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Gauguin llegó a Panamá para pintar al ser humano sin ornamentos, desnudo

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El cacique de Parará Purú me contó antes de irme que en la década de los sesenta, aprovechando su control sobre el canal y las zonas limítrofes, en los seis o siete años anteriores al golpe de estado del cual salió Omar Torrijos convertido en líder de la revolución panameña, estados Unidos no sólo solidificó el prestigio de la academia de las américas (donde se enseñaban métodos de tortura, asesinato y represión a futuros presidentes de Latinoamérica, como volar sin paracaídas), sino que también se estableció un centro de adiestramiento para militares a quienes luego se enviaba a Vietnam y para astronautas a punto de viajar al espacio exterior. A unos se les preparaba para ir y a otros para volver, con ese temor tan estadounidense de perderse en cualquier trayecto, que al fin y al cabo no expresa más que su miedo ante lo desconocido, a lo ajeno, por esa tendencia suya a conquistarlo todo o a comprarlo todo, a utilizar como única dialéctica las armas o los dólares, sin argumentos alternativos: conformarse con estar de paso y sentirse extranjero, obligándose de esa misteriosa manera a aprender un poco sobre los demás.

Temiendo un posible desvío de la cápsula del Apolo 11 en su regreso a la tierra, antes de que sus tripulantes se convirtieran en los primeros seres humanos en poner sus pies en La Luna, la nasa envió a Neil Armstrong, Buzz Aldrin y Michael Collins a la selva panameña en compañía de un cacique emberá muy conocido en aquella época, Antonio Zarco. aprendieron con él técnicas de supervivencia: a construir cabañas, cocinar boas, buscar raíces comestibles, evitar a las fieras, encontrar agua almacenada en las plantas… también les enseñó que La Luna es el cementerio de los emberás, cuyo espíritu asciende allí cuando mueren.

¿Se lo contaría de noche, ante una fogata como se cuentan casi todas las historias? ¿Y ya luego en La Luna? ¿Vio Armstrong, por ejemplo, a los espíritus de los emberás deambulando, casi de puntillas, para no hacer ruido y no llamar la atención?

Es difícil saber qué vio, no tan difícil imaginar qué pensó al estampar sus huellas en la superficie lunar, cuando dijo aquello de «es un pequeño paso para el hombre pero un gran paso para la humanidad».

Para Armstrong, haber ser sido el primer ser humano en pisar La Luna no significaba gran cosa a nivel personal, ni siquiera significaba que eso convirtiese a su país, estados Unidos, en propietario del satélite, sólo significaba si acaso que al fin las leyendas y las ficciones, pese a las sospechas y cuestionamientos sobre aquel viaje, habían aterrizado en el territorio de la realidad, donde nada nunca es una verdad por completo pero al menos es una media verdad, lo bastante sólida para que a partir de ella se pueda seguir soñando e imaginando, proponiendo nuevos destinos desde los cuales observemos nuestra propia historia a una distancia prudencial, sin poder tocarla aunque siendo todavía capaces de escucharla, porque así es como sonaban The Beatles al cantar Across the Universe o David Bowie al cantar Space Oddity por primera vez, y como todavía siguen haciéndolo; porque así es como la música suena, adelantándose siempre, atravesando el tiempo y el espacio sin tocarlos, sin detenerse, sin colonizarlos, cada vez más lejos y sin embargo a nuestro alcance, esperándonos para que podamos escuchar sus extraños mensajes.

Llegué a la zona del canal en Miraflores con una extraña sensación que me impidió sumarme al asombro de otros turistas mientras un enorme carguero chino era conducido a través de las exclusas, camino del atlántico. todo aquel despliegue técnico me pareció entonces sólo una parte más del gran parque temático en que se va convirtiendo el mundo, construido como un enorme edificio sin otra historia que su vacío interior.

El espectáculo tiene la capacidad de desviar nuestra atención, enredarnos en su sofisticada maquinaria, donde las proporciones de los relatos intermedios que le dieron vida –con sus cuestionables desvíos y sus precios desproporcionados– son tan insignificantes, tan microscópicos, que uno al final pasa de largo por ellos, convirtiéndose así en cómplice del silencio con el que se nos recibe vayamos a donde vayamos.

Observé el canal sin pensar demasiado en su prodigioso funcionamiento, el truco de unir océanos haciendo posible lo imposible, porque en aquellos momentos me pareció que desde el presente solemos ver esas cosas sin reparar ya en que detrás de ellas no existe la justicia, la sensación de haber alcanzado un fin a través de medios lícitos. Consumimos imágenes con un nulo sentido crítico porque nos sentimos protagonistas mientras las vemos, sonreímos a la cámara inmortalizando nuestra perversa y perezosa complicidad.

A veces pienso como Eadweard Muybridge, que en 1875 hizo un viaje de nueve meses recorriendo Centroamérica, cuando ante la bahía de Ciudad de Panamá, a punto de hacer una de las 140 fotografías que hoy pueden verse en el archivo digital del Boston Athenum, dijo que le gustaría «describir un océano donde cien años después todavía puedan ahogarse quienes lo vean».

Recorriendo poco después las salas del Museo del canal en el casco Viejo, la exposición El sueño de Panamá en torno a la obra de Paul Gauguin me ayudó a descubrir que antes de asentarse en polinesia y pintar los cuadros que finalmente le hicieron famoso, llegó a Panamá esperando encontrar una civilización primitiva a partir de la cual se produjese el milagro de síntesis expresiva que iba buscando: pintar al ser humano sin ornamentos, desnudo, sin retórica, carente de trámites, acultural, puro, todavía inocente.

Había abandonado a su mujer y sus cinco hijos en parís –a quienes consideraba un obstáculo para convertirse en el artista que deseaba ser– pero le perseguían los remordimientos y el miedo, además de la precariedad económica.

Intentó sobrevivir en la isla de Taboga, de donde se fue al cabo de tres meses, durante los cuales seguramente escuchó miles de historias sobre los piratas que la habían poblado a partir del saqueo de Henry Morgan en 1671, después de su exitoso ataque a ciudad de Panamá, que los españoles habían reducido a cenizas antes de que el pirata británico pudiese darles muerte y robar un botín que no encontró por ninguna parte.

En la isla de Taboga, Gauguin sufrió la fiebre amarilla, sobrevivió gracias a la caridad y al final tuvo que irse a trabajar temporalmente al canal por un sueldo misérrimo, un año antes de que las obras que dirigía Ferdinand de Lesseps se interrumpiesen, en 1888, y el sueño de unir el atlántico con el pacífico quedase pospuesto una vez más, hasta su inauguración el 15 de agosto de 1914.

Sobre el paso de Gauguin por Panamá queda hoy una placa en la Alliance Française y las especulaciones de algunos académicos que aseguran que todo cuanto pintó en aquel periodo acabó en manos de los indios que lo asistieron en sus momentos de calamidad, incapaces de apreciar su valor pero quizás no tan descuidados como para tirarlo a la basura o dejarlo deteriorarse.

Cada cierto tiempo, según parece, alguien –un coleccionista o un marchante– hace preguntas aquí y allá, se introduce en ambientes que nadie aconsejaría frecuentar, va a lugares peligrosos sin pensar si arriesga el pellejo, siguiendo la pista de esos cuadros, acuarelas, carboncillos y dibujos desaparecidos (o jamás pintados), en busca de la riqueza que hoy podrían proporcionar en subastas y ventas clandestinas las imágenes del mundo tal cual lo vieron tiempo atrás otros ojos, más entrenados que los nuestros para descubrir tesoros ocultos.

Un astronauta perfecto


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