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La edad: cada vez me gusta menos lo que me gusta

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La edad: cada vez me gusta menos lo que me gusta.

No es que pueda ser feliz con muy poco, sino que soy más feliz con poco.

La edad: cada vez me gusta más lo que me gusta.

Los insaciables son los que menos disfrutan.

El príncipe azul existe… ¡pero te puede pegar dos hostias!

No sé si es miedo a dejarlo o miedo a cogerlo.Los genios siempre se están peleando.

La ebriedad no tiene nada que ver con la borrachera, que se consigue sólo bebiendo.

La sensación de no haber gozado lo suficiente puede convertirte en calavera sempiterno.

Nunca me siento más solo que antes de partir para el trabajo.

Pareja que no convive, pareja que permanece unida.

El joven airado es ahora un señor con perro.

¡Qué dura es la vida… y cuán pronto deja de serlo!

Huyo de todo aquello que aparenta o promete eternidad.

La cara de avidez de los cotillas, ¡esa cara!

 

 


Puedes encontrar —o encargarlo, si en ese momento no lo tienen— este mismo libro en estas librerías. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, escríbenos a librerantes@librerantes.com, a veces se nos pasa actualizar el mapa, y no están, seguramente, todas las que son…

Diario de un vagoMe suelen desagradar las obras literarias que nacen con espíritu pretencioso: aquéllas que nos gritan constantemente su condición excelsa para que ni por descuido cometamos la osadía de ignorar su esplendor. Ante ellas, la pereza me envuelve y el rechazo (un rechazo que quizá resulte injusto en algunos casos, pero que no me siento con fuerzas para soslayar) me domina. Jorge Luis Borges me suministró, hace años, la frase perfecta para combatir esos excesos de petulancia: «Tanta soberbia el hombre, y no sirve más que para juntar moscas».

Por suerte, también existen los otros libros: los que nos proponen su mensaje y su texto desde la normalidad, desde el humor, desde la ironía, desde la sencillez. Y esos cuentan con mi simpatía. Es el caso de los aforismos que aparecen en este Diario de un vago, que Andoni Sarriegi ve publicado bajo el sello Liliputienses y que ocupa menos de noventa páginas. La confesión epilogal de que sus líneas fueron redactadas entre 2002 y 2018 sirve de justificante para el sorprendente título humorístico o masoquista de la obra.

Y oigan: este delgado volumen contiene hallazgos muy estimables: exabruptos apolíneos dominados por la misantropía («A mí no me gustan las fiestas porque me pongo perdido de gente», «Si no estoy solo, me aburro»), sentencias paradójicas («No siempre estoy de acuerdo con mis propias opiniones»), sonrientes resúmenes domésticos («Reflexión sobre la pareja a los seis meses de ser padre: Antes éramos dos, ahora son dos»), apuntes de gran interés sobre la finitud («Nunca sabremos de qué hemos muerto», «Al morir, no había dejado de sufrir: había dejado de ser», “Morirse es olvidarse de los muertos”, “Tal vez hayamos visto hoy a alguien que ya no existe”) e incluso diapositivas verbales de amarga condición autobiográfica («Greguería del neurólogo al diagnosticar a mi hermano un tumor cerebral: La epilepsia es el estornudo del cerebro», «Gracias a mi anciano padre por dejar que me convierta en el suyo»).

Un libro delgado, sí, pero también delicado, sutil, sonriente, triste, profundo, de alto refinamiento y hermosos ventanales líricos, que me parece recomendable.

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