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Jardí vora el mar, de Mercè Rodoreda

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Rodoreda, a la altura

Para dejarlo claro desde le principio, para mí Mercè Rodoreda está en la liga de Marguerite Duras, Carson McCullers, Jean Rhys y Flannery O’Connor. El cataclismo de la guerra civil frenó su prometedora carrera, que por entonces contaba con cinco novelas, de las que Rodoreda sólo salvó una, Aloma y la llevó a un largo exilio que acabaría en 1972. En esas condiciones de aislamiento de su país y de su lengua compuso Rodoreda el grueso de su obra, de la que este Jardí vora el mar forma parte. La escribió entre septiembre de 1959 y diciembre de 1966 y la publicó en 1967. Nunca ha tenido el prestigio de las dos novelas mayores de Rodoreda, La plaça del Diamant y Mirall Trencat, pero es una novela muy disfrutable.

Rodoreda escoge un narrador lateral, un testigo, como hace Fitzgerald en El gran Gatsby y Conrad en las novelas de Marlow, pero lo hace, además, escogiendo la figura de un viejo jardinero, un sirviente que observa la vida de sus señores cada vez que veranean en la torre en la que él cuida el jardín y vive todo el año. Nos describe así las estaciones y los cambios que se producen en el jardín, la casa y los invitados. Para lograrlo recibe el refuerzo de la cocinera y de las doncellas, que le explican las cosas que él no puede ver. Este uso del servicio como narrador y testigo de lo que hacen los señores hace pensar en las novelas de E. M. Forster o Evelyn Waugh, incluso en la serie de televisión Downton Abbey, Hay un logro en esto: Rodoreda lo maneja muy bien. Hace creíble el lenguaje del servicio y es muy aguda en la comprensión de su manera de ver las cosas, lo que da a la novela una gran verosimilitud que su ambientación histórica —¿Estamos en 1920? ¿En 1930?— tal vez no tiene, puesto que el argumento o el nudo de la acción parece sacado más de la novela bizantina o de su nieta la novela rosa que de la novela moderna. Este jardinero, la cocinera y las doncellas anuncian a la criada que en Mirall trencat acabará siendo un personaje tan importante y tan bien construido como las señoras.

Los espacios de la novela son a la vez físicos y míticos: la torre, el jardín y el mar. El mundo real está en el cine y la fonda del pueblo que nunca se nombra y en la casita de una calle de Guinardó que sí se nombra. Pocos espacios más míticos que el jardín. Ya aparece uno en uno de los libros que fundan nuestra cultura y en él un hombre le da nombre a los animales, del mismo modo que el jardinero nos dice el nombre de las flores. El jardín es un resumen del mundo e incluso del Universo. El mar es a la vez símbolo de la vida y de la muerte y Rodoreda juega bien con eso.

Desde que empecé a leer Jardí vora el mar me ronda el adjetivo menor. Ahora comprendo que se debe a la comparación con Mirall trencat, novela que leí en mi adolescencia y que aun resuena en mí y cuya ambición es tan grande que discutía con Stendhal, nada menos que desde el título. En ningún caso lo uso de manera peyorativa; indica, me parece, que aquí la novela se aborda más como un divertimento, aunque su escritura ocupase siete años de la vida de Rodoreda, nada menos, pero a veces lograr un tono más ligero, o el tono justo, es lo más difícil. Como he dicho, Jardí vora el mar es muy disfrutable y añado que no está al alcance de cualquiera el escribirla. Si el adjetivo menor se me apareció es porque la comparación con Mirall trencat es el mejor ejemplo de aquello que Capote dejó escrito en el prólogo de Música para camaleones: la diferencia sutil, pero brutal, entre escribir bien y el arte verdadero.

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