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Hiroshima mon amour y Moderato Cantabile

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Un motivo para que lo hombres leamos libros escritos por mujeres es pensar que ellas han tenido que luchar por cada palabra y a nosotros nos han dado por buena hasta la menor tontería. Tal vez por eso hay una serie de escritoras que te obligan a jugar con sus reglas desde el principio, como, por ejemplo, Marguerite Duras.

Recuerdo haber leído de joven El amante de la China del Norte, más por lo que tenía de escandalosa la película que se había hecho que otra cosa, lo confieso, hasta que décadas después, en unas vacaciones en el sur de Francia me encontré con la edición de bolsillo de Gallimard de Un dique contra el Pacífico en un Hyper U, tal vez una de las mayores contribuciones de Francia a la civilización. Quedé fascinado por la prosa y el mundo de Duras, por aquella tremenda historia de la madre engañada con un terreno baldío en Indochina, que ha de tocar el piano en los cines para no morirse de hambre y que en su deseo de escapar empuja a su hija a los brazos de un joven chino rico. Hay una tensión, una electricidad estática, algo a flor de piel en la prosa de Marguerite Duras que la hace intensa incluso cuando describe el tedio matrimonial en vacaciones, como en Los caballitos de Tarquinia.

Por supuesto, también está en estas dos obras. Ambas tratan del adulterio. Lo hacen desde el punto de vista de la mujer y cuestionando su culpa, aunque tienen muy presente su castigo. Aquí no hay una Anna Karenina tirándose al tren ni una Emma Bovary destruida por las deudas. Hay dos mujeres que están casadas, tienen hijos –el hijo, también en Los caballitos de Tarquinia, es un símbolo de lo inexplicable e incondicional del amor, de su potencia- y se entregan a otros hombres porque sienten que no tienen más remedio y porque quieren.

hiroshima mon amourHiroshima mon amour es un guión cinematográfico. No he visto la película, así que he llegado a él sin ningún prejuicio. Incluso en un género estereotipado como el del guión Marguerite Duras es única. No hay una sola indicación del tipo «Exterior. Noche». Lo que sí que hay son sugerencias, encadenamientos de imágenes, distintas alternativas o propuestas de una misma escena. Una francesa y un japonés se encuentran en Hiroshima por algo tan improbable y tan prescindible como la participación de ella —no sabemos en calidad de qué— en una película internacional sobre la paz y tienen una fugaz relación sexual y amorosa, como en Breve encuentro o Los puentes de Madison, pero esto sería demasiado fácil para Duras, porque a ella esto le sirve en realidad para explicar el verdadero centro de la historia: la historia de amor entre la protagonista y un soldado alemán en la Segunda Guerra Mundial, durante la Ocupación, en Nevers, una pequeña ciudad a orillas del Loira. Escribir sobre esto en 1957 es bastante arriesgado, pues los silencios sobre la Ocupación y la Depuración, cuando no el discurso épico y patriótido de El ejército de las sombras, son mayoritarios. Incluso once años después, El lugar de la estrella, de Modiano y su Trilogía de la Ocupación levantaron ampollas. Tiene un interés añadido, además, si pensamos que coincide con lo que contaba Iréne Némirovsky en Dolce, la segunda parte de la inacabada Suite francesa y que es imposible que Duras lo supiese, porque en ese momento el manuscrito de Némirovsky estaba en una maleta que no se abrió hasta que acabó el siglo.

El mismo día en el que los alemanes abandonan el pueblo, retirándose ante los aliados, el soldado cae abatido por un disparo que sale de uno de los jardines de las casas que dan al Loira. Se había citado con la protagonista una última vez para acordar cómo se reencontrarán después de la guerra en Baviera. Ella lo encuentra agonizando y se arroja sobre su cadáver, manchándose con su sangre. Prácticamente la misma imagen aparecerá en Moderato cantabile. Los partisanos la encuentran allí y se la llevan para raparle la cabeza. Tiene suerte de no acabar como otras muchachas acusadas de «colaboración horizontal» y colgadas de un árbol como si fueran un galgo al acabar la temporada de caza. Después la familia la tiene meses encerrada en el sótano de su casa y la obligan a marcharse a París en bicicleta. Lo veremos también en Moderato cantabile: para Duras la mujer siempre es castigada por amar y por gozar sin complejos su sexualidad —y hay que recordar aquí la tremenda paliza que le da la madre a la protagonista en Un dique contra el Pacífico al creer que se ha acostado con el chino antes de comprometerse en matrimonio. Algo que es importante también destacar es el hecho de la comprensión de Duras para esta muchacha que se ha acabado acostando con el enemigo porque no tenía otros jóvenes disponibles si recordamos que Duras estuvo en La Resistencia y que su marido fue deportado y volvió muy enfermo de los campos alemanes.

El por qué a Marguerite Duras se le ocurre explicar una breve historia de amor entre una francesa y un japonés en la marcada ciudad de Hiroshima para en realidad contar la historia de una pobre muchacha que se enamoró y como decían nuestras abuelas se entregó al enemigo en una ciudad de provincias durante la guerra es la explicación de por qué Marguerite Duras es una artista y nosotros no.

moderato cantabileModerato cantabile es una novela corta, casi un relato largo, ambientada en una pequeña ciudad costera, descrita de manera muy sumaria: villa, paseo marítimo, puerto, fábricas. La protagonista, Anne Desbaresdes, lleva a su pequeño hijo a pasear con ella y a clase de piano los viernes. En mitad de una clase de piano llega por las ventanas abiertas un terrible alarido: en un café cercano un hombre ha asesinado a una mujer. Cuando Anne baje a mirar con los curiosos, lo verá sobre el cadáver de ella, manchándose con su sangre —como la protagonista de Hiroshima mon amour sobre el cadáver del soldado alemán. Vuelve al café al día siguiente por si puede averiguar algo más sobre los desconocidos y encuentra allí a un hombre que la invita a beber vino y les cuenta sobre ellos. Volverá al café cada día para beber vino con él y que él le hable.

Casi todo lo que pasa en esta novela pasa fuera de ella o antes de pasar del todo. Duras consigue poner en pie un adulterio que sólo existe en las palabras y que sin embargo es conocido y comentado por todos. Hay un momento en el que nos enteramos de que el hombre es un antiguo empleado de la fábrica del marido de Anne y que una vez fue a una recepción que este dio a los trabajadores en la enorme casa con jardín en la que viven y que allí vio a Anne, con un vestido que casi le dejaba sus pechos desnudos. Los pechos o cuerpos desnudos bajo la ropa ya aparecen en Una barrera contra el Pacífico, en la que incluso hay una escena en la que el pretendiente de la protagonista le pide que le deje mirarla mientras se baña y después mientras se viste, para acabar diciéndole «Usted sigue estando desnuda bajo su vestido». La manera que tiene Duras de describir el cuerpo femenino —también en la escena de la playa de El marinero de Gibraltares siempre muy erótica, centrándose mucho en los pechos, como si se tratase de un poder que le fascina.

Un día, después del encuentro en el café, Anne Desbaresdes llegará borracha a casa, además de tarde, justo el día en el que su marido ha organizado una cena para sus amigos y sus esposas, saludables y deseables; educadas para serlo. Anne apenas prueba la cena y acaba vomitando después. Su marido, al que no vemos ni oímos nunca la castiga a no acompañar más al niño a las clases de piano y a no salir a pasear con él. A ser una prisionera en la gran casa con jardín, como otras esposas de directivos lo fueron antes que ella. De nuevo una mujer castigada por haber traspasado la línea de lo que se considera su deber, en este caso incluso antes de haber hecho nada, más allá de hablar y de beber vino.

El mundo de Duras es un mundo de imágenes, de iluminaciones, de repentinos fogonazos que dialogan de una novela a otra, que se repiten una y otra vez, una vez y otra.

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