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Juan Manuel Márquez: «¿Había soñado con Pablo Iglesias en gayumbos?»

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Han pasado varios días y aún no le encuentro explicación. No hay, diré, un hilado lógico, coherente, en aquel razonamiento. Si acaso lo puedo llamar así, claro. Creo que lo correcto sería decir en aquella asociación. Asociación de ideas, de imágenes, no sé de qué. Le he dado varias vueltas, pero no he sido capaz de dar con la razón, el motivo, la conexión que me indujo a pensar en los gayumbos de Pablo Iglesias cuando, al despertar y levantarme de la cama con cuidado, con sigilo para no despertar a Julia, vi los míos tirados en el suelo, al lado de la mesita de noche. Sí, unos gayumbos me llevaron a los otros. Sin dilación, inmediato.

Y aquí estoy, aún con el problema. Lo denominaré así, problema, porque lo es o está a punto de convertirse en uno de ellos. No tengo muchos, la verdad, pero los prefiero de otra índole. Julia, como una broma, me dijo que escribiera sobre ello cuando se lo conté aquella misma mañana, al rato de que despertara y después que hubiéramos echado un polvo bajo la ducha abierta. No lo hice, escribir sobre los gayumbos de Pablo, en aquel momento. Pero he decidido hacerlo hoy. Es acaso, antes que un relato, un exorcismo. Sin bien quiero aclarar que no creo, como tantos otros sí, que el líder político aquí protagonista sea el demonio.

No conozco personalmente a Pablo y, por tanto (en este punto sí impera la Lógica de Predicados), no he podido verlo en gayumbos. Conocerlo, ya que estamos con la Lógica de las narices me pondré algo estupendo, tampoco implicaría haberlo visto en ropa interior, lo cual sería entonces solo una posibilidad entre las muchas que se podrían dar; pero no conocerlo lo imposibilita de un modo definitivo, irrebatible. Es más, les aseguro que ni siquiera he visto esos gayumbos (no sé cuál de ellos, tendrá varios como suele ser habitual. No sé qué gayumbos, cualquiera elegido al azar) descontextualizados. Es decir: sin que Pablo Iglesias vaya dentro de ellos. No él entero, huelga aclarar. Entiéndase que me refiero solo a las partes de su cuerpo que son acogidas allí, en los gayumbos con florecitas estampadas. Porque la imagen que entró en mi cerebro de repente, sin llamar a la puerta sino destrozándola de una patada, como esos policías siempre norteamericanos y siempre malhumorados de las películas, fue tan evidente, tan precisa que vi unos gayumbos tipo slip, si bien no ajustados y marcando paquetería, tirando a talla holgada, con flores de varios tipos y colores que, intentando modernizarlos o alegrarlos, solo conseguían que los gayumbos entraran en la categoría de gayumbos horteras.

Quizá, sin lograr recordarlo al despertar, había soñado con el líder de la formación morada (aclaración ad hoc idiomática: hace varios meses que estoy sin trabajo, veo la tele con frecuencia y me dejo llevar por el modo de hablar de los periodistas. De ahí lo de la formación morada) y esó influyó en la relación entre ambas prendas íntimas. Este conato de explicación, lejos de tranquilizarme, me desconcertó aún más: ¿había soñado, entonces, con Pablo Iglesias en gayumbos? No podía ser, me rechacé en rotundo a mí mismo. Es cierto que a nadie niego la entrada a mis sueños, en ellos no tengo establecido, diré, el derecho de admisión. Sería absurdo, por otro lado. Ya sabemos que los sueños son producidos por el propio soñador, pero la parte encargada de esa producción es la que todos conocemos por el nombre de subconsciente. Y aquí, querido lector, querida lectora, concluye nuestra misión. Ese inquilino que nos habita sin pagar la mensualidad, el subconsciente, aún siendo tan nuestro e intransferible, a pesar de que tantos estudios procuran demostrar que lo que hay en él es lo que somos realmente y el resto, nuestro vivir cada día y cómo nos mostramos en ese vivir, solo es mera fachada, vínculo o establecimiento social, es indomeñable. Desenredo la madeja: es absurdo prohibir la entrada a alguien a un sueño porque el sueño lo produce el subsconciente y no tenemos control sobre él.


Este es el primer capítulo de Con Iglesias hemos topado que está disponible en la generosa red de librerías con que las que trabajamos. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, pregúntanos: librerantes@librerantes.com

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