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La compasión. Unas palabras de Aurelio Arteta y algunas fotos

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La verdadera compasión

Les ha parecido a algunos buenos amigos que este libro que tienes en la mano, lector, bien podría y hasta debería reeditarse. Total, desde su publicación en 1996, sólo han pasado ¡veintitrés (23) años!… Pero sí, vamos a aceptar que ésta sea una ocasión oportuna no tanto para complacer el amor propio de su autor, sino para repensar un sentimiento o una virtud que nunca serán suficientes para calmar el sufrimiento de los que nos sabemos mortales: la compasión.

A lo que entonces escribí tendría hoy poco que añadir. Convendría empezar por reconocer que su mero sentimiento raramente alcanza el grado de virtud, que la común participación afectiva en la desgracia de otro –bastante general, pero a menudo involuntaria cuando no rechazada– se siente libre del compromiso efectivo con el desgraciado. Sensiblería, más que sensibilidad verdadera, es lo que suele prevalecer en su mera emoción. Hay sensiblería cuando, ante el sufrimiento ajeno, captamos tan sólo lo más estridente y sus más sonoros lamentos, pero no tanto sus propias raíces mediatas que exigen mayor atención y voluntad de conocimiento. Más aún, la sensiblería suele conformarse con deplorar el aspecto teatral del drama o de la tragedia que contempla, pero sin trasladarse de verdad a la hondura del doliente.  Incapaces de imaginar cuánto debe de sufrir el ciudadano de al lado, apenas se nos ocurre pensar que parecido dolor podría algún día ser el nuestro. La pena de la socorrida exclamación ¡qué pena! no parece ser en general demasiado penosa a quien la pronuncia. Salvo en el caso de los mejores, y cuando tras el funeral se despide de los familiares del difunto, la manida fórmula «te acompaño en el sentimiento» equivale a una declaración vacía que se olvida ya en el camino de vuelta.

La verdadera compasión resulta más exigente, sobre todo, cuando se esfuerza en comprender y ayudar en serio. Uno sería entonces alguien que intenta ponerse, si no en el mismo lugar del doliente (lo que sería imposible), al menos en el más próximo que le permita su imaginación o su memoria; o, para decirlo a la moda del día, según su capacidad de empatía. No es fácil pero tampoco inalcanzable, a poco que nos empuje la conciencia de nuestra común humanidad. Claro que siempre cabe conformarse con las muestras más aparentes de condolencia que damos o recibimos, aunque a riesgo de confundirnos a menudo. Para empezar, porque esa condolencia expresa no nos convoca tan sólo en la muerte de nuestros familiares o amigos. La compasión tiende a ensancharse, a ampliar su territorio y su colección de infortunios. El ser compasivo se siente llamado a ejercer esa virtud en innumerables ocasiones y múltiples relaciones, tantas como la vida ordinaria le depara. Más aún; no le basta con entender esa desdicha, sino que, sin descuidar sus demás deberes, procura a su medida erradicarla o siquiera paliarla. Con tal, eso sí, de no descuidar ni arruinar su propia vida, que ése sería el máximo riesgo del compasivo…

Dotados de semejante capacidad, podemos llegar así a desdoblarnos en múltiples existencias, cercanas y lejanas, tantas como sujetos humanos nos hagan partícipes de sus aspiraciones más la compasión 11 íntimas y últimas que han quedado defraudadas. Gracias a esa misma capacidad cada uno se convierte en legión y sabe ponerse manos a la obra en las tareas que hasta entonces se le ocultaban.  Aquí comparecen a un tiempo dos figuras distintas. El compadecido, más allá de una justicia que tal vez no merece, reclama a fin de cuentas compasión. El compasivo, por su parte, es quien acierta a escuchar sus quejidos. Esta piedad o compasión viene a probar, como dice el personaje de S. Zweig, que sólo cuando nos sabemos útiles para mejorar la suerte ajena cobra la propia vida su más alto significado; ha aprendido que «vale la pena cargar con un peso, si con esto se alivia la vida de otro». Esta piedad creadora nos hace, a nuestra escala, como dioses. En último término, tan sólo esta compasión conduce a la única santidad a nuestro alcance.

Por ésta y otras muestras de sus favores, Alfonso Armada, Emilio López-Galiacho y Carlos G. Santa Cecilia, los amigos que propusieron esta reedición inesperada, merecen –si todavía no la santidad–, al menos mi cordial agradecimiento.

Aurelio Arteta en el prólogo a
La compasión. Apología de una virtud bajo sospecha. Cizur Menor, 22 de septiembre de 2019.

Las fotos

 

Carlos García Santa Cecilia, editor de Los libros de fronterad,  y Aurelio Arteta, durante el acto
Alfonso Armada
Alfonso Armada, director de fronterad
Emilio López Galiacho, subdirector de fronterad


Puedes encontrar —o encargarlo, si en ese momento no lo tienen— La compasión. Apología de una virtud bajo sospecha en estas librerías. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, escríbenos a librerantes@librerantes.com, a veces se nos pasa actualizar el mapa, y no están, seguramente, todas las que son…

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