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Josep Pla. Un homenot

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Josep Pla: Sis amics i una amant, de Xavier Febrés (Empuries, 2019)

Josep Pla es lo que él mismo definió como un homenot. Dejó unas Obras Completas de más de 30.000 páginas; aún siguen apareciendo inéditos, como el dietario apenas retocado publicado bajo el título La vida lenta o la correspondencia recogida en Fer-se totes les il·lusions possibles. La masía de Pla está a punto de entrar en la misma división que el baúl de Pessoa o la cómoda de Cortázar. También se creó un personaje de pagés socarrón y descreído, alejado de la sociedad literaria de su tiempo, conservador y cascarrabias.

Xavier Febrés, escritor y periodista cultural, vecino de Palafrugell durante algo más de una década, ya había escrito algunos libros sobre Pla: Josep Pla, biografia de l’homenot (1990), La vida de Josep Pla a l’Empordà (1991) o Les dones de Josep Pla (1999), así que es un tema que ha tratado desde diversos ángulos y sobre el que ha trabajado mucho. En el volumen que nos ocupa traza un retrato de Pla como un vaciado o máscara mortuoria al hablarnos no de él, sino de algunos de sus amigos, en especial dos de sus mecenas y el editor que acabó dando forma a su Obra Completa tal como la conocemos ahora. Antes hace también un sugestivo retrato del entorno social en el que nace y crece Pla: el Palafrugell que crece en la bonanza de la industria del corcho y la aparición de una próspera burguesía comercial y cosmopolita, no sólo allí, sino en otras ciudades del Empordà que Febrés llama las ciudades del corcho.

el cuaderno grisEsto es muy interesante, porque da un giro a cómo se ha visto a Pla hasta ahora. Se le presenta como el heredero de unos pequeños propietarios rurales, pero Febrés nos dice que ya su padre había abandonado el Mas Pla y se había construido una casa en el carrer Sol en Palafrugell y su fortuna se basaba en una fábrica de ladrillos y otra de embotellar gaseosa, que vendería. Es por eso que puede enviar a su hijo a estudiar el bachillerato a Girona y a la Universidad en Barcelona. Si no, Pla se hubiera quedado a estudiar en la Escuela de Artes y Oficios de Palafrugell. No sólo eso, gracias a las conexiones familiares consiguen que Joan Miquel Avellí, propietario de Manufacturas del Corcho, otra empresa de Palafrugell, contrate a Pla para su filial comercial londinense, lo que permite a Pla ir a vivir una temporada a Leeds y eso le de tranquilidad para escribir. Incluso le financia los primeros libros. Pla, presentándose siempre como un outsider, alguien que empieza en el difícil oficio de la prensa barcelonesa de entonces, obvió todo esto.

Habló algo más de Alexandre Plana, un amigo que hace en el Ateneu Barcelonés, crítico de teatro y literario, que influye decisivamente en la simplificación de su estilo, en esa herramienta a la vez dúctil y sencilla que será su prosa. Al parecer se distancian cuando Pla descubre que el otro es homosexual. También habló Pla en su obra de Sebastià Puig, l’Hermós, un pescador de Palafrugell que podía ser el resumen de esos tipos primarios, apegados a la tierra y a la naturaleza que Pla glosaría, a los pescadores y los pageses. Pla dedicó casi toda la segunda mitad de su vida en hacer olvidar al corresponsal cosmopolita y dandy, de pelo engominado y cigarrillo colgado del labio inferior, que fue antes de la Guerra Civil. Es curioso, pero parece que ese falso campesino que se instala en el Mas Pla de Llofriu no está muy lejos del Carlos Barral que el viernes abandona su oficina y se va a Calafell a vestirse de lobo de mar hasta el lunes siguiente.

Febrés retrata también a Josep Martinell, que podría ser un Pla más de estar por casa, más conformado con su destino, lejano discípulo o epígono del homenot y a dos de sus mecenas. La habilidad de Pla para buscarse alguien que le pagase sus cosas mientras escribía sería muy admirado por Andy Warhol. De estos estaría bien destacar a Manuel Ortínez, que estaba en un círculo de empresarios del algodón que ahora ha recogido también Jordi Amat en El hijo del chófer y que haría pensar a Pla que estaba en un círculo influyente, cercano al poder. No puede faltar aquí Vergés, el editor que acogerá a Pla en Destino y que acabará reeditando y reelaborando la obra de Pla en sus Obras Completas, incluso cuando este ya había muerto y que empezó a ser cuestionado cuando aparecieron jóvenes estudiosos del maestro y se plantearon si los métodos de Vergés no eran arbitrarios y poco fundamentados.

La amante es Aurora Perea, de la que Febrés no dice nada porque se sabe muy poco, pero que fue muy decisiva en la vida de Pla, que se presentó siempre como un misógino, un soltero militante, que no dudó de dejar insinuaciones muy claras en sus obras de ser asiduo de los burdeles –en Navegació de cabotatge, son hasta descaradas- y no creer en el amor. Pla vivió 5 años con Aurora sin estar casados, en 1940, nada menos. Después ella se fue a Buenos Aires y él fue hasta allí dos veces para verla. La nombra a menudo en Notes per un diari y en el reciente La vida lenta.

En resumen, es un retrato distinto y ameno de alguien que no sólo levantó una obra que resumía todo el país y el tiempo que le tocó vivir, sino que construyó un personaje, una máscara que ha ocultado a la persona incluso cuarenta años después de su muerte.

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