La costa de los murmullos [Para abrir boca]

Los saltamontes

¡Oh, cómo llovían esmeraldas voladoras!
El cielo se incendió de verde donde no era necesario.
¡Todas las hogueras de la costa tomaron ese color,
incluso las que ardían en nuestros corazones!
Álvaro Sabino

EL NOVIO SE APROXIMÓ A SU BOCA, al principio se topó con los dientes, pero luego ella dejó de reír y sus lenguas se tocaron delante del fotógrafo. En ese momento, los invitados sintieron un estremecimiento de alegría y furor, como si se desvaneciera cualquier recelo de que la Tierra pudiera no haber sido fecundada. Ya no estaban al pie de ningún altar, sino en la terraza del Stella Maris, cuyas ventanas se abrían al océano Índico. Evidentemente, en la terraza no había ventanas, sino columnas sobre las cuales se extendía una lona ligera, adecuada para proteger a una comitiva tan importante y numerosa como esa. El fotógrafo se subió a las sillas y luego se acercó al suelo para quedar completamente tendido y así captar el beso desde todos los ángulos, de modo que el novio continuó con los ojos cerrados y ella solo de vez en cuando abría los suyos. Por su parte, los invitados aplaudían incesantemente, como al final de un aria sutil que sin duda no se oirá nunca más. Presuroso, el fotógrafo pidió que el novio tomara a la novia en sus brazos y la levantara a la altura del pecho, junto a la barandilla que impedía que quien se asomara cayera al Índico. Era majestuoso. Ella obedeció; recostó la cabeza en el hombro del novio y él la miró con ternura. Caídos y lánguidos, los ojos del novio, cuando se abrían y cerraban, tenían un aspecto acuoso, de pez. Los invitados seguían aplaudiendo, y algunos de ellos sudaban y tenían las manos enrojecidas de tanto aplaudir. Era un momento lleno de encanto.

En ese instante, la novia, que solo había llegado la noche anterior, pero a quien todos ya llamaban Evita, abrió los ojos y, más que la cantidad de invitados, la sorprendió el tamaño de la mesa. Las langostas rojas y partidas por la mitad formaban un cardumen. Las papayas amarillas estaban cortadas en forma de corona real y adornaban el mantel entero. Las piñas se juntaban en el centro, imitando el emplumado abanico de un fantástico pavo. Ella se acercó a aquel pavo, echándose el velo completamente hacia atrás y riendo cada vez más. Sin embargo, el lugar que Evita, dulcemente empujada por el novio, debería ocupar, no era el centro —dijo el fotógrafo con un amplio ademán— sino la cabecera, donde había una tarta de siete pisos con un ramo dispuesto a modo de lluvia. Un criado extraordinariamente negro, vestido con un uniforme completamente blanco, trajo una espada en una bandeja. Era la espada del novio. Evita cogió la espada y atravesó el corazón de la tarta hasta alcanzar la tabla. Cuando la espada golpeó la madera, surgió de entre las mujeres una con un vestido abierto en la espalda, llevando dos palas de postre. El Comandante de la Región Aérea, que era el marido de la mujer de las palas, fue el primero en acercarse con su platito para recibir una porción, y aprovechó para estrechar la mano del novio. El novio era solamente un alférez y el largo abrazo que siguió al apretón de manos, por iniciativa del Comandante de la Región Aérea, lo perturbó tanto que se estremeció ante la presión del puño del coronel, quien se encontraba allí de paso, de camino a Mueda. A un alférez raso como él nunca se le había pasado por la cabeza que un Comandante de Región estuviera presente en su boda, que lo fuera a abrazar. Todo esto lo captó la cámara del fotógrafo, quien se había subido ahora a una mesa auxiliar con mantel junto a la barandilla. Desde ese instante, y hasta que llegó la orquesta, no hubo sino un breve tintinear de vasos, un manjar de dátiles. Los invitados prorrumpieron nuevamente
en aplausos.

Y aplaudieron aún más fuerte cuando la pequeña orquesta, con instrumentos casi exclusivamente de viento tocados por cuatro blancos y un negro, comenzó a sonar. Mientras soplaba, el negro tenía las mejillas tan hinchadas que parecía que iba a explotar. Toda la música era, de hecho, una explosión que iluminaba la tarde. El Comandante de la Región Aérea, el que estaba de paso hacia Mueda, abandonó a la mujer de las palas del postre y agarró a la novia. El novio se quedó con la mujer de las palas del postre, que había acompañado a su marido sólo para conocer Six-Miles y que regresaría en el avión de la mañana siguiente. Tras ellos, las demás parejas comenzaron a girar alrededor de la inmensa mesa.

Las parejas giraban y giraban. Esto fue hace veinte años, y en esa época no era costumbre que las parejas bailaran sueltas, cada uno de ellos frente al otro, como los espadachines. Por el contrario, estaban entrelazados y girando, y todo el espacio que sobraba de la larga mesa fue ocupado por la trayectoria de las caderas, aunque hubiera mujeres de más apoyadas en la barandilla, pues no eran tiempos de paz completa. Todavía era por la tarde, el sol aún estaba bien amarillo y suspendido sobre el Índico, y la ciudad de Beira, postrada por el calor a la orilla de los muelles, era tan amarilla como la piña o la papaya. La novia suspiró, pero no de cansancio o de sueño sino de deslumbramiento, y tras ese suspiro el Comandante de la Región Aérea comenzó a hablar muy alto, como era de esperar.

«África es amarilla, mi señora», —dijo el Comandante apretando la muñeca de Evita. «La gente tiene ideas locas de África. La gente piensa, mi señora, que África es una selva virgen, impenetrable, en donde el león se come al negro, el negro se come al ratón asado, el ratón se come las cosechas verdes, y todo es verde y negro. Pero todo eso es falso, mi señora. Como tendrá la oportunidad de ver, África es amarilla. ¡Amarilla clara, del color del whisky!».

Giraban y giraban sin parar, ella con los brazos muy abiertos, extendidos, levantados para poder alcanzar la parte alta del uniforme en donde tenía que posar levemente los dedos de la mano, como una avispa. La novia, siempre con los brazos abiertos como antiguamente, cuando se despedía a un trasatlántico, también bailó con otro coronel, con dos mayores y con tres capitanes, riendo sin parar. En uno de los descansos, alguno de ellos —no recordaba cuál— le había dicho:

«Todavía es demasiado pronto para que lo haya podido comprobar, ¡pero verá que esta es una de las pocas regiones ideales del planeta! Si admira el paisaje, verá que, para ser perfecto, solo le faltan unos cuantos rascacielos sobre la costa. Tenemos todo lo del siglo dieciocho, menos el espantoso fisiocratismo, todo lo del siglo diecinueve salvo la libertad de los esclavos, y todo lo del siglo veinte excepto la televisión, ese veneno en forma de pantalla. ¡Con unos veinte rascacielos, la costa sería perfecta!».

Evita quería acordarse de cuál de los oficiales era el que había elaborado esta síntesis, pero los uniformes, a no ser por los galones en las mangas, eran extremadamente parecidos. Las voces, por su parte, aunque eran distintas, se confundían en el modo de acentuar las últimas sílabas, como si los militares hablaran para ser oídos a distancia, en la amplitud abierta de los desfiles. Y cuando susurraban, lo hacían con los gestos, por lo que no se acordaba cuál de ellos había hecho tan admirable síntesis. ¿Quién habría sido? Evita no pudo preguntárselo sino por un breve instante. Mientras la mesa empezaba a perder la frescura inicial, con algunas cáscaras y muchos platos fuera de su lugar, se acercó una pareja singular. Evita tenía la mirada clavada en la pareja.

Sobre el libro y su autora
9788412351262La costa de los murmullos, novela publicada en 1988, ocupa un destacado lugar en la historia de la literatura en lengua portuguesa. Es, en efecto, uno de los primeras que se adentra en el periodo histórico del fin del imperio colonial portugués desde la perspectiva de las mujeres que estuvieron presentes al lado de sus compañeros soldados en territorio africano.

La costa de los murmullos nos presenta la historia de Eva Lopo y su novio, Luis Álex, un apasionado de las matemáticas en una misión militar en Mozambique. Con la celebración de su boda en el hotel Stella Maris y la sucesión de dos extraordinarios acontecimientos, Lídia Jorge encadena una historia que marca el principio del fin de las guerras coloniales.

Lídia Jorge es una de las escritoras portuguesas más importantes y traducidas de las últimas décadas, su obra ha sido reconocida con los premios portugueses más destacados, así como con galardones europeos y latinoamericanos: el Premio Jean Monet de Literatura Europea, el Albatros de la Fundación Günter Grass, el Premio Unión Latina de Literaturas Romances, el Gran Premio de Literatura DST o el Gran Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances otorgado en el año 2020 en Guadalajara (México). Algunas de sus novelas, como El día de los prodigiosLos tiempos del esplendor o Estuario (publicadas estas dos últimas, en La umbría y la solana), forman parte del imaginario colectivo de varias generaciones de lectores portugueses.

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