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La carcunda. Por Jesús Tiscar

Primer capítulo de La carcunda, de Jesús Tiscar (Marli Brosgen, 2021)

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A cloro en el coño; hace más de medio siglo que al vejancón ese, ese que está ahí en la barra de La Manchega bebiendo palo cortado, ese del traje gris marengo, la corbata obsoleta y el pelo churripuerco, grasiento, plastaca, como si se hubiese restregado la cabeza con una loncha de lomo de orza, como si, a falta de gomina o de brillantina o de justformén, el vejancón ese, ese del bigotillo y las gafas doradas y bifocales, hubiese confiado en el poder cosmético del lomo de orza, la traición, una traición que cometió en su mocedad contra un amigo, le sabe a eso, a cloro en el coño: al cloro que Tomasín Tortijo le compraba en exceso a su pariente el Chopas y al coño brevón y empedernido de la cegarruta vieja que su amigo amaba con todas las fuerzas de su corazón serraniego. Se llama Eusebio Torices Maderas, el vejancón, así se llama, Eusebio Torices Maderas, y es un expolicía sin adentros al que apodaban así, el Sinadentros, en aquellos tiempos en que a los perros cansinos, a los maricones pobres, a las putas golfas, a los subnormales conflictivos y a los comunistas mierdosos se les podía reventar el hocico y las ideas sin que te buscaran las cosquillas por eso, y no como hoy, que maldita sea la leche que mamaron todos, ¡todos!, maldita sea la leche que mamaron todos, incluso los suyos, «¡incluso los míos!», incluso los de Eusebio Torices Maderas, «¡maldita sea la leche que mamaron los míos también, con la monserga de la democracia como caballo de Troya y el lento goteo europeo de anegadoras esperanzas, anda ya al carajo con la palabrería de chuchurreta, me cago en el caballo, en Troya y en Europa, aquí lo que hace falta es más Tejero y menos Le Pen, hostias, más Tejero y menos Le Pen!».

Eusebio Torices Maderas, normal, ya está bebido y farloposo; él a las nueve de la noche ya suele estar bebido y farloposo; él, cuando llega a La Manchega, ya viene bien puesto de cubalibres y rayas en el Zeluán, se los toma y se las mete en el Zeluán, que está aquí al lado, en la plaza de San Francisco, jameson-pepsi, con almendritas, si no hay almendritas se encabrona. Ahora, en un rato, llegará para beber con él su amigo, el amigo al que traicionó en el verano de mil novecientos sesenta y dos, un domingo de agosto de mil novecientos sesenta y dos en que el sol berreaba como su pelleja nación, y, cuando llegue, que está al llegar, cuando llegue su amigo, al que traicionó, Eusebio Torices Maderas le preguntará lo de siempre, lo que le pregunta todos los jueves por la noche en la taberna La Manchega inmediatamente después del intercambio de saludos, «buenas», y desde hace ya un porrón de años, «buenas»:

—¿Qué, sigues teniendo ganas de matarme o qué pasa?

Su amigo, al que traicionó, se llama Bernabé Zagüe Cortizo, así se llama su amigo, al que traicionó, Bernabé Zagüe Cortizo, y es un exconfidente medio agilipollado que se parece un poco al Tío Honorio, al muñeco aquel que en los setenta se sorteaba en las tómbolas de las ferias, auspiciado por el éxito discográfico y televisivo de una charanga de palurdos con el mismo nombre, La Charanga del Tío Honorio, qué se pué hacé con el guarda el cementerio, hay que asustalo, hay que amedrentalo, qué se pué hacé con las mozas casaderas, hay que ligalas, hay que tocalas, etcétera. Bernabé Zagüe Cortizo va ahora mismo camino de La Manchega en el autobús urbano de la línea Fuentezuelas-Alcantarilla, como cada jueves por la noche, concentrado en la entelequia, en su entelequia, en una entelequia en la que le gusta a él mucho concentrarse y que consiste en que el viejo que ve en el reflejo oscurón de la ventanilla de enfrente parece, y probablemente lo sea, mejor persona que él, mejor persona, con menos sobrepeso, con menos, más guapo y dueño de una vida mejor aprovechada, mejor, con carné de conducir, casado, libre de envilecimientos, libre, con hijos y sin ganas de matar a su amigo el expolicía Eusebio Torices Maderas desde hace más de cincuenta años, sin ganas, sin esas ganas que Bernabé Zagüe Cortizo tiene y guarda.

Deunoro llega al quinceeme de la plaza de la Constitución de esta ciudad de aquí con veintidós años en la edad y con una insuficiencia en el alma que afecta ya a sus ropas, a su calzado, a su mirada, a su conducta y a su higiene personal. Nació así, Deunoro, insuficiente del alma, con esa insuficiencia del alma que el bautismo no cura, y nació así, Deunoro, insuficiente del alma, con esa insuficiencia del alma que el bautismo no cura, por voluntad de Dios y como castigo al pecado de sus padres, que son un señor ya maduro y una señora aún joven, medio hermanos entre ellos, separados y del Opus, del Opus Dei. Un anciano de los de rumio, gorrilla y gancha que merodea entre los perroflautas dándoles ánimos y consejos y mirándoles la cinturilla a las jipiluchas le suelta a Deunoro una observación bastante acertada, le suelta:

—Zagal, cucha que te diga: tú tienes trazas de haberte echado a perder estando en adobo, ¿me equivoco o acierto?

Deunoro es el equivalente vasco a Santos, a Todos los Santos, o eso dicen los que de santorales euskaldunas entienden. El anciano de los de rumio, gorrilla y gancha acierta a medias. A Deunoro, sus padres lo hicieron posible a los veintiséis años, él, y a los dieciséis, ella, como consecuencia de un coito lentorro y larguísimo acaecido en Alsasua durante los Sanfermines de mil novecientos ochenta y ocho, sin mudar la postura, la joven encima, hecha una biela tarda, el hombre debajo, hecho un tentetieso claudicado, inmóvil hasta el mismo momento de la eyaculación, la cual daría lugar al cuajaroncillo biológico que Dios tocó, que Dios maldijo, que Dios contaminó nada más formarse, dotándolo de una irreversible escasez en cuanto al gen que se ocupa de la formación del alma de las personas. Ellos lo asumieron, «estoy encinta», lo comunicaron a sus superiores, «queremos casarnos», el Opus Dei se portó, «sí, porque nos amamos», el Opus Dei respiró hondo y se portó extraordinariamente bien, las cosas como son, «y nos respetaremos mucho», el Opus Dei activó el plan más conveniente para todos, «claro que os respetaréis mucho, claro que sí», la madre de Deunoro procedía de una inagotable y agotadora generación de hombres y mujeres que llevaban a Balaguer tatuado entre los omoplatos y a Escrivá en mitad del pecho, la preposición les quedaba, pues, dentro de sus cajas torácicas, tocando el cardio, latiendo con el cardio a su enérgico compás, y por eso, a pesar de que el padre de Deunoro no procedía de ninguna familia tatuada, ni digna, ni conocida, sino que procedía prácticamente del arroyo, el Opus Dei se portó estupendamente y mentirá quien lo contrario diga. Dios, en cambio, no iba a ser tan magnánimo, ya se sabe, y, nueve meses antes de dar a luz, la joven madre también lo supo, lo sabía, algo sintió Irantzu Garrunaga Páez en el vientre y en el coxis que le hizo saber que Dios no iba a ser tan generoso con ellos como, al menos durante un tiempo, lo sería la Obra. Irantzu lo conocía muy bien, a Dios, no en vano llevaba dieciséis años conviviendo con él todos los días, en casa, en los sueños, en el colegio y en la conciencia, sabía cómo se las gastaba, el cabrón, y no albergaba duda de que el castigo les vendría en forma de un hijo mongólico, contrahecho, paralítico o pegado a otro por la barriguita, cualquiera sabe, eso ya se verá, pero completamente normal seguro que no les llegaba, porque era de justicia divina y porque no cabía otra posibilidad, qué otra posibilidad iba a caber, ninguna: los tres se lo merecían y así lo debían aceptar. Dios es vengativo por naturaleza y se las cuaja con torticero encanto; Dios, sirviéndose del Opus, les iba a proteger y a hacerles cómoda la existencia, evitaría que vivieran en un pisuchi de barrio cutre, eso es, en un pisuchi de barrio cutre, y que se tuvieran que meter a trabajar en pescaderías con almanaques deprimentes o acarreando chinarros al son de las blasfemias de un rudo capataz, nada de eso, de eso podían despreocuparse; pero, a cambio, Dios les iba a joder la vida con un incomodísimo engendro del demonio, fijo, por haberlo concebido extramuros del matrimonio, en consanguinidad y durante mucho rato, además, demasiado rato según los baremos de lo que es un calentón y lo que es un vicio regustoso. José Manuel, Deunoro y ella habían contraído una imperdonable deuda sacramental y las deudas con los sacramentos son sagradas, eso lo sabían ellos, no lo podían negar, eso viene en la Biblia y en toda la condenada escoria que se ha escrito después: que las deudas sacramentales, como las deudas de juego, no admiten condonación, no la admiten, y que el incesto sin bendición sacerdotal es cuarenta veces más repulsivo y se castiga con mayor severidad que si estuviera, al menos, bendito.

Primer capítulo de La Carcundade Jesús Tiscar (Marli Brosgen, 2021)

9788412383454

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