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La Feria como librera (novata)

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Vampiros, chimpancés y monstruos condensados

En la Feria del Libro de Madrid nos tiramos todo el día hablando de libros, la caseta es un hervidero de recomendaciones y críticas más o menos fundamentadas. Charlamos con los lectores y las lectoras que se acercan a ver qué hay de nuevo, que nos comentan sus gustos y nos piden recomendaciones; hablamos con los autores, las autoras, nos cuentan detalles de su trabajo; pasamos también mucho tiempo con los editores y las editoras que, con su manera de disfrutar leyendo y editando libros, de recomendarlos, nos contagian su pasión.

Lo más interesante (para mí) de estar dentro de la caseta es, precisamente, el contacto con quienes están al frente de cada editorial. Me fascina su trabajo. Hace poco creamos la sección ¿Por qué este libro? Queríamos conocer el punto de vista del editor o editora, saber por qué una editorial se decide a publicar un libro concreto o un autor o autora concreta. La Feria del Libro es el mejor momento para conocer todo esto de primera mano, hay que «poner la oreja» cuando empiezan a hablar con alguien sobre un libro. La pega es que dan ganas de leerlo absolutamente todo. Una de estas ocasiones en las que «puse la oreja» fue para escuchar a una de las editoras de Continta me tienes, Marina Beloki. Hablaba sobre Como una hoja, de Thyrza Goodeve.

El libro es una larga conversación entre la autora y la que fuera su profesora, la americana Donna Haraway. Se trata de un texto de lo más interesante teniendo en cuenta que su obra es generalmente difícil de comprender en todo su significado para alguien que no tenga el hábito de leer ensayo, incluso algún conocimiento previo. La manera en que se van desgranando las teorías de Haraway, con un vocabulario más sencillo para el lector medio, así como el tono distendido que se emplea, hacen que el pensamiento y las ideas, a veces complejas, de Donna Haraway sean fácilmente asequibles.

Ambas hablan, en la cocina de la casa de Haraway, sobre el devenir personal de la profesora, sobre sus referencias intelectuales y sobre las ideas que vertebran su trabajo. Durante la charla salen a relucir vampiros, chimpancés y monstruos condensados «en palabras que difícilmente hubiéramos imaginado como generadoras de un pensamiento feminista», tal y como explica la prologuista, Helen Torres.

En definitiva este libro es una llave para entrar, a través de un tono íntimo y divertido, a la obra interdisciplinar de una de las autoras vivas más innovadoras y  relevantes de nuestra época.

Os dejo aquí un aperitivo, para empezar…

Quería ser monja, por ejemplo.

TNG: Así que tu padre escribía en un periódico. ¿Es de ahí de donde viene tu amor por las palabras?

DH: Sin lugar a dudas. Hablábamos de las palabras durante la cena. Él es un escritor magnífico y le gusta su trabajo, y a sus ochenta y un años aún continúa trabajando. Hasta este verano era el tanteador oficial del equipo de béisbol de la Liga Nacional de Denver. Mi madre recibió menos formación y fue mucho menos feliz. Su vida estuvo más constreñida y marcada por la responsabilidad.

TNG: ¿De dónde venía esa infelicidad?

DH: Es difícil saberlo. Su salud no fue buena.

TNG: Pero la de tu padre tampoco lo había sido.

DH: Sí, pero la de mi madre acabó con su vida cuando ya era adulta. Murió de un infarto cuando yo tenía dieciséis años y había tenido un montón de problemas de salud antes de aquello. Estaba muy dedicada a la familia y creo que vivía en un mundo demasiado limitado. Pero profesaba un catolicismo muy firme, que jugó un papel inmensamente importante durante mi infancia y también durante los inicios de mi vida adulta. Me lo tomaba muy en serio e iba al mismo instituto al que ella fue. Se llamaba St. Mary Academy, y una de sus amigas, una monja, era la directora del centro.

TNG: ¿Las monjas fueron buenas contigo? Sí, por supuesto. De hecho, ejercieron tal influencia que durante buena parte de mi infancia quise ser monja. Quería licenciarme en Medicina y ser médica misionera o monja de Maryknoll. Ya sabes que la idea del imaginario colonial no es una abstracción. Yo lo tenía. No lo sabía, pero ciertamente lo tenía. Se filtraba a través de mi deseo de ser una mujer independiente. Yo quería ser cura o médica, pero como no podía ser cura, mi siguiente opción fue ser monja de Maryknoll. Parecían mujeres verdaderamente cultas, inteligentes, talentosas y aventureras que se marchaban a realizar buenas obras por el mundo. Ya ves que era un imaginario absolutamente colonial relacionado con la emoción y con la idea de explorar. Supongo que en realidad crecí con el sueño de ser exploradora.

TNG: ¿Cuánto duró esa fantasía?

DH: Solo hasta séptimo u octavo. Pero me planteé seriamente ingresar en el convento hasta que acabé el instituto. Era una católica muy comprometida. Supuso una parte sumamente importante de mi vida intelectual y emocional, pero cuando tenía unos diez u once años experimenté lo que llamé «dudas de fe». Mi tío (el hermano menor de mi madre) era seminarista jesuita,31y tenía un amigo que era un hombre muy complejo con el cual establecí algo así como una amistad intelectual cuando tenía unos once o doce años. Iba al seminario, en Kansas, a visitarlos a él y a mi tío, le contaba todos esos problemas intelectuales que estaba atravesando y él me tomaba en serio.

TNG: ¿Sobre qué tenías dudas exactamente?

DH: Eran dudas acerca de la prueba de la existencia de Dios. Y verdaderamente en el instituto empecé a preocuparme mucho por las interpretaciones sobre la evolución, aunque los católicos de mi entorno nunca fueron antievolucionistas. Pero, aun así, me costaba aceptar algunas cosas. Era muy obsesiva.


Como una hoja está disponible en la generosa red de librerías con que las que trabajamos. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, pregúntanos: librerantes@librerantes.com

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