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La biblioteca de los libros rechazados de David Foenkinos

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la biblioteca de los libros rechazados1No hay curso de escritura creativa ni manual de lo mismo que no aconseje «no lo digas, muéstralo», atribuido a Henry James. Tal vez Foenkinos se saltó esa clase o lección del manual, o tal vez ese consejo importa muy poco cuando te han dado el Goncourt de los estudiantes, el Renaudot y si te descuidas el Tour de Francia y sabes que te van a publicar lo que sea y más si eso se va a vender, o mejor, puede adaptarse al cine, como en definitiva se ha hecho y puede salir de ahí una película para vender a toda Europa con la pátina de intelectual.

Foenkinos sitúa la acción en Bretaña como la podría haber situado en Cuenca. No hay casi alusión al paisaje o por qué es importante que la acción se desarrolle en parte allí y no en Kuala Lumpur. Imagino que la costa bretona habrá quedado muy bien en la pantalla grande y que Foenkinos ya contaba con ello. Del mismo modo introduce una serie de personajes que parecen haber sido escogidos de manera aleatoria y nos los va plantando en la acción uno detrás de otro, dando el mismo énfasis a los principales y los episódicos, siempre con una explicación delante como si fuera una tarjeta colgada del abrigo en un local de citas a ciegas. Hay un momento en el que llega a decirnos que una pareja tiene problemas por esto y por lo otro en vez de mostrarnos esos problemas y tratar de dejarnos adivinar por qué motivos los tienen. No mejoran la cosa los diálogos, que son apenas funcionales y parecen activarse cuando Fuenkinos se ha cansado de describir.

La anécdota arranca cuando un bibliotecario de una pequeña ciudad bretona decide, inspirado por un cuento de Brautigan, poner en marcha una biblioteca de libros rechazados por las editoriales. Años después, una joven editora de un pueblo vecino que vive en París y su novio escritor van a pasar las vacaciones allí y encuentran el manuscrito de una novela extraordinaria que está firmado por un vecino del pueblo, dueño de la única pizzería y ya fallecido. Empieza así una intriga gaseosa y supuestamente graciosa, a la que se une un crítico caído en desgracia que trata de demostrar que es imposible que el pizzero escribiese la novela —su gran as en la manga es una carta que este le escribió a su hija y sus errores sintácticos; está claro que no ha leído la correspondencia de Truman Capote. Todo se va resolviendo un poco como una pizza precongelada, sin sorpresas y sin exigirle demasiado al lector, un poco a la manera de Maugham, que consideraba que no había que esforzarse demasiado para dar de comer a unos salvajes.

Para resumir, podemos decir que es una novela que se puede leer en el autobús sin temor a saltarse la parada y que en cuanto se cierra empieza a olvidarse, sin que eso sea un drama para nadie.


 

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