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Junto al taller del carpintero

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Autobiografía de Elemér Tábory

Quiero reunir los escritos de mi vida. ¿Quién sabe cuánto tiempo me resta? El paso que me he determinado a dar puede que acabe siendo fatal. La noche va pasando lenta y segura. De pronto, como un asesino, se acercará de puntillas el Sueño negro y se detendrá silencioso detrás de mí. Súbitamente me tapará los ojos con la palma de la mano. Y, a partir de entonces, ya no responderé de mis actos. Podrá ocurrirme cualquier cosa.

Quiero reunir los escritos de mi vida antes de volver a dormirme.

Guardo apuntes fieles de todo lo sucedido. Mi vida ha sido como un sueño, y mis sueños, como la vida.

Mi vida ha sido bella como un sueño. Ay, ¡ojalá hubiera sido mi vida desgraciada y mis sueños bellos!

Todo comenzó cuando tenía dieciséis años.

Le Songe de Tartini par Louis-Léopold Boilly 1824Antes también habían ocurrido cosas extrañas, pero no había en ellas nada que llamase la atención: podían considerarse meras niñerías. Por ejemplo, lo del carpintero. Cada día, de camino a la escuela, pasaba junto al taller del carpintero. Muchas veces me detenía ante la estrecha ventana. Poco a poco, aquel oscuro taller se iba convirtiendo, en mi fantasía, en un escenario de misterios. Sin causa ni fundamento, me imaginaba cómo, con el pretexto del inocuo oficio de carpintero, malhechores, falsificadores de moneda, quizás incluso asesinos maltrataban o torturaban allí a inocentes muchachos… como yo. De alguna manera llegué incluso a insinuar esta convicción a unos camaradas míos, de modo que acabamos fundando una auténtica sociedad secreta del doctor Holmes para esclarecer aquel misterio. La sociedad, igual que el propio enigma, dejó de existir sin más, aunque yo, inexplicablemente, seguía estremeciéndome cada vez que me asaltaba el olor a cola que salía por la ventana de la ebanistería, parecía un olor familiar, y yo tenía la sensación de haber vivido y sufrido durante mucho tiempo en aquel taller.

Sin embargo, yo era un muchacho rico, de buena familia y el mejor alumno de la escuela.

En la escuela tenía dos compañeros a los que me unía un apego especial.

Por lo general, era muy superior a mis compañeros. Me tenían cariño y me admiraban porque era guapo y capaz, más inteligente y más fuerte que ellos, porque me vestía bien, siempre llevaba encima dinero y, sobre todo, porque no les hacía el menor caso, ni valoraba en absoluto su amistad. Era un verdadero Sonntagskind, había nacido con estrella: me mimaban, y todo al que yo sonreía se alegraba. La gente se deleitaba solo con contemplarme, y yo, bañado en tan abundante cariño ya desde mi más tierna infancia, ignoraba completamente lo que este valía; era amable con todo el mundo, pero no me preocupaba por nadie en especial. Los demás, en cambio, sí que me mostraban más aprecio: me cogían celosos del brazo, y uno de mis compañeros, Iván Horváth, un muchacho encorvado y callado, tenía verdadera devoción por mí.

Yo, como mucho, lo aguantaba, pues iba a un curso por encima de mí y era un chico inteligente; filosofábamos juntos, yo le prestaba libros franceses y, de vez en cuando, le preguntaba con reproches:

—¿Aún no has pasado de las quince páginas? —Sabía que estudiaba francés solo para no tener vergüenza delante de mí.

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