnos tenía, cuál era el ritmo. No he usado un libro de texto en la vida. Fíjate que he escrito uno y no lo he usado.

¿Cómo eran sus clases?

Me gusta mucho hablar, pero no me importa que me interrumpan en cualquier momento, porque las derivas dialécticas, si son importantes, hay que seguirlas siempre. Planteaba preguntas, les llevaba a situaciones que les trasladaban a una novela policíaca.

¿Cree que la misión del profesor de Filosofía es enseñar a pensar?

Sí, pero no es el único que puede hacerlo. Los de Historia, Griego, Matemáticas también te enseñan a pensar. La filosofía –que es un producto occidental, que nació en Grecia– enseña un pensamiento sofisticado. Es una práctica apasionante para los alumnos porque se hacen «aprendices de expertos» de los textos.

[…]

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