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José Luis Gómez Toré: «Un escritor tiene que ser, antes que nada, lector»

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Instinto lector

Nos hacemos eco de una entrevista publicada en El cuaderno digital. Por César Iglesias

Hay autores dotados únicamente con el instinto del creador. Debemos compadecerlos, como dijo Charles Baudelaire. Otros, sin embargo, están dotados también del instinto del lector, el mismo que es capaz de captar el misterio de las ideas más allá de su materialización sintáctica y semántica. A esa estirpe pertenece José Luis Gómez Toré (Madrid, 1973). Y en este 2018 que concluye lo ha acreditado con dos libros, Hotel Europa (La Isla de Siltolá, 2018) y Extramuros (Libros de la Resistencia, 2018), donde revela su capacidad de avanzar por la misma vereda hacia una escritura estrófica y ensayística sin renuncias a la exploración de la realidad y sus manifestaciones. Sea con las herramientas de la poesía, sea con las de la reflexión, Gómez Toré se ha impuesto la tarea de desentrañar los temores que nos acechan y a profundizar en la creación senti-mental (concepto expresado por Miguel de Unamuno —«piensa el sentimiento, siente el pensamiento»— y que en nuestros días ha desarrollado con acierto la poeta y filósofa Chantal Maillard), una forma de pensar, ver y leer la realidad que nos acerca al semejante, a los otros y a los sufrimientos compartidos.

ExtramurosEse instinto de lector que posee Gomez Toré es hoy más necesario que nunca si se quiere que la poesía rehúya la trivialización y el mercadeo. Si no hay lector es inútil toda escritura creativa y comprensiva. Pertenece el autor madrileño a esa escuela que aúna el pensar que siente y el sentir que piensa; es uno de esos poetas de la reflexión que miran a quienes les precedieron y a sus contemporáneos para comprenderse y explicarse. Y los nombres de esa tradición se agolpan: T. S. EliotMaría ZambranoLuis CernudaDámaso AlonsoWallace StevensAntonio GamonedaJaime Gil de BiedmaCarlos BousoñoJosé Ángel ValenteSeamus HeaneyJosé Luis García MartínÁlvaro ValverdeJosé CereijoCarlos AlcortaJordi Doce… El propio Cereijo nos lo recuerda en El escalón vacío y otras consideraciones (Renacimiento, 2018) con una cita de Baudelaire. «Compadezco a los poetas a los que guía únicamente el instinto; los considero incompletos» para añadir líneas más abajo que, ante las amenazas de la crisis creativa de cualquier autor, urge «un deseo de razonar el propio arte, de descubrir las leyes oscuras en virtud de las cuales han creado».

El expediente de Gómez Toré nos dice que es filólogo, profesor, germanista, poeta, ensayista y dramaturgo. Y se acredita con los siguientes títulos: Contra los pájaros (1999), He heredado la noche (2002), La mirada elegíaca: el espacio y la memoria en la poesía de Francisco Brines (2002), Se oyen pájaros (2003), Fragmentos de un cantar de gesta (2007), Pedro Salinas (2009), Claroscuro del bosque (2011, en colaboración con la artista plástica Marta Azparren), Un corte que no sangra (2015) y El roble de Goethe en Buchenwald (2015), a los se suman Hotel Europa y Extramuros, de este mismo año. Estas dos novedades editoriales han dado pie a esta conversación con EL CUADERNO.

Tracemos su biografía creativa: poesía, ensayo y teatro. Esos son los terrenos de juego. Decía Unamuno que «piensa el sentimiento, siente el pensamiento» y ahí está la «razón poética» de María Zambrano. ¿Hace suyas estas visiones, este pensar que abraza la metáfora?

Sí, tanto la cita de Unamuno como la visión de Zambrano me son muy próximas. Y, en concreto, me parece importante resaltar que, cuando la filósofa española habla de razón poética, pretende conjugar los dos términos de la expresión: poética, pero también razón. No andamos sobrados de racionalidad en nuestro mundo, así que no creo que la poesía, ni el arte en general, puedan postularse hoy como una apuesta sin más por el sentimiento, ni menos aún por el sentimentalismo. Es más, la referencia unamuniana me resulta cada vez más pertinente, porque vivimos en una época obsesionada por el yo, y en la que por tanto las emociones se presentan a menudo como una suerte de expresión inmaculada de nuestro ser más íntimo… cuando, en realidad, los sentimientos no son ajenos a los esquemas sociales y culturales en los que estamos inmersos. Me interesa la poesía, que no rechaza el pensamiento y que, por tanto, se muestra alerta ante toda esa épica del yo, ahora más activa que nunca. Pero no se trata de cualquier forma de pensamiento. Pensar supone a menudo establecer una distancia, una suerte de mirador desde el que contemplar lo pensado. No así el pensar poético, donde el pensamiento es siempre experiencia. Creo que en ese sentido hay que entender la afirmación de María Zambrano, en una carta dirigida a José Ángel Valente, en la que señala que poesía y filosofía son dos formas de santificación del pensamiento, lo que no es lo mismo que su divinización, sino más bien su contrario.

Tanto su poesía (He heredado la noche, Claroscuro del bosque, Un corte que sangra, Hotel Europa) como sus ensayos (El roble de Goethe en Buchenwald o Extramuros) se enmarcan en una tradición de poetas (Paul Celan, Nelly Sachs, Ingeborg Bachmann, José Ángel Valente, Antonio Gamoneda, Olvido García Valdés y otros que nos puede citar) y pensadores (Franz Rosenzweig, Emmanuel Lévinas, Giorgio Agamben, Reyes Mate…). Usted se declara, antes que nada, lector. ¿De ahí la hermandad de la creación y la reflexión?

Sí, desde luego: creo que un escritor tiene que ser, antes que nada, lector. No existe la página en blanco. Por eso, toda escritura tiene algo de borrado y de reescritura. El lenguaje, esa herencia siempre inmerecida, arrastra no pocas deudas, algunas ciertamente gravosas. Toda lengua conlleva una visión del mundo (o varias), toda una carga de frases hechas y prejuicios, pero también de experiencias y saberes. Escribir es siempre continuar un diálogo, aunque no seamos conscientes de ello. Tal vez poesía y filosofía se hermanen en esa exigencia constante de escucha de todas las voces que atraviesan el lenguaje. Quizá por ello, filosofía y poesía puedan abrirnos a un concepto de racionalidad amplio, que se atreva a asomarse a los márgenes, con todo eso que un racionalismo demasiado estrecho ha arrojado a los arrabales de lo irracional. De ahí que, para mí, la poesía sea, en su voluntad de merodear por las afueras, palabra extramuros.

[…]

Puedes continuar leyendo esta entrevista en El cuaderno digital.


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