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Jaime Cedillo se centra en la búsqueda de mayores profundidades

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La buena poesía es la que consigue reflexionar a la vez sobre el autor y sobre sí misma

Por Benjamín Prado

En la literatura no existen las paredes y, por lo tanto, nada separa la realidad de la ficción. Siguiendo ese camino, la buena poesía es la que consigue reflexionar a la vez sobre el autor y sobre sí misma, y hacerlo en público, de modo que veamos pelear, todas contra todas, a cada una de sus palabras, y cómo ganan el combate las más fuertes. Las que, como quería Paul Valéry, son las mejores y están en el mejor orden. Hay muchos ejemplos en este libro que permite mirar en sus laboratorios y sus talleres y tener la impresión de que quien lee es leído por él. Uno puede confiar en alguien a quien contradicen los espejos, como dice que siente el autor de estos textos en los que caben la melancolía y la ironía, el drama y la sátira, el homenaje y la diatriba. Y, por supuesto, el amor y el desamor, para que mientras lo uno hace que no haya «un solo hueso / que no te busque, / que no se sienta solo / cada vez que tu cuerpo / no es el mío también», el otro hace que quien se ha ido y fue abandonado se convierta casi en un fantasma, en alguien que sólo puede despertarte si es en sueños. Son ideas que encontramos en esta obra.

IntramurosLa vida no es sencilla porque somos complicados, y Jaime Cedillo sabe contarnos esa historia que ya conocíamos porque es la nuestra, pero no sabíamos cómo explicárnosla. Y eso es justo lo que buscamos en el arte de cualquier tipo: explicaciones acerca de nosotros. Lo que estas páginas han venido a recordarnos es esto: habla de ti y eso también será la biografía de los demás. Parece fácil pero no lo es, porque esto es una lección de anatomía en la que el médico se disecciona a sí mismo para enseñarnos de qué estamos hechos. Uno de mis dos poemas favoritos de este tomo, el que se titula «Un futuro de cuerpo presente» constituye un magnífico ejemplo de eso, con su ironía de alta graduación, basada aquí en la fábula de quien se imagina de cuerpo presente para intentar de esa manera saber qué sentiría cada uno de sus allegados —mi madre llorará /por los años vencidos / que vendrán desde entonces. / Mi padre pensará: / aún me queda uno»— y con su cierre esplendoroso: «Mis enemigos no / podrán hablar de mí; / en realidad, yo sólo / me he hecho daño a mí mismo». A Jaime Gil de Biedma le hubiese encantado. A Ángel González, también.

Sin renunciar a las señas de identidad de estos tiempos globales y se supone que también líquidos, es decir, ni al latigazo de la frase ingeniosa ni a la esgrima del aforismo, de los que en ocasiones se sirve para enfatizar que hay cosas «que duran, para siempre, un instante» o que en el juego de la seducción y la pérdida se puede «hacer de cada esquina un escondite / donde pueda encontrarte», Jaime Cedillo se centra en la búsqueda de mayores profundidades. Aquí se habla del temor a perder lo que podría dejar de ser tuyo, un miedo tan característico de esta época en la que la felicidad nos resulta sospechosa y el pánico a dejar de sentirla no nos deja disfrutar de ella; o se acepta sin problemas «que en la vida se pierde / más veces que se gana», pero dejando claro que eso no es una disculpa para no presentarle batalla. Todo buen poema tiene familia en el país de la filosofía, y este libro está lleno de ellos.

Y naturalmente, Intramuros es una búsqueda de la pureza, que para su creador está en los seres generosos, los que dan sin esperar las vueltas. La madre, en definitiva, esa persona que quiere con un «amor a vida o muerte» y que, en este caso, es un personaje que sirve para recordarnos que lo que pasó es un indicio de lo que nos espera. Una imagen no vale más que mil palabras, ni siquiera más que estas veintiséis:  «Ahora mi madre observa / una foto de mil / novecientos / noventa y dos. Y dice: / Aquí nos acabábamos / de separar. —Y añade: / Se me ve tan feliz».

Mi otro poema favorito de este libro es «Todo lo que no ha pasado» por su astuto punto de partida, esa exageración de índole romántica que hace a su narrador hacerle saber a su antigua pareja que el mundo gira alrededor de ella desde que ha dejado de dar vueltas y tener días y noches, porque «desde que tú / y yo no estamos juntos / Serrat no saca disco, / la selección no gana más mundiales, / los pobres han dejado de robar a los ricos / y el mundo ahora padece de una frívola / quietud insoportable», un truco clásico, sin duda, pero de los que aún nos hacen seguir creyendo en la magia. Cómo se le transparenta a Jaime Cedillo el buen lector que tiene que ser para haber escrito estos poemas.

Tal y como él mismo viene a sugerir en el epílogo a este volumen, lo que importa de un poema no es que hable a sus lectores, sino que hable de ellos. Créanme si les digo que de algunas de las personas que yo he sido o intenté ser, ha hecho un gran resumen. Me apuesto lo que sea que el resto va a pensar lo mismo.


Este es el prólogo de Intramuros que está disponible en la generosa red de librerías con que las que trabajamos. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, pregúntanos: librerantes@librerantes.com

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