Fregando el suelo del Vaticano

A partir de una conversación con Antonio Miranda Regojo

«Toda poesía es hostil al capitalismo», escribió Juan Gelman. «Fregando el suelo del Vaticano» es el título de la serigrafía de Antonio Miranda Regojo en la sobrecubierta de ¿Por qué, si eres tú quien trabaja, es otro el que se enriquece?.

Antonio Miranda es un arquitecto que dejó de dibujar ilustraciones cuando España entró en democracia. Antes, su pintura era una expresión muy particular de resistencia frente al franquismo. A través de la imaginación simbólica, a veces críptica, pero siempre comprometida.

Arrodillada, una mujer limpia el suelo con una gamuza roja. Es el color de la sangre, pero también de lo común, de aquello que comparte un pueblo que, en alguna época, que durante cualquier dictadura, es obligado a doblar la espalda y arrodillarse ante quienes han tenido la violencia como único argumento.

En el capitalismo, la violencia es mucho más esquiva a ser identificada como tal.

Incluso, para muchos, está equiparado, cuando no mimetizado, el capitalismo, con las libertades democráticas.

Y sin embargo, los millones de personas que viven en la pobreza mientras otros rebosan hiperabundancias que no consumirían ni en setenta veces siete vidas sí que sienten las magulladuras de los abusos, aunque la propaganda que reflejan los suelos de colores del consumismo masivo sea tan persistente que al final las víctimas experimenten, en su fuero interno, que de algún modo tienen merecida la exclusión.

En efecto, es bastante complicado defenderse ante un patógeno mental que es capaz de hacer arraigar el mantra de que «con el esfuerzo se conquista el éxito» en personas que trabajan durante catorce horas diarias por un estipendio mínimo, que no tienen descanso, que desconocen el bienestar y la tranquilidad en sus vidas personales y familiares siempre al límite del desamparo, pero que al mismo tiempo habitan en sociedades que les inoculan la culpabilización de no haberse esforzado lo suficiente.

En cambio, he ahí la paradoja, otros que han heredado el bienestar y la sobreabundancia en familias cuyas estirpes expoliaron y especularon, muestran con orgullo en sus hojas de vida el «esfuerzo» que les ha costado obtener un puesto gerencial en un fondo de inversión financiera, hablar cinco idiomas aprendidos de profesores privados y estancias regaladas en el extranjero, o culminar con honores estudios en escuelas de negocios internacionales, como si todo hubiera sido el resultado del mérito y de la capacidad. Es una realidad de espejo invertido.

La mujer limpia de rodillas, la piel en contacto íntimo con la tierra, para evitar la humillación de ensuciar de pie y que sea otra la que se arrodille para fregar. Tal es la poesía: belleza, bondad y verdad. Diametralmente opuesta al capitalismo especulativo: fealdad, maldad y mentira.

Sobre ¿Por qué, si eres tú quien trabaja, es otro el que se enriquece?
9788412388121El título de la obra, el dibujo que la ilustra y el nombre que la firma son una abstracción luminosa, tan poderosos estética y poéticamente, tan comprometidos en una idea de justicia social y de oposición a los abusos que sistemáticamente han padecido —y continúan sufriendo— mujeres y trabajadoras y trabajadores, que poco más cabe decir para describirla.

En ocasiones la poesía tiene una función deconstructiva. Tiene la facultad de intimar con la realidad y de dilucidar, incluso, aquello que se oculta tras lo aparentemente real. A veces la poesía desvela el andamiaje que sostiene el decorado, desanda el camino para llegar al origen de aquello que se nos había presentado como verdad pero no era más que una interpretación de la verdad o, por expresarlo mejor: que no era sino la verdad de alguien. No sabemos si llega a existir una verdad común a todos y todas, más allá de esa verdad de cualquier «alguien» individual. De lo que sí tenemos certeza es de que, desde la libertad y el bienestar de las personas, las verdades individuales pueden compartirse y convivirse construyendo un territorio común, comunidad que siempre ha estado amenazada por las «verdades» que quieren imponer unos pocos desde la fuerza y los privilegios. Lo que sí intuimos es que la poesía, el arte en general, es la pregunta que conduce a las respuestas.

Sobre la autora
María de Magdala es un seudónimo literario tomado del nombre de un personaje de la literatura bíblica. Carece de habilitación histórica fuera de los evangelios cristianos. Esa ausencia de sedimentación histórica la confina al universo de los mitos, en este caso religiosos, aunque no la anula del plano de la realidad, sino que la exilia de la historia académica. Igual que les ha ocurrido a millones de mujeres.

Durante más de quince siglos representada como una prostituta endemoniada porque así tuvo la voluntad arbitraria de caracterizarla, pasado el año 590, un hombre con poder social, el papa católico Gregorio I. A ese pontífice le apodaron «Magno» en sentido adulador, y a la mujer llamaron «prostituta» con ánimo denigratorio, en otro ejemplo más de hipocresía moral masculina, también de agresión sexual: tildar de prostituta a aquella mujer que previamente ha sido violada (en cualquier sentido) por un varón. Todas somos «prostitutas» a ojos de los «magnos» que han ultrajado la historia.

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