La extinción de los elfos

—Son demasiados.

Sin embargo, Endanur pensaba que lo único a lo que él aplicaría el demasiado era al tiempo que elfos y humanos habían intentado convivir y reproducirse los unos con los otros.

—Hay que hacerlo de todos modos —repuso.

—¿Por qué lo crees tan necesario?

—No se trata de lo que yo crea. Se trata de enmendar el error que nuestro padre cometió cuando pensó que así retrasaríamos la extinción.

—Lo que él pensaba era que se evitaría, no solo que se retrasaría.

—¿Y crees que estaba en lo cierto? Mira en qué nos hemos convertido.

Endanur obligó a la montura de su hermano a echarse a un lado del camino por el que trotaban, entre Sycires y Roostad. Cuando consiguió controlar a ambos caballos, señaló hacia una de las cakowas que había en tierra de nadie. Así era como llamaban a las casas improvisadas que se habían construido para que los elfos llevasen a cabo su tarea de reproducción, y que habían pasado a servir de comuna y cobijo para mujeres y niños elfanos, porque, naturalmente, los elfos se habían desentendido de ellos al ver el resultado. Aquella estaba situada cerca de varios almendros mustios, que otrora se encontrarían en flor dado el término de la Tercera Luna Fría. Había dos niñas por allí, jugando entre todo el montón de vegetación muerta esparcida a su alrededor. Una de ellas se dedicaba a buscar las plantas que todavía conservaban un leve atisbo de frondosidad, hasta que encontró una flor. Entonces la arrancó y corrió hacia la otra niña para mostrársela, y juntas observaron entusiasmadas cómo se marchitaba.

—Nuestros dones se transmiten intactos únicamente entre razas puras de la misma familia. Los elfos mestizos nunca fueron capaces de desarrollar al cien por cien ninguna de las aptitudes dominantes de sus padres, así que no entiendo por qué motivo al nuestro se le ocurrió que mezclarnos con humanos sería nuestra salvación. No ha nacido ni un elfano con habilidades similares a nuestro don. Y no solo no tienen destreza, sino que desarrollan el efecto contrario. Por ejemplo, estas familias descendientes de los Thaòk conseguirán que desaparezca el bosque. Los nuestros crearán
plagas de enfermedades que matarán incluso al último de nosotros. Los de los Qûom…

—Ya basta, Endan. Lo he entendido.

Su hermano era la única persona a la que le consentía que lo llamase por su nombre de pila y no por el alias con la extensión de rey que le pertenecía. Se llamaba Galon, era mucho más joven que él y había nacido durante la Segunda
Etapa de su madre, en cuyo alumbramiento estuvo a punto de perder la vida.

Había muy pocos elfos nacidos en esa etapa, conocida como la de Máxima Experiencia. Por alguna extraña razón que escapaba al entendimiento de los más sabios, las elfas de Ganean se habían vuelto mucho menos fértiles con el paso de los siglos. De ahí que su padre, Rey de los Arë y entonces también de todos los Elfos, creyese que debían unirse a los humanos, una raza sin duda inferior. La mente de Endanur andaba rumiando, cada vez más a menudo, que Egon se había llegado a enamorar de una humana en una de las expediciones que hizo para conocer mejor a los de su clase, y que por eso había tomado aquella descabellada decisión.

Sin embargo, le costaba creer que aquello solo hubiese sido una vulgar excusa para que nadie lo repudiase por yacer con una mujer distinta a la suya. De hecho, Egon fecundó a la mujer que alumbró al primer elfano: Tom. Lo que peor le había sentado a él fue que su padre le otorgase a aquel mestizo el sufijo -ur de su familia. Según Egon, Tomur sería el primero de una nueva raza engendrada por él mismo. Él, quien había iniciado aquel cambio, quería que su legado permaneciese y que incluso se extendiese para conseguir un dominio mucho mayor. No contento con todo lo que tenía, también quería convertirse en Rey de los Humanos.

—Nuestro padre jamás pensó en las consecuencias —continuó Endanur.

—Él creía que nos haría un favor.

—Subestimó a los hombres, Galon, y ya es hora de que conozcas qué pasó en realidad. —Su hermano lo miró con sorpresa—. Egon, antiguo Rey de los Elfos y aspirante a Rey de Ganean, murió a manos de un hombre —ilustró.

—Eso ya lo sabía. Murió a traición, apuñalado por un simple humano.

—Un simple humano, sí, pero uno que temía que nuestro padre le arrebatase lo único que de verdad poseía: su familia.

—¿La mujer del hombre que lo mató era la madre de Tomur?

—Sí.

—¿Por qué eligió nuestro padre a una mujer casada para su propósito?

—No lo sé, Galon. Lo único que sé es que nunca hay que menospreciar a ninguna raza cuando se trata de riqueza, posesión o poder. Cualquier especie es capaz de todo por alguna de esas tres cosas. Es el instinto lo que nos mueve, como ocurre con los animales: al menor atisbo de peligro, reaccionan.

El texto pertenece al prólogo de La extinción de los Elfos, de Rolly Haacht

Sobre el libro y su autora
9788412359459Cuando Ludo Jensen asumió el cargo de lugarteniente tras la indisposición de Tomur, el Rey Impuesto, no imaginó que dos elfos estarían a punto de presentarse en la capital de Aridia después de más de treinta años. Mucho menos que Endanur, el mayor, quedaría maravillado por la terrible situación en la que se encontraban debido a los estragos ocasionados por la Plaga de Tamara, hija del ya moribundo rey.

En vistas de mejorar cuanto antes la pésima situación del territorio, un rápido y desesperado debate entre el elfo y Ludo cambiará el Destino de los enfermos recluidos en la Torre de Tomur y la vida de los personajes implicados.

La autora

Rolly Haacht nació y creció en Orihuela en 1989. Cursó tres años en la Universidad Politécnica y otros tres en la Escuela de Arte Superior de Diseño de Valencia, pero no concluyó ninguno de sus estudios por falta de vocación. Ha trabajado de promotora de productos en supermercados, en Decathlon, en una tienda de patines y en la popular franquicia 100 Montaditos, donde continúa actualmente y, por lo cuál y dados los años de experiencia, se refiere a sí misma como escritora y camarera. Siempre ha compaginado sus estudios y sus trabajos con las aficiones que más la definen: el deporte y la lectura.

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