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Feminismos recalcitrantes

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Que nada debe ser planteado jamás sin haber sido trastocado, y remitido además al a-de-más de ese trastocamiento.

… si las mujeres imitan tan bien, se debe a que ellas no desaparecen sin más en esa función. Permanecen también en otra parte: otra insistencia de materia, pero también de goce.

Luce Irigay

Mi feminismo es poderoso, está armado intelectualmente. Es producto de la lectura, la reflexión y el debate. Mi feminismo está elaborado, contrastado, escindido y luego suturado. Soy una feminista radical porque tengo una respuesta feminista para casi todo; porque miro el mundo desde mi feminismo. Hay mujeres feministas que tienen otras respuestas feministas para las cosas, pero todas somos feministas porque reformulamos las preguntas en una clave de género. Y todas somos mujeres. (Gruñido colectivo que expresa complacencia).

Ejemplo 1.

La falta de democracia en los centros de trabajo es un problema que, a fuer de contribuir a la infelicidad de las personas, va en detrimento de una gestión más exitosa, socialmente más provechosa del trabajo. Reformulación feminista de lo dicho: La falta de democracia en los centros de trabajo, en una medida importante apuntalada en distintas subalternidades (y abusos) de entre los cuales el vinculado a la diferencia de género es quizá el más relevante, es un problema que, a fuer de contribuir a la infelicidad de las personas, va en detrimento de una gestión más exitosa, socialmente más provechosa del trabajo.

Ejemplo 2.

No puede haber regeneración política sin que se produzca una profundización de la cultura política democrática en España. Habría que plantearse en qué medida la cultura política dominante procede de la experiencia franquista de un modo que impide la instalación en la sociedad española de convicciones democráticas más allá de la defensa de las urnas o de la alternancia política y el respeto de las instituciones. Reformulación feminista de lo dicho: No puede haber regeneración política sin que se produzca una profundización de la cultura política democrática en España. Habría que plantearse en qué medida la cultura política dominante en España procede de la experiencia franquista, y teniendo en cuenta que un rasgo característico y permanente de esta dictadura totalitaria fue el sojuzgamiento de las mujeres, es preciso conocer de qué modo esto ha contribuido a impedir la instalación en la sociedad española de convicciones democráticas más allá de la defensa de las urnas o de la alternancia política y el respeto de las instituciones.

Esto hacemos. Reformular preguntas en clave de género. Si se trata de la política estrecha de los partidos, presionamos para la inclusión de temas de género en las agendas: paridad, violencia machista, colnciliación, etc. En el espacio más amplio de la esfera pública las feministas radicales venimos proponiendo que se reconsidere lo femenino para garantizar que ni los medios de comunicación, ni la educación, ni la medicina, trabajen al servicio de representaciones esterotipadas de la mujer que alimenten el sexismo y, eventualmente, el machismo. (Gruñido colectivo amenazante).

¿Hemos conseguido las feministas desbordar los marcos interpretativos desde posicionamientos propios de un feminismo radical de manera que no tengamos que reformular preguntas sino que podamos inventar las propias? No lo creo. No, no lo hemos conseguido. (Carraspeo y sonido de cuerpos que se acomodan en las sillas)

¿Y sería posible que lo hiciéramos? ¿Y deseable?

Las mujeres y los hombres, así como cualquier otra categoría que reivindique un espacio en ese continuo que somos los seres humanos, estamos expuestos a narrativas, relatos, informaciones, cuentos, en definitiva, cuya asimilación y elaboración más o menos individual y grupal nos constituye. Nos proporciona una identidad. Es difícil en la actualidad defender que la diferencia de género, basada en la idea de que por naturaleza existen dos sexos, justifica las desigualdades de género. Hace mucho que la fortaleza masculina y la debilidad femenina (con sus respectivas constelaciones de ideas vicarias) dejaron de ser lugar común (un cuento) desde el que justificar la desigualdad. Pero si la desigualdad no es consecuencia social directa de la diferencia sexual, ¿entonces sobre qué se apalanca? ¿Es realmente el patriarcado una explicación a este problema? ¿Podemos a estas alturas pensar que puede haber una explicación estructural de este alcance? ¿Podemos siquiera plantear una actualización de esta explicación mediante el recurso a expresiones tan barrocas como el heteropatriarcado capitalista? (Murmullos y chirridos de sillas que se arrastran para facilitar la marcha de quienes las ocupan).

Una explicación como la que deriva del esquema del patriarcado nos devuelve una visión inmovilista y desmovilizadora (ambas cosas) de la historia. El pasado está en movimiento continuo, del mismo modo que las identidades que lo atraviesan se encuentran en proceso de mutación permanente. Las violencias que sufro como mujer no son las que sufría mi madre y esas, a su vez, no son las que padecía mi abuela. Si entre sus situaciones y la mía hay distancia, no digamos ya entre la mía y la de, pongamos por caso, la vieja friendo huevos del célebre óleo de Velázquez o, por poner otro caso, Mary Wollstonecraft. Y sin embargo, es verdad que reconozco que todas nosotras sufrimos violencias como mujeres y, de rondón, admito que encuentro muy inspiradora la vida y obra de Mary Wollstonecraft (una mujer con la que a priori no tengo nada en común, aunque solo sea porque vivió en Inglaterra hace más de dos siglos. De la vieja del huevo no sé cosa alguna). (Suspiros que denotan una tensa espera).

¿Y si damos la vuelta a la explicación y la convertimos en trama o argumento? ¿Y si no es la dominación de las mujeres una constante al servicio de un proyecto excluyente (basado en el control de las almas, de los cuerpos, del gozo, de la experiencia, de la propiedad y la riqueza, del consumo …) sino que hay exclusiones en la historia en las que la dominación femenina cumple (como otras) una función? No hay una mujer en la historia. Ha habido mujeres y cada una de ellas, quizá, sujeto de particulares exclusiones constelando en el (des)orden social de cada momento. Como ha dicho la historiadora Joan Scott, poner en duda que haya existido algo así como una historia de las mujeres no implica el abandono de la militancia en favor de la emancipación femenina. De hecho, propongo desnaturalizar la categoría mujer o cuestionar el valor explicativo del patriarcado y, sin embargo, no puedo dejar de sentirme una feminista radical. (Susurros de aprobación y alivio).

Reformulemos la pregunta entonces. ¿Esta operación que nos lleva a reconsiderar en nombre de quién son nuestras luchas tampoco sirve para que trascendamos los marcos interpretativos, las grandes preguntas a las que sociedades complejas demandan respuesta? ¿No puede contribuir de algún modo a que las feministas intervengan en la elaboración de esas preguntas, en la guionización de las conversaciones que resuenan? Un poco sí. (Asentimiento y complacencia en el ambiente).

Cada vez hay más espacios en los que se muestran y representan mujeres muy distintas, con actitudes, por decirlo de algún modo, poco convencionales. Hay espacios para la transgresión y la educación que contribuyen a arrojar luz sobre conductas sexistas y machistas, a menudo ironizando y desnudando sus sombríos perfiles. Hay una agenda feminista en nuevas publicaciones, películas, series de televisión, encaminada a mostrar que las mujeres no siguen estando postergadas «en masa». Se exhiben mujeres cuyas vidas y actitudes se desenvuelven con las mismas lógicas y contradicciones que las de los hombres. Esa agenda es discutible y a menudo contiene planteamientos contradictorios. Pero en ningún caso podemos dudar de su existencia. La cuestión es en qué grado esa agenda no está segregada y apartada del «debate político» y, de manera complementaria, en qué grado la existencia de esos espacios nos desvía la atención del hecho de que sigue siendo necesario incorporar temas de género a la política y presionar a las instituciones para que den respuestas a problemas diversos que nos afectan a las mujeres: la forma de disponer de nuestros cuerpos, las dificultades de la conciliación, las diferencias salariales, las exclusiones en el trabajo, el maltrato machista …

Tanto da que historicemos nuestra militancia feminista, poco importa que no estemos de acuerdo siempre en cuál es el eje central del problema o siquiera en dónde hay que poner los énfasis para articular soluciones. Las feministas convenimos que aquí hay un asunto pendiente; concordamos en la relevancia de la cosa en sí.

Permitidme que os cuele el principio de este poema de Anne Carson. (Chasquidos de lenguas contra el paladar; expresiones de desconfianza).

Pregunta de Kant sobre Mónica Vitti

Estaba oculta en ella y a Kant le producía un gran placer.
L’Eclisse empieza con el viento agitando el cabello de Monica Vitti. Ella está en un cuarto.

El placer de Kant era en parte negativo.
¿De dónde viene este viento?

Kant se complacía en lo que llamaba la Cosa en sí.
Ella va y viene por el cuarto mirando el suelo, mientras es observada fijamente
por un hombre en un sillón.

Creo que nuestro feminismo nos hace complacernos, como a Kant, en la cosa en sí. Nos complacemos, como él, de una manera negativa, defensiva, reactiva. Nos complacemos en nuestra militancia, siempre interpeladas por la pregunta «¿de dónde viene este viento?» Porque hay un viento. El que trae las desigualdades, los abusos y las violencias.

Y me parece que, como Monica Vitti en El Eclipse, amamos, vivimos, sufrimos y gozamos mientras un hombre (a veces una escisión imprevista de nosotras mismas) nos observa sentado en un sillón. Somos Kant y somos Monica Vitti, somos sujeto y somos objeto (de la mirada de otros, de nuestra propia reflexión complacida). Somos feministas recalcitrantes. (Gruñido colectivo, de tono guerrero… que da paso a un silencio extrañado).

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