Escrito en rojo. Por Voltairine de Cleyre

Crimen y castigo

Hombres los hay de 3 clases: los que vuelven sobre sus pasos, los que se precipitan hacia el futuro y los indiferentes. Los dos primeros son comparativamente menores en número. Los conservadores concienzudos, al remover eternamente el pasado en busca de referentes, empecinados en preservar el presente estado de las cosas, son casi tan escasos en número como los verdaderos radicales, que están eternamente atentando contra el estado de las cosas y mirando hacia el futuro, con el objetivo de alcanzar cierta visión vaga pero resplandeciente de una vida social purificada. Entre ellos queda la enorme masa nitrogenada de los indiferentes, que pasan por la vida sin grandes ideas ni sentimientos de calado, y de los que lo mejor que se puede decir es que sirven para diluir la fuerza de los otros dos grupos. Por los insensibles oídos de estos indiferentes desfila, sin embargo, el fuego cruzado de radicales y conservadores; y durante años, por siglos, han sido los conservadores quienes se han llevado el gato al agua, no porque lleguen a producir un efecto relevante la conciencia diferentes (pese a que lo consiguen en cierta medida), sino porque los métodos de éstos exigen a sus oyentes el mínimo esfuerzo. En lugar de escuchar propuestas de cambio, de considerar, de cuestionarse, de tomar una decisión innovadora, para esta mentalidad perezosa e inerte es más sencillo asentir con la cabeza y aprobar la continuidad de las cosas tal y como están. Todas las acciones mencionadas requieren actividad, aplicación, y nada resulta más ajeno a la hibernadora conciencia social del individuo corriente. Y digo conciencia «social» porque de ningún modo pretendo afirmar que se trate de gente sin conciencia; cuentan, para uso activo, con conciencia suficiente como para ir salvando sus rutinas diarias, y piensan que con eso ya cumplen el cupo. De la vida de los demás, de los efectos que su actitud imprime en el curso de las existencias de miles de personas a las que no conocen, de eso no albergan concepción alguna; dormitan; y escuchan vagamente y sin querer ser despertados, como entre sueños, las voces de quienes claman sobre estos asuntos. Como fuere, la caída de telón de los siglos siempre les pilla con los ojos abiertos. Es el radical quien acaba alzándose con la victoria. Y cuando los siglos reciben su puntada final, son estas consciencias sociales reanimadas las que examinan, enmiendan, e incluso, a veces, erradican las instituciones.

Sucede así con las instituciones de crimen y castigo. Los conservadores sostienen que tales materias llevan resueltas desde el inicio de los tiempos; que el crimen es algo inherente a la vida, sin otra causa que el vicio del hombre; que el castigo ya fue previsto en el monte Sinaí, o en cualquier otro monte sagrado en el que se quiera creer; que es beneficioso para la sociedad estar bajo el rigor y la severidad de la sentencia y el castigo. Y lo único que desea el conservador es convertir a sus indiferentes hermanos en guardianes de las conciencias de otros hombres, guiados por las consideraciones. Si por él fuera, haría de todos los hombres cazadores de otros hombres, con tal de que el crimen quedará acordonado hasta su completa erradicación.

El radical dice: todo es falso, todo falso y errado. El crimen no quedó estipulado desde el inicio de los tiempos; el crimen, como todo, ha sufrido una evolución sujeta al lugar, a la época, a la circunstancia. « Los demonios de nuestros señores se tornan en santos a los que adoramos»; y los santos, los santos y los héroes de nuestros padres, son criminales si atendemos a nuestros códigos. Abraham, David, Salomón, ¿podría admitir algún respetable miembro de nuestra sociedad que hubiera actuado igual que ellos? El crimen no es algo en sí mismo, no es una planta sin raíces, no procede de la nada; y el único camino posible para afrontarlo pasa por ahondar en sus causas tan sincera y minuciosamente como el astrónomo bucea en las causas de las perturbaciones en la órbita del planeta que observa, con la convicción de que habrá de encontrar, por alguna parte, una o más de ellas. Y de igual modo debe estudiarse el castigo. La teoría de los montes sagrados es un fracaso. El castigo es un fracaso. Y lo es no porque los hombres no jueguen al gato y al ratón lo suficiente, sino por el mero hecho de la persecución y la caza; porque en la persecución de aquellos que hacen mal, se hacen mal a sí mismos; brutalizan su propio carácter, tanto más cuanto que están convencidos de que el acto brutal se lleva a cabo de acuerdo con la conciencia. La acción homicida del criminal era contra la conciencia, mientras que la tortura o el asesinato del criminal por parte del funcionario se realiza a conciencia. De este modo se pervierte y se hace enfermar a la conciencia, creándose una nueva clase de hombres embrutecidos. Hemos practicado el castigo durante incontables miles de años, sin conseguir deshacernos del crimen, ni siquiera disminuir su incidencia. Permítannos ponerlo en cuestión.

9788409318704

Voltairine de Cleyre (1866-1912) sobresale como una de las intelectuales y activistas más lúcidas del feminismo, el anarquismo americano y el movimiento obrero. Este volumen reúne algunas de sus obras y artículos más emblemáticos, gran parte de los cuales habían permanecido prácticamente inaccesibles para el lector en español.

En una época en que el feminismo reclamaba poco más que el derecho a votar, Voltairine supo abrir caminos nuevos que apenas se empiezan a recorrer en nuestros días: puso en cuestión los roles de género, reivindicó la independencia económica de las mujeres y su autonomía dentro del matrimonio, propugnó el amor basado en la libertad, y supo vincular la elevación de la mujer con la emancipación de los trabajadores y del género humano en general.

«La anarquista de más genio y talento que Estados Unidos ha producido nunca».
Emma Goldman

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