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No es fácil hablar de porno en la forma desnuda en que Ran Gavrieli lo hace. Por Teresa Rodríguez Montañés

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Por Teresa Rodríguez Montañés, escritora e investigadora y experta en Derecho penal y Derechos Humanos

No es fácil hablar de porno en la forma desnuda en que Ran Gavrieli lo hace. Lo primero que sorprende en su discurso es esa desnudez: el reconocimiento de su propia vulnerabilidad ante el porno y su decisión de abandonarlo y combatirlo.

Este profesor de universidad, especialista en estudios de género y educación sexual, y activista de los derechos humanos, se presenta ante el mundo confesando su adicción al porno, la violencia y la ira que ello inoculó a sus fantasías sexuales y su necesidad de abandonarlo en busca de algo humano.

Por qué dejé de ver porno

Este es el punto de partida ‒íntimo, privado, personal‒ de una historia de activismo en contra de la demanda de prostitución filmada, de la dominación masculina y de la jerarquía de género que el porno representa. Una historia que, más allá de la anécdota de lo personal, desmitifica la idea del porno como territorio de libertad o creatividad y lo presenta como el producto de una poderosa industria con pocos escrúpulos, regida por las leyes de la oferta y la demanda, lo cual nos afecta directamente como individuos y como sociedad.

Como individuos, el consumo de pornografía resulta adictivo y paralizante, anula nuestra capacidad de imaginación, nos aleja de lo real, lo humano, lo emocional. Pero más allá de esta realidad, Gavrieli presenta el consumo de pornografía como un problema social a muchos niveles. Destacaré aquí sólo uno: la conexión entre pornografía, explotación sexual y trata de seres humanos. Consumiendo pornografía estamos generando demanda, y ante esa demanda ‒afirma Gavrieli‒ «la escoria de la Tierra ya está ahí fuera tratando de captar y prostituir a esas mujeres ante la cámara»… La industria del sexo, la pornografía y la prostitución son, ante todo, un gigantesco negocio a nivel global en el que ‒permítanme la ironía‒ las condiciones laborales no suelen ser óptimas. Este es un negocio íntimamente conectado con la vulnerabilidad de otros y con el comercio de seres humanos para su explotación, que los convierte en mercancía, en producto, y los priva de su dignidad. Ciertamente, ni esto sucede en todos los casos, ni tampoco es la única industria afectada por el fenómeno; la trata de seres humanos y la denominada «nueva esclavitud» también están presentes en la agricultura, la construcción, la minería, la pesca o la industria textil. Las cifras a nivel global son escalofriantes. Pero resulta innegable que la industria del sexo comparte ese dudoso honor.

Lo que Gavrieli propone es la recuperación del sexo emocionalmente seguro. Hablemos de sexo, disfrutemos del sexo sin violencia, sin estereotipos de género. Desde lo humano, desde la risa. Reivindicándonos en nuestras relaciones interpersonales, en los aspectos más cotidianos e íntimos de nuestra vida.

Probablemente ese sea el camino de una revolución silenciosa. No los grandes pronunciamientos de las grandes instituciones, convenios internacionales o declaraciones de derechos, sino el compromiso de cada uno de nosotros en nuestra vida cotidiana.

Les invito a que lo lean y saquen sus propias conclusiones.


Este es el prólogo de ¿Por qué dejé de ver porno?, que está disponible en la generosa red de librerías con que las que trabajamos. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, pregúntanos: librerantes@librerantes.com

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